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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Nunca más” fue el leitmotiv de los discursos y comentarios que llenaron los medios estos días, al cumplirse cincuenta años del golpe.
Lógico.
Pero incompleto.
Porque todos los “nunca más” fueron dirigidos a “otros”, a “ellos”: que, para algunos, son los tupamaros; para otros, los militares o los políticos. Las ópticas difieren, pero la característica de fondo es siempre la misma: yo no tuve la culpa.
Pues si bien es cierto que la subversión y la dictadura fueron protagonizadas por otros, eso no agota el asunto y no excusa el preguntarse por qué.
Tupamaros y militares (y algunos enganchados, que compartían su soberbia) fueron los actores principales, pero el escenario lo pusimos todos.
Militares, guerrilleros, laderos y aprovechadores no hubieran podido echar raíces si no se hubieran dado ciertas características que les fueron propicias.
Si no hubiera existido una cultura política equivocada, marcadamente pero no exclusivamente, a nivel de dirigentes políticos, que no percibieron cómo habían cambiado los tiempos y cómo eso exigía de otra mentalidad y otras prácticas. El manejo poco profesional, casero, y el poco respeto por la democracia y por el Estado, con criterios ramplones, cortoplacistas, anteponiendo intereses político-partidarios y clientelistas, ignorando una realidad que estaba desgastada y resquebrajándose. La vista puesta en lo electoral, en la jugada política corta, un manejo proprietarístico de la cosa pública… todo eso ambientó desprestigio, desgaste y desinterés.
Lo que no exonera al resto de la sociedad —o sea a todos nosotros, a los que no fuimos “ellos”—, contentos con balconear la decadencia, al grito de: “No te metas”.
Espectadores pasivos, pero que además no mirábamos del todo mal lo que se vendía como “robinhoodismo” tupamaro, primero, y “elliotnessismo” después (orden y probidad).
Yo no me fui a la playa cuando Bordaberry pidió desde Suárez apoyo popular, pero ni se me cruzó por la cabeza concurrir. Hoy no estoy tan seguro de haber hecho lo correcto.
El 27 de noviembre de 1983 todos salimos a la calle y fuimos al Obelisco. Terrible acto. Gran demostración de interés de voluntad, de compromiso. Pero no ocurrió antes (y no sé si ocurriría ahora).
Muchas cosas han cambiado en nuestro país. Pero no todas las necesarias.
La política pequeña está de vuelta. La del palo en la rueda, la de criticar y trancar todo, la de desear que todo ande mal, pensando en la próxima elección por encima de todo, hasta caer en la mentira, al punto de llorar lágrimas de cocodrilo por televisión.
Es necesario que abramos los ojos, que dejemos de ser —otra vez— espectadores de lo que hacen los “otros” (“ellos”) y manifestemos públicamente, por todos los medios legales a nuestro alcance, nuestra preocupación y nuestro rechazo por el deterioro que está viviendo nuestra democracia.
Es el único camino efectivo (y honesto) para asegurar que “Nunca Más”.
Ignacio De Posadas