A los 55 años, Paulinho Moska sonríe en la pantalla como un treintañero, entre sus guitarras y sus colecciones de objetos pequeños que se adivinan en el fondo de la imagen.
A los 55 años, Paulinho Moska sonríe en la pantalla como un treintañero, entre sus guitarras y sus colecciones de objetos pequeños que se adivinan en el fondo de la imagen.
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El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl cantautor atendió la videollamada de Búsqueda en su casa en Río de Janeiro, situada en el Jardín Botánico, el barrio costero —cercano a la playa de Ipanema— en el que nació y en el que vive gran parte de su familia. La charla tuvo lugar una semana después del triunfo de Lula en el balotaje presidencial, por lo que la actualidad política y social brasileña fue un asunto recurrente. Moska actuará junto con la también carioca Zélia Duncan el jueves 1º de diciembre en el Teatro Solís (entradas en Tickantel de $ 1.800 a $ 2.600).
Después de 30 años de amistad y sociedad artística, Moska y Duncan concretaron su viejo sueño de cantar a dúo y presentan Un par impar, concierto que desde mayo viene recorriendo todo Brasil y en el que están en escena junto con el guitarrista uruguayo Miguel Bestard, un virtuoso titular en su banda estable que aquí tocó en la banda de rock Snake y que cuenta con dos discos solistas. “Con la pandemia quedé muy aislado y triste. Pero ahora estamos muy contentos”, dice Moska, riendo, en clara alusión al resultado del balotaje que le dio el triunfo a Lula. “Estamos felices después de cuatro años de masacre de la extrema derecha. Fue una masacre ética y moral, una masacre a los indígenas y a la selva y una masacre estética también, cometida por personas totalmente incapacitadas para ejercer el gobierno. Parecía un filme de terror y a veces una comedia del absurdo. Logramos vencer una guerra sin violencia de nuestra parte. Fue muy lindo”.
—Ustedes se conocen desde hace más de 30 años, son amigos y han colaborado mucho. ¿Cómo se concretó esta parcería?
—Yo tenía unos 25 años y cantaba los miércoles en un boliche acá en Río. Ella cantaba los jueves. Siempre que llegaba a hacer mi noche leía su nombre en los carteles que anunciaban la suya. Y comenzaron las coincidencias. Grabamos nuestro primer álbum en el mismo año: 1993. Yo había comprado mi primera guitarra de cuerdas de acero, una Takamine modelo top, superlinda. Entonces el boliche hizo una premiación a los mejores del año que habían tocado ahí. Fui premiado como mejor solista masculino y Zélia, como mejor solista femenina. Llegué a la prueba de sonido, entré al camarín… y ahí estaba una guitarra idéntica a la mía. Marca, modelo, color, todo. Quedé tan intrigado que me preocupé, casi (ríe). A los dos minutos entró una chica con el pelo largo y una sonrisa grande y fue como un espejo para mí, porque también tenía mis pelos largos y soy un tipo que sonríe fácil. Nos miramos con las guitarras, los pelos y la sonrisa y fue pasión y conexión a primera vista. Conectamos, empezamos a hablar de folk music, de Joni Mitchell, James Taylor, Carl Simon, Nick Drake y otros grandes del folk. Desde ese día somos grandes amigos y empezamos a coincidir en festivales de músicos nuevos y a compartir escenario.
—¿Cómo se llamaba el bar?
—La Torre de Babel. Era un bar donde se mezclaba todo. Nuestras primeras canciones que sonaban en la radio aparecían juntas siempre y así fuimos haciendo una carrera en espejo. Fuimos editando nuestros discos muy en paralelo. Y pronto empezaron las parcerías. Compusimos muchas canciones juntos, tanto para mis discos como para los suyos. Y nos invitamos constantemente en nuestros conciertos. Pero siempre teníamos pendiente hacer un concierto y una gira en dúo. Lo concretamos este año, pero atención, no somos dos, somos tres, porque hay un tercero en el escenario, y es uruguayo: Miguel Bestard, que es mi guitarrista estable desde hace un tiempo. Es un gran músico, un gran guitarrista. ¡Y ahora es mío! (ríe). Es impresionante en escena y también una persona increíble. Es un retrato de mis amigos uruguayos. Tiene talento, profundidad, poesía, seriedad con el trabajo y una charla preciosa. Me tiene muy contento porque con Migui tengo a Uruguay muy cerca, todo el tiempo. Además, también canta muy bien y se encarga de varias voces. Cantamos juntos y tocamos a tres guitarras todo el tiempo. Entonces, este concierto con Zélia es como estar en Crosby, Stills & Nash (ríe). Usamos guitarra de nylon, de acero, guitarra barítono, de 12 cuerdas, ukelele.
—¿Eléctrica?
—No, son todas guitarras acústicas microfoneadas. Es una suma de sonoridades acústicas, con diferentes frecuencias, muy bien distribuidas. Te garanto que el sonido es increíble, muy potente, no es un concierto de bossa nova.
—En Un par impar estrenan temas inéditos. ¿Cómo componen de a dos?
—Zélia siempre escribe letras, no compone música. Las parcerías con ella siempre han sido así: ella escribe los poemas y yo les pongo música. La primera, Verdade na fonte, algo así como La verdad en el origen, la hicimos hace 25 años y la vamos a tocar en el Solís. Zélia la escribió para una amiga con la que se había peleado pero hoy es una canción que habla exactamente de lo que los brasileños estamos necesitando escuchar para vivir los próximos cuatro años. Se resignificó totalmente gracias a la fuerza de la poesía metafórica. Dice: “No intrigues, porque no me gusta. No castigues mis palabras buenas. Retira el veneno del agua que voy a beber para que ella se torne música, túnica única, la musa única de mi vida”. Esa es Zélia. Queremos que toda esta violencia que hemos vivido se torne música, porque es la túnica que vestimos. Estuvimos estos años debajo de una piscina de mentiras, nunca necesitamos tanto de la verdad como ahora. Por eso la canción creció enormemente. Acabamos de grabarla en un estudio hace poco. La otra canción inédita es Un par impar, que le dio nombre al concierto. La escribí casi toda yo, hace unos cuatro años, especialmente para Zélia, para cuando hiciéramos nuestra gira. Pasamos 25 años hablando de hacerlo. Tenemos más de una docena de canciones juntos. Sinto Encanto, O Tom do amor, Por acaso, Sarau, Carne e osso, que fue un tema de gran éxito en una telenovela. Fue un trabajo a fuego lento. Y ahora finalmente lo logramos.
—Contaste que en la pandemia te aislaste y te pusiste muy triste. ¿No pudiste componer?
—Nada. Estuve muy triste. Yo tengo mis depresiones desde muy joven. A veces pienso que todo es una mierda total. Hoy sé que es exagerado pero tengo que ser honesto: sentía que entre la pandemia y Bolsonaro todo se iba a terminar. Que toda esa mierda iba a durar 20 años. Que se acababa mi carrera y la vida que llevábamos. Pensé que me tendría que transformar en un youtuber (ríe). Estuve varios meses sin tocar la guitarra. Paré completamente. No escuchaba música. No compuse una canción en dos años y medio. Ni una. Recién en los últimos meses logré recuperar la creatividad y me puse a escribir un libro. Pero cuando con mucha dificultad empecé a hacer los lives empezaron a ocurrir cosas lindas. Cantaba las canciones viejas y me daba cuenta de que las letras me decían cosas nuevas. La poesía, cuando es metafórica, gana nuevos sentidos con las nuevas realidades. Sobrevive, se potencia. Quedé muy contento con eso. Esos lives me salvaron. Volvía a estar disponible para la poesía. Y ahora me siento muy fuerte, muy consciente de que tengo una obra que ya conquistó su propia eternidad.
—¿Cómo ves estos próximos cuatro años que se vienen en un Brasil tan polarizado?
—Es como el Covid. Ahora lo controlamos pero el peligro de nuevas variantes va a estar al acecho (ríe). La extrema derecha tiene el fascismo y el nazismo como variantes. En Brasil hay muchas personas que piensan en imponer sus ideas mediante la violencia, la destrucción y la clasificación de la gente por su raza, su creencia religiosa y sus opiniones. Fue terrible vivir lo que hasta 2018 conocíamos por los libros de historia. Yo era un niño en la dictadura, no la percibí mucho, y ahora estuvimos cerca. Estábamos caminando hacia eso. Ahora, en estos días tras las elecciones hay una esquizofrenia enorme en la calle a causa de las noticias falsas en las redes. Está pasando lo mismo que en Estados Unidos cuando Trump perdió. De todos modos, a nivel institucional parece que va bien. Espero que los criminales sean castigados, porque hubo muchos crímenes contra la democracia. En todo este tiempo la cultura fue muy atacada, junto con la ciencia y los profesores. Por eso siento que es un momento de gran esperanza, el despertar de una pesadilla.
—¿Qué camino debería seguir el nuevo gobierno para evitar episodios de corrupción?
—Siempre hubo derecha e izquierda en Brasil, siempre hubo confrontación y deshonestidad de unos con otros. Pero dentro de la democracia. Estos años de extrema derecha sirvieron para comprender algunas cosas. Creo que Lula no va a hacer un gobierno de izquierda ni del PT, sino que será un gobierno de equilibrio, con lo que para mí se intentará poner a la extrema derecha, que siempre existió, bien en su lugar. Y sobre la corrupción pienso que es una enfermedad humana. No pertenece a ningún partido ni a ninguna ideología. Quien tiene poder está listo para que le llegue la corrupción. Y un detalle: Lula fue condenado por la corrupción en Petrobras y por el mensalao, una propina pagada por el gobierno para que la oposición no barriera con su agenda de leyes sociales. Hay que poner esto sobre la mesa. Eran leyes de protección a las minorías, a las mujeres, a los negros, indígenas, LGBTQI+. Leyes que beneficiaban a los profesores, a las escuelas, las universidades, los hospitales. Y la gran mayoría de quienes recibían este dinero eran los legisladores de derecha y del centro. No lo justifico, solo recuerdo que esto no empezó con Lula, es histórico. Al menos desde la dictadura militar la corrupción siempre estuvo en la política brasileña. Y en un sentido amplio, desde la conquista a los indígenas, Latinoamérica es producto de una enorme corrupción. Pueblos originarios aplastados y tirados a la basura, gobiernos democráticos con congresos dominados por una élite que opera para favorecer sus intereses particulares, como el farmacéutico, el agronegocio, las armas y sus empresas; personajes bizarros emergentes y un enorme descreimiento de la gente en la política.
—Has dicho que con Internet a la música le pasó algo parecido que al periodismo…
—Creo que tendremos que adaptarnos a la idea de que las redes sociales han ocupado el espacio del periodismo, así como en la música. En determinado momento empezó a ocurrir que mucha gente que no toca bien ni canta bien empezó a grabar discos, porque la tecnología lo permite. Un guitarrista que no sabe tocar una música entera puede grabar un acorde por vez y después mezclarlo. Eso pasó también con la fotografía. Había todo un arte, el fotógrafo debía conocer de luz, de sensibilidad de la película, del revelado en el laboratorio. Había un profesionalismo, como lo había en el periodismo. Un periodista debe tener una formación y un protocolo de trabajo con responsabilidad y credibilidad. Pero ahora cualquiera pone cualquier cosa y mucha gente no se cuestiona de dónde viene eso que está viendo y lo cree. La diferencia es que cuando los periodistas profesionales dicen algo falso o cometen un error después están obligados por ley a hacer la corrección. Y en las redes no. Yo puedo mentir todo lo que quiera. Y eso para mí es lo peor.