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    “Nunca se sabe qué vive el espectador”

    Con Gabriela Iribarren, quien actúa en “Madres al límite” y en “Humores que matan”

    Dos perros hermosos e inflados de pelo en gamas de marrón y negro, de la raza chow chow, reciben al visitante en la casa de la consagrada actriz Gabriela Iribarren (1965), que enseguida se preocupa por saber si su huésped siente miedo hacia estos animalitos. Iribarren, con su cabello oscuro y largo, es un caso de personalidad múltiple: cada sábado y domingo entra, primero, en el personaje de Rocío, una sufrida y tenaz madre uruguaya de un joven adicto a la pasta base, para transformarse, dos horas después, en Carol, una aristócrata neoyorquina que es al mismo tiempo entrañable e insoportable, tonta y bestia.

    Actriz, directora y profesora de teatro, fundó y dirige el Instituto de Actuación de Montevideo junto a Marisa Bentancur y a María Mendive, y actuó en unas 50 obras de comedia, drama y tragedia. Con Bentancur como directora trabajó en la trilogía que incluye “Troyanas” y “Electra”, y que en octubre próximo presentará “Medea”. Ha trabajado también en televisión, en las series uruguayas “A cara o cruz” y “El año del dragón”.

    Por otro lado, en noviembre se presentará en Mar del Plata la película “Por un tiempo”, escrita y dirigida por el argentino Gustavo Garzón, una coproducción en la que actúan Ana Katz y Esteban Lamothe y, además de ella, los uruguayos Mirella Pascual, Fernando Amaral y Andrea Davidovics.

    Iribarren dicta clases del sistema Stanislavsky y de teatro shakesperiano, y a sus alumnos les “machaca la cabeza” para que lean filosofía. En diálogo con Búsqueda dijo que intenta leer “de todo”, porque en cada propuesta que se le presenta se nutre de “una bibliografía acorde”. Y agregó: “Ahí accedo a áreas a las que no llegaría de otra manera”. Además, por placer lee novelas policiales, clásicas y contemporáneas.

    Pero para mirar cine prefiere el que maneja unos tiempos y una idiosincrasia diferentes a las del Hollywood más comercial, como sucede con los filmes europeos. O, al menos, con parte de ellos. Por ello degusta películas como “25 Watts”, “El baño del Papa” y “La perrera”.

    Iribarren ha obtenido varios reconocimientos, entre ellos el Florencio a mejor actriz y el Florencio a mejor actriz del año. Como directora recibió un Iris por su ópera prima “La mujer de negro”, de Stephen Mallatratt. Y, gracias a su talento, su profundidad y su versatilidad, ha encarnado a Virginia Woolf y a Elena Quinteros, e hizo desternillar de risa al púbico con “Debajo de las polleras”.

    El siguiente es un resumen de la conversación que mantuvo con Búsqueda.

    —¿Cómo se dio esta casualidad de que usted interpretara a dos personajes opuestos en dos obras que van los mismos días y en la misma sala, el Teatro del Anglo?

    —Fue una feliz coincidencia. Me llamaron con una diferencia de 15 días un director de otro. Hacía mucho que estaba con el proyecto de “Madres al límite”, me trajeron el libro de Mónica Bottero, lo leí, me impactó y me encantó el enfoque de las cinco historias y cómo estaba estructurado. Porque, además de las vivencias de las madres, logra dar un paneo del Uruguay, pues habla de mujeres de diferentes generaciones y origen social. Después me llamó Mario Morgan para ofrecerme “Humores que matan”, de Woody Allen, uno de mis autores preferidos en toda su diversidad. Aparte, desde hacía tiempo estaba buscando hacer una comedia, porque hice mucho este género hasta hace diez años, como en “Debajo de las polleras”, obra con la que estuvimos cuatro años en cartel. En mi carrera se han ido dando oportunidades más orientadas al drama y a la tragedia, que me encantan, pero necesitaba lo otro, puesto que también tengo humor.

    —¿Cómo fue la experiencia de hacer papeles tan antagónicos?

    —Llevar adelante dos procesos creativos tan diferentes no es sencillo, pero lo viví como un gran desafío. Y, como amo el teatro y me encantan todos los géneros, me pareció interesante incursionar en ambos y poder pasar de uno a otro, lo cual tuvo un interés agregado. El teatro es el arte del presente: cuando estoy ahí, estoy en ese presente y me entrego a eso y, cuando termina, todo se cierra. Además, el drama proporciona una tremenda devolución por parte del público, por cómo lo recibe la gente: es una gran energía que te llega. Por otro lado, la caracterización es como si uno se desorganizara y se volviera a organizar en función de otra energía, de otros compañeros y otros códigos. Y la comedia también me devuelve una energía increíble, porque me deja en un estado de cansancio pleno. Y es un lugar en el cual me entrego sin ningún control ni límite. En suma, es una muy linda experiencia.

    —El personaje de Carol en “Humores que matan” es una tarada que resulta muy graciosa...

    —Amo ese personaje: es alucinante. Todos los personajes de Woody Allen están escritos a la perfección. Tiene unas vueltas, una inconsciencia, una desfachatez y una falta de filtro y de escrúpulos muy grande, pero a su vez una honestidad brutal. Es lo que es, y la gente se va conociendo a ese personaje porque no esconde nada. Como ella dice en un momento, “somos humanos, con defectos, pero no malos sino equivocados, patéticos, desesperados”: esas palabras de Allen resumen la visión de Carol y reflejan una mirada muy humanista que él tiene en el tratamiento de sus temas. Es una mirada comprensiva, muy crítica pero también de aceptación del ser humano.

    —En el caso de “Madres al límite”, ¿cómo influyó en el trabajo de ustedes el hecho de que los relatos se basaran en casos reales y cercanos?

    —Es importante contar historias de mujeres uruguayas, contemporáneas y que están entre nosotros. A mí me tocó una parada muy difícil, que es interpretar a una colega con la que, si bien nunca trabajé, sucede que en este medio tan chico en el que estoy desde hace 25 años, nos hemos seguido las vidas, nos encontramos y tenemos hijos de la misma edad. Fue muy difícil abordar eso, porque una cosa es encarnar un personaje histórico, donde hay libertad, o hacer un personaje totalmente ficticio, al que uno le inventa cosas de principio a fin, y otra cosa es hacer a una persona que es colega tuya. Las cinco actrices nos sentimos muy conmovidas por los casos que nos tocaron interpretar, y eso redunda en que hoy haya una gran comunión entre nosotras. La verdad es que fue muy difícil afrontar la historia de Rocío Villamil, y con Omar Varela optamos por tratar de distanciarnos de la persona para tener un margen de libertad creativa y para no caer en la imitación. Aparte, yo viví de cerca la historia de Federico, su hijo, que era una especie de niño prodigio y ahora es un joven divino al que le tengo mucho afecto. Luego cayó en la adicción a la pasta base, y como madre me sentí muy solidarizada porque él es muy valioso y queremos que esté bien y que tenga una vida plena.

    —¿Cómo afrontó la repentina muerte de la directora teatral Rocío Villamil, a principios de junio?

    —Fue una experiencia inédita, no sabría cómo definirla: me enteré antes de la función y fue un shock. Decidimos hacer la función igual, porque era la mejor manera de homenajearla. Fue su hijo con su esposa y con amigas de ella. Fue duro (se le quiebra la voz), casi como una experiencia surreal. Pero estoy muy contenta de haberlo hecho.

    —¿Qué aspectos de la vida de Villamil le parecen más destacables?

    —Que asumió un riesgo fundando una genuina organización social sin compromisos políticos de ningún color. Eso es muy valioso, así como combatir las bocas de pasta base. Están desde 2006 pidiendo que se eliminen, porque se sabe dónde están y hasta hicieron una lista. Que no se haya atacado esto es difícil de comprender. Además, la pasta base es una droga cuya adicción no permite que las personas funcionen, y en general los chicos terminan en situación de calle.

    —¿Usted piensa que el teatro debe cumplir con un rol social?

    —No necesariamente, aunque en realidad creo que siempre lo tiene: es intrínseco. En “Humores que matan” la gente se ríe, se divierte, y tal vez para muchos eso sea solo un entretenimiento. Pero para otros no lo es. Nunca se sabe qué vive el espectador. Y creo que ofrece a través del humor una reflexión sobre las relaciones humanas, sobre el paso de los años, sobre el matrimonio y el status. Siempre el teatro tiene una inserción en lo social. Pero no creo que tenga que ser eso solamente. El teatro es muy rico y es un arte ancestral que ha sobrevivido al cine y a la televisión.

    —Desde hace más de diez años, usted dirige el Instituto de Actuación de Montevideo. ¿Cuáles son las principales enseñanzas que intentan transmitirle allí a los alumnos a nivel artístico?

    —Enseñamos teatro y cine en una carrera de cuatro años con un ciclo de formación inicial para niños y adolescentes y prevocacional para todas aquellas personas que no saben si tienen una vocación. Trabajamos con la concepción de que el artista es único y que, a través de esa formación, se debe buscar la personalidad más que partir desde modelos. Creemos que cada uno tiene que ser el artista que es desde su ser. Y trabajamos orientando a los estudiantes hacia la autogestión para que puedan producir sus ideas artísticas rompiendo los vínculos de dependencia del actor. De otra manera quedan como en un limbo, esperando que alguien los llame de no sé dónde. Que el artista sea independiente es la manera de desarrollarse, porque se puede tener suerte o no, tener más o menos vínculos, pero autogestionarse decididamente da libertad.