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    ¿Quién es que no entiende?

    En una columna anterior me referí al discurso que brindó García Márquez en diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo. Hoy quisiera realzar un par de ideas centrales de ese discurso que, más que una pieza de oratoria convencional, representó toda una declaración de principios sobre el tema “por qué América latina está tan mal y tan sola; por qué nadie nos entiende y por qué nos es imposible salir de esta situación”.

    Una de las ideas elementales del escritor colombiano era que América Latina, tierra de “poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines”, universo habitado por gentes alucinadas y valientes, estaba en soledad, aislado del gran mundo en general y de Europa en especial.

    García Márquez insistió en su discurso en la soledad de América Latina y en el abismo que separaba al Nuevo Mundo del Viejo, abismo que según él dependía pura y exclusivamente de la incapacidad europea para entender y aceptar las características propias de América Latina.

    Su receta para superar este abismo era que “la Europa venerable” viese a América Latina a través del espejo de su propia historia. Por ejemplo, “si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna”.

    Un eje del razonamiento de García Márquez estaba pues formado por las enseñanzas del pasado. La vieja Europa debía ser tolerante con los latinoamericanos, gentes nuevas, recién llegadas a la vida, inexpertas y propensas a cometer errores de la misma manera que una vez los habían cometido los europeos. Había que darle tiempo al tiempo.

    Este planteo se basa en un inmenso error. ¿O no pertenecían España, Portugal e Italia a Europa? ¿No fueron estas culturas europeas las que formaron la columna dorsal de América Latina, junto con aportes menores de las culturas aborígenes y africanas?

    García Márquez hablaba como si los colonizadores españoles y portugueses y los inmigrantes italianos, que llegaron por millones, se hubiesen olvidado de todo al arribar al Nuevo Mundo. Como si hubiesen tenido que reformatear su disco duro al desembarcar y empezar de cero. No fue para nada así. El nivel de la cultura latinoamericana durante sus primeros siglos de vida reflejaba, por el contrario, el nivel de la cultura del sur de Europa.

    Otro punto central del discurso del novel Nobel fue que Europa no entendía los constantes excesos que se sucedían en América Latina, pues se empeñaban en ver las cosas a su modo: fría y racionalmente. Por eso mismo, “la interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”. América Latina era Macondo.

    El otro eje del razonamiento del escritor colombiano, como él mismo enfatizó, era el de la insuficiencia de las riquezas latinoamericanas: “El nudo de nuestra soledad”, subrayó, “es la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida”. Pero esta afirmación era un error más grande que Machu Picchu y más ancho que el río Amazonas.

    García Márquez estaba hablando en un país legendario por su falta de riquezas naturales. Es más, hasta que los noruegos no descubrieron que tenían petróleo, en épocas modernas, Suecia y las otras naciones escandinavas eran muy pero muy pobres en “recursos convencionales”. No fueron las riquezas naturales, que sí abundan hasta el hartazgo en América Latina, las que echaron las bases del bienestar escandinavo, sino que la mentalidad del esfuerzo, la mentalidad de la innovación, la mentalidad del trabajo duro, la capacidad de colaboración nacional, la voluntad y la sabiduría necesaria para poder armar y concretar un proyecto de futuro común basado en la igualdad social y en el sentimiento nacional.

    Lo que García Márquez y miles de otros intelectuales y políticos latinoamericanos de distinto calibre no logran entender es que esa visión escéptica de América Latina por parte de Europa no se debe a una incomprensión de nuestras “particularidades” sino que es una crítica a la defensa que los latinoamericanos se empeñan en hacer de modelos que no solamente no aportan igualdad social sino que por el contrario generan violencia, falta de libertades mínimas, desigualdades y atraso.

    El caso clave era y es Cuba, defendida a ultranza por García Márquez y miles de otros intelectuales y dirigentes latinoamericanos que insisten, como el escritor colombiano, en ir a rendirle pleitesía a Fidel Castro, el símbolo más evidente del rotundo fracaso continental.