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    “¿Qué le genera al público que va ahí y paga?”

    Murió Winner. Fue el 25 de diciembre en el zoológico de Buenos Aires. El oso polar no resistió los picos de alta temperatura y los ruidos provocados por los fuegos artificiales de los festejos de Nochebuena.

    Su fallecimiento avivó la polémica que desde hace ya algunos años viven los zoológicos argentinos. Asociaciones de vecinos y especialistas proponen discutir la necesidad de tener zoológicos que, al igual que ocurre en Uruguay, son cuestionados por las condiciones en que se encuentran recluidos los animales.

    Los zoológicos “metidos dentro de las ciudades” y con bajo presupuesto, tienen pocas posibilidades de cambio, dijo Héctor Ferrari, licenciado en Biología, doctor en Ciencias Naturales y magíster en Antropología. Es además profesor de Bienestar Animal en la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires y docente en la Universidad de Córdoba, en la Facultad de Veterinaria de la Universidad de La Plata y en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de La Plata.

    Ferrari viajó a Uruguay para participar en el II Congreso Uruguayo de Zoología invitado por la Sección Etología del Instituto de Biología de la Facultad de Ciencias (Universidad de la República) y dictó el curso “Bienestar Animal y Zoológicos: lo pendiente, lo necesario y lo deseable”.

    Durante su visita participó en la discusión académica en la Facultad de Ciencias sobre el destino de los zoológicos en la que participaron profesionales, docentes y estudiantes y conversó con Búsqueda al respecto.

    —Un zoológico debería ser un lugar en el que se investigue y se realicen trabajos de conservación y educación. ¿Cuál de todas esas tareas es la mayor cuenta pendiente?

    —El zoológico es la mayor cuenta pendiente. Durante la discusión en el Congreso terminó saltando que nadie estaba conforme. Un zoológico son los animales más el público. La cuenta pendiente es que la sociedad no se está preguntando por qué tiene eso ahí.

    Es lo que pasa con la corrida de toros. Cuando en España se lo empezaron a preguntar descubrieron que había una problemática mucho más seria, que era una práctica que genera identidad. Sabemos que para los dueños el zoológico puede ser un negocio, para los investigadores es un campo de acción, para los técnicos una forma de vida y un trabajo, pero ¿qué genera para el público que va ahí y paga? Cuando veo gente que se toma tres colectivos, carga al nene, el carrito, la comida, la gaseosa, la cuñada chica y al marido que quería ver el partido y paga entrada para toda esa gente, ¿qué está obteniendo a cambio? Esa es la pregunta pendiente.

    Durante el Congreso escuchamos quejas de biólogos porque el público golpea a los animales, agrede a los peones. No son la mayoría pero tampoco son infrecuentes.

    —Especialistas de la Facultad de Ciencias han estudiado que en los zoológicos de Uruguay hay animales que tienen comportamientos que no son naturales para su especie debido a las condiciones de reclusión, el tipo de alimentación, de estímulo y su historia previa. Sin embargo, en base a la experiencia de trabajar en zoológicos también mencionaron que a los visitantes no les gusta cuando el animal tiene la posibilidad de refugiarse tras rocas o árboles y que los prefieren en jaulas porque se aseguran de poder observarlos.

    —El visitante que quiere eso quiere a un animal caminando en círculos o echado. Quiere ver un peluche. Cuando en el zoológico de La Plata un chimpancé mete una varita en un tubo, saca el alimento y se lo come, el visitante recibe algo mucho más valioso que cuando ese mismo mono está atrás de un vidrio masturbándose. Volvemos a lo mismo, ¿qué busca el visitante?

    De todos modos, el enriquecimiento (como la varilla y el tubo para que trabaje en sacar el alimento) no consiste solo en tirarle un juguete y ver qué hace. Tiene una metodología, le da al animal oportunidades de conducta, el visitante ve algo diferente a una anatomía que agoniza.

    —¿Cuán importante debe ser el enriquecimiento y la estimulación?

    —Hay regulaciones internacionales que exigen que a los primates no los podés tener sin enriquecimiento porque se ha visto que sufren. Ya es inconcebible un zoológico sin oportunidades de comportamiento en algunos lugares, ya es delito.

    No nos pongamos abstractos, enriquecimiento es cualquier oportunidad de generar conducta. Es darle al bicho la posibilidad de que haga el comportamiento especifico de la especie.

    —¿Cómo definiría la realidad de los zoológicos en la región?

    —Nosotros (Argentina y Uruguay) somos muy parecidos. La tendencia mundial es el famoso parque o bioparque —con espacios verdes abiertos y sin rejas—. Tropieza con nuestros zoológicos que están metidos dentro de las ciudades, son muy antiguos, no hay mucho presupuesto, las posibilidades de convertirlos en bioparques son tirando a nulas. El zoológico no es solo estas problemáticas, hay otras atrás, delincuenciales. El tráfico de animales está presente también. Es un mundo muy complejo y cualquier simplificación nos puede llevar a empeorar su situación.

    El zoológico de Buenos Aires estaba en el medio de la nada cuando se fundó. Cumplió 100 años y todos lo festejamos chochos de la vida, pero quiere decir que cuando se creó los conocimientos que movilizamos ahora no estaban. La palabra ecología no estaba en los diccionarios. En vez de mirar hoy la foto hay que ver la película. Hay un problema sí, pero vamos a construir la historia porque si no, parece que todos fuéramos malos y perversos.

    —En base al relevamiento en zoológicos de Uruguay hay problemas de salud por infecciones de pulgas, obstrucciones gástricas por comer bolsas que tira el público y comportamientos no adecuados (como mutilarse). ¿Cómo empezar a cambiarlo?

    —No podés tomar todo esto por separado porque si no, lo que hago es tratarlo como si fuera un auto. Se le rompe el carburador, lo arreglo, pincho una goma, se la cambio. No, es un sistema integrado, no tiene sentido que toque las partes, es el todo, y ahí es donde le estamos fallando, seguimos enfocando las partes.