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En mi libro “El tercer Uruguay” expuse la tesis de que el país ha pasado por tres grandes fases. La primera de ellas estuvo fundamentalmente caracterizada por la inseguridad interna, la ausencia de un proyecto de futuro, las constantes luchas internas políticas y militares, una base económica primitiva y un bajísimo nivel educacional.
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El Uruguay de la segunda fase —parido en Masoller en 1904 pero configurado durante los grandes cambios demográficos, económicos y sociales de los años previos, con el gobierno de Lorenzo Latorre como etapa gestadora— tuvo su identidad en la paz interna, en el fuerte despegue educacional y cultural, en el crecimiento económico, en la solidez institucional y en un pujante bienestar general. Fue llamado Suiza de América y reconocido internacionalmente como el primer Estado de bienestar moderno del mundo.
Además, ese segundo Uruguay impulsó el modernismo arquitectónico, la investigación científica y una estructura sanitaria de vanguardia. Por méritos propios se ganó el honor de ser sede del primer Mundial de Fútbol (1930).
Hoy Uruguay transita la etapa final de su tercera fase, caracterizada por claros paralelos con la primera: inseguridad interna, entrevero político, ausencia compacta de un proyecto claro de futuro, sensación generalizada de que “no se avanza en ningún sentido”, una base económica rústica, corrupción enraizada y el triste “mérito” de tener el nivel educacional más bajo de la región.
Sobre lo último no quedan dudas: el sistema educacional uruguayo es, incluso, uno de los peores del planeta, y a pesar de un elevado nivel de permisividad y de mucho ejercicio de vista gorda por parte del profesorado y las autoridades pertinentes, la mitad de los alumnos de secundaria deben igualmente repetir. Es decir: no son capaces, siquiera, de pasar los por demás muy bajos niveles de exigencia que se les ponen.
Sobre la falta de tino gubernamental comunes al primer y al tercer Uruguay baste este párrafo de una carta que Lorenzo Batlle le escribió a su hijo José en abril de 1880, y que yo reproduzco íntegra en mi libro “Lorenzo”: “... yo no sé adónde quieren conducir esta máquina para que se estrelle mejor y más pronto. Veo una falta de buen sentido en todos, empezando por el mismo (presidente)”.
Hoy no se podría haber dicho mejor.
Estas conclusiones, por demoledoras que sean para el maltrecho orgullo nacional, pueden servir de alimento, de cualquier manera, a un vago optimismo, pues si de aquellas primeras desgracias surgió el niño prodigio de comienzos de siglo pasado, ¿por qué no podría suceder lo mismo en el futuro inmediato? Es decir: si el tercer Uruguay es, en mucho, una copia del primero, ¿por qué el cuarto no podría ser una copia del segundo?
Tengo varias respuestas a esta ilusión, pero todas ellas niegan categóricamente la automaticidad en el proceso histórico. Lo hemos dicho varias veces durante los años que esta columna ocupa un espacio en Búsqueda: la única ley que conoce la Historia es el cambio, pero no la dirección de ese cambio.
En conclusión, el cuarto Uruguay no solo que no tendría por qué ser mejor que el actual sino que, con toda probabilidad, será bastante peor aún. Por el momento, podemos constatar que lo que está sucediendo en el país deniega toda esperanza de mejoría.
Dicho esto, y teniendo en cuenta la cristalización de una coalición blanco-colorada y las esperanzas que dicha coalición despierta en una parte importante de la ciudadanía, manifiesto mi convicción de que un eventual cambio de gobierno no llevará a un cambio automático de la dinámica general. Hay que recordar, entre otras cosas, que no fueron los gobiernos frenteamplistas quienes dirigieron la nave nacional antes de que encallara en el arrecife del poder militar en 1973.
Sin embargo, antes de seguir transitando esta senda del razonamiento me gustaría desarrollar algo que me parece de una importancia estratégica, no solamente para la comprensión del proceso histórico nacional sino que para intuir las formas y el contenido que adoptará el futuro a corto plazo en nuestra parte del mundo. A diferencia del primero y del segundo, cuyo llanto de parto fue perfectamente oído en 1830 y en 1904, respectivamente, el tercer Uruguay no tuvo una fecha identificable de nacimiento. Fue surgiendo de a poco. Fue creciendo escondido detrás de los tonos grises y los gestos rutinarios de la vida cotidiana.
Algunas personas (así me lo han dicho) sostienen que este Uruguay actual, de alarmante pauperización general y vocación antirrepublicana, nació con el terrorismo tupamaro a comienzos de los años 60. Otros, con simpatías por las ideas de izquierda (cada vez más difíciles de interpretar) sitúan el hecho a comienzos de los 70, con la aparición de los militares en la vida pública y el consiguiente golpe de Estado.
Estoy convencido, como intentaré demostrar, que ni unos ni otros tienen razón.