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“Padres absorbidos por los celulares” frente a sus niños representan “el peor escenario posible” para el aprendizaje
El experto en neurociencias francés Stanislas Dehaene opinó que es necesario “compensar a los niños que han sufrido” la pérdida de espacios de interacción social por la pandemia
“Mi hijo maneja el celular mejor que yo”, dicen frecuentemente los padres de niños pequeños. Los llaman “nativos digitales”. Casi desde que nacen, están expuestos a las pantallas de televisión, computadoras, celulares o tablets. Desde edades muy tempranas aprenden a deslizar sus dedos por las pantallas táctiles para acceder en segundos al video o al juego que quieren. Así, los dispositivos digitales en muchos casos se han vuelto chupetes o hasta niñeras al calmar los llantos, caprichos y berrinches de los más chicos.
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Pero en otros casos son los padres los que quedan hipnotizados por estos aparatos y dejan de interactuar con sus hijos por períodos de tiempo más o menos largos. A esto se refirió el científico francés Stanislas Dehaene, ganador del Brain Prize (considerado el “Nobel de neurociencia”), durante su exposición en el I Congreso Uruguayo de Ciencias Cognitivas realizado entre el 17 y el 21 de noviembre. El congreso fue organizado por la Sociedad Uruguaya de Ciencias Cognitivas y del Comportamiento (SUCCC) y el Centro Interdisciplinario en Cognición para la Enseñanza y el Aprendizaje (Cicea).
“Muy seguido lo que veo es a los mismos padres absorbidos por los celulares. Y eso es quizás lo peor. Veo muchas familias en las que los padres tienen el celular y, por ejemplo, en el transporte público, el niño no tiene nada. Está sentado ahí, no está siendo estimulado, no está manteniendo un diálogo. Ese es el peor escenario posible”, advirtió Dehaene.
En la primera infancia, los niños absorben muchos conocimientos a través de los sentidos y la experiencia. Según el científico francés, desde bebés los cerebros humanos conocen lo básico de las matemáticas y saben computar posibilidades, generar expectativas. Es en esa etapa de absorción cuando el cerebro es más “plástico”, según Dehaene. Mediante el estudio en profundidad del cerebro humano, concluyó que con el paso del tiempo las neuronas se van haciendo cada vez más rígidas. Algunas de ellas tienen células inhibitorias que se van rodeando de cartílagos, quedan atrapadas en una mezcla de azúcares y pierden movilidad o, como él prefiere decir, “plasticidad”.
En los primeros años de vida, los seres humanos adquieren también su vocabulario, una de las herramientas básicas para aprender a leer. Cuando un niño tiene tres años de edad cuenta con un vocabulario compuesto de unos 30 millones de palabras, según comentó el científico en su exposición. En ese punto resaltó la importancia de “la cantidad de conversaciones entre el niño y la persona que lo cuida” y no solo de “la escucha pasiva, porque está prendida la televisión”. Dirigiéndose a los padres del auditorio que lo escuchaba, dijo: “Hablen con sus niños, involucren esta parte de fonemas, enseñanzas, si quieren que realmente aprendan a leer. El aprendizaje no es pasivo. El niño tiene que estar participando activamente en una conversación”.
Dehaene profundizó sobre este aspecto en entrevista con Búsqueda y dijo que el aprendizaje que se produce a través del diálogo entre un niño y un adulto no puede ser reemplazado por una computadora u otro dispositivo. Sin embargo, dijo que no rechaza “completamente” el aprendizaje que ocurre a través de Internet. “Los niños hoy pueden acceder a videos fabulosos sobre matemáticas, ciencias. La única pregunta es: ¿es eso lo que están viendo? ¿Pueden los padres controlarlo?”.
Para el ganador del “Nobel de neurociencia” también son fundamentales en la infancia los “estímulos sociales”. En su charla en el congreso se refirió a una mayor facilidad del cerebro humano para aprender cuando es en conjunto con otros. Además, necesita recibir una devolución, ser evaluado, incentivado. “Un organismo pasivo no aprende”, resumió. “No es solo la Internet. Si se los expone a una lección que es muy aburrida durante 15 minutos y el niño está sentado haciendo nada, eso no es eficiente. Necesitamos ir hacia formas más eficientes, que involucran una enseñanza más activa e interactiva entre el maestro y el alumno”, dijo a Búsqueda.
“Compensar”
La pandemia del Covid-19 llevó al cierre de escuelas en casi todo el mundo durante gran parte del año pasado. Hubo “pérdidas masivas”, aseguró Dehaene. “No solo se perdió una oportunidad para los niños, sino que la pérdida fue mayor que el tiempo perdido. Si la escuela cerró un mes, el efecto en los niños será una regresión de más de un mes”, agregó. Y esto se agudizó en etapas en que el cerebro humano es muy plástico. “Necesitamos compensarlo. Necesitamos compensar a los niños que han sufrido, quizás más de lo que pensamos, porque típicamente no les preguntamos”, opinó el científico.
En el caso de Uruguay, la suspensión de las clases escolares no fue total. Dehaene valoró como algo muy positivo el hecho de contar con el Plan Ceibal, que permitió que los niños pudieran seguir aprendiendo desde sus casas, a través de sus computadoras. Sin embargo, advirtió sobre las pérdidas en el ámbito social: “El cerebro humano es un órgano muy social, mucho más que en otras especies. Tenemos áreas enteras que están dedicadas a la representación de otros, a lo que piensan. Todas esas oportunidades de aprendizaje sobre el comportamiento social se perdieron y probablemente pudieron reemplazarse por la conexión a Internet, supongo. Pero no sabemos si fue lo mismo”.