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    ¡Pero qué dices!

    Hace más de cuatro años publiqué aquí una columna sobre Don Vito y El Bigotes, dos personajes con mucho salero que animaron las veladas en España con sus maniobras fraudulentas, sobres con coimas, sobornos y regalos a diestra y siniestra.

    No fue este el primero ni el último escándalo de grandes proporciones que atormentaron a la España posfranquista. Por el contrario, tanto antes como después siguieron cayendo ediles e intendentes y diputados nacionales o provinciales y empresarios, banqueros, tesoreros de partido y, sobre todo, muchos secretarios de ministros y muchos más aún secretarios de secretarios de ministros y vistosas amantes de varios, a veces de uno por vez y otras de muchos al unísono.

    El último en sonar, Paco Granados (“Ay Paco, que era tan majo”), prometió denunciar todos los nombres que conoce. Su jefa, la inexplicable Esperanza Aguirre, que siendo ministra de Cultura creía que Saramago era mujer (“¿Pero no se llama Sara Mago?”, preguntó sorprendida), promete ahora una lucha sin cuartel contra la corrupción: es la misma que casi le pasó por arriba a los policías del tránsito que la detuvieron por alta velocidad en pleno centro de Madrid.

    Los socialistas —estaba más cantado que el olé cuando se acuchillan a los pobres toros— levantaron todas las voces de la ira, la repugnancia y la dignidad mancillada y la moral popular hasta que los imputados, que seguían cayendo como pingüinos de punta, resultaban ser de todos los partidos y colores. Ahí, las voces de protesta se apaciguaron.

    El más poderoso sindicalista de Asturias, para no ir muy lejos, llevaba embolsillados un par de millones de dólares y seguía levantando el puño con la voz conmovida y los ojos empañados cada vez que cantaba la Internacional.

    Impedido por las leyes de la física, que gracias a Dios no dependen de los políticos, hasta ahora nadie ha podido ponerle rueditas a un banco y llevárselo a casa. Pero los intentos por vaciar entidades, por comerciar favores y prebendas, por usar tarjetas de crédito negras, por organizar actividades y obras inexistentes (pero siempre muy costosas para el erario) se cultivó con el ahínco que solo ese tipo de pasatiempos puede despertar.

    En una de esas redadas cayó el yerno del rey, y en la caída se llevó puesta a la infanta, la simpática Elena que, real y todo, iba todos los días a trabajar como cualquier hijo de vecino.

    El duque la embarró echándole las culpas a su socio, pues el socio (es de guión obligatorio) retrucó publicando miles de mails escritos por los aduquesados dedos: entre los dos, con la anuencia de la infanta simpática y proletaria, se habían robado hasta el agua de los floreros.

    Mal estaba la cosa y peor vino a quedar cuando su propia majestad en primera persona fue y se cayó y se partió una pierna durante un safari en el África negra. El Borbón estaba totalmente en off side, matando elefantes (él, que es presidente de honor de organizaciones de defensa de los animales salvajes…) en compañía de su amante alemana. Hubo que pedir perdón público y aguantarse la cara avinagrada de Doña Sofía.

    Y así, España revivió sus mejores (es decir sus peores) épocas de emporio del saqueo y los abusos: eso que ya Colón había condenado por carta (y por eso lo apartaron de las ollas) a una década de su histórico viaje.

    Con la abdicación de Juan Carlos y la dedicación de algunos jueces de profundo espíritu monárquico, el affaire de la infanta y el falso duque pasó a menores, se perdió en laberintos judiciales y en despachos de fiscales con licencia médica automáticamente renovada. La pareja se fue a Estados Unidos primero y a Suiza después y solo quedaron las revistas color rosa interesándose por sus estares, que sobre sus malestares nadie quería hablar.

    Muchos pensaron que lo de la corrupción en el país ya había dado lo mejor de sí. Que la paella se estaba enfriando. No conocen la historia española, no han leído a Quevedo y Cervantes y Lope de Vega o Baltasar Gracián, no saben la cantidad de veces que el imperio más rico del mundo quebró por el saqueo constante de sus haberes a manos de una creciente manada de filibusteros con el Felipe de turno a la cabeza.

    Y hoy, a más de cuatro años del vodevil de don Vito y El Bigotes, la prensa se rasga las vestiduras pues la última red de corrupción desarmada por la policía podría llenar todas las cárceles de la península.

    Esas son las raíces morales de la patria madre. Allí está el ADN que nos compromete, nos condiciona y nos condena a dar tres pasos atrás por cada pasito adelante.

    Ese era el modelo ideal que sacaban a flamear los iluminados intelectuales rioplatenses. Uruguay y Argentina, sostenían, tenían que inspirarse y seguir el modelo español.

    “¿Pero qué dices?”, como solía espetarme mi ex suegra cántabra cada vez que yo le proponía algo, “¡si el modelo español es justamente lo que hemos seguido desde Mauricio de Zabala y Pedro de Mendoza a la fecha!”.