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    “Vieja vendepatria”

    Es el 19 de abril. Salgo con cierta tristeza de una visita en un hospital. Hasta allí llegan los informativos. Llegué a ver imágenes fugaces de un racimo de individuos en la Plaza Independencia apoyando la “Revolución Bolivariana”. Faltaba hasta el cuarto gato.

    Regreso a casa en un bus que toma 18. Y veo otra concentración apiñada en la Plaza Cagancha, repleta de banderas de Venezuela. Decido bajarme y estar allí.

    Apenas puedo abrirme paso, la mayoría son mujeres y jóvenes, hay hasta niños: están de pie en la vereda norte, donde también los uruguayos hemos clamado tantas veces por los desaparecidos. O por el orgullo gay.

    Escucho lo que una chica pronuncia con un megáfono. Hay gente que llora. Alrededor, unos carteles donde se lee el nombre de varias personas, la forma en que han recibido un tiro, y manchas rojas.

    Se informa a los asistentes sobre la violencia de Maduro contra los manifestantes. Los que están allí son venezolanos exiliados, huidos del caos, de la falta de comida. O se fueron para no verle más la cara a Maduro ni escucharle la voz.

    Pregunto a una señora si entre los manifestantes hay uruguayos. Me dice que pocos, que solo vino algún diputado. Pregunto con ansiedad: “¿Alguno del Frente Amplio?”. Estoy deseando que me diga que sí. Pero no han venido: tuerce la boca en una irónica sonrisa. Siento dolor, tengo ganas de llorar. ¿Por qué no están aquí? Defiendo lo indefendible, le digo a la venezolana que probablemente varios políticos del Frente Amplio estarían allí pero no los dejan. La mujer me dice que manda el PIT-CNT.

    Los venezolanos han comenzado a cantar el himno.

    Yo fui a la escuela pública Simón Bolívar y en el repertorio del coro estaba el himno de Venezuela: “¡Abajo cadenas!”. La memoria me permite pronunciar algunos versos.

    Las lágrimas corren. La chica del megáfono pide algún uruguayo para ayudarla a cantar el himno de este país. Me ofrezco. Me abraza de la cintura y cantamos juntas. Todos nos miran, porque en realidad los uruguayos parecen no vivir aquí.

    Hacía años que no cantaba el himno nacional. Estoy desmotivada con los sentimientos patrióticos. Pero esta vez lo canto con ganas. Y cuando llega el “¡Tiranos temblad!”, aúllo con la misma fuerza con que lo gritaba en mi adolescencia en los terribles actos a los que nos sometía la dictadura.

    Estoy en el túnel del tiempo. Creo firmemente que en Venezuela hay una dictadura con harapos de democracia. Entonces resurge en mí toda la indignación que sentía cuando a nosotros nos aplastaban los tiranos.

    Luego me voy para mi casa en la Ciudad Vieja. Es a la vuelta de la embajada de Venezuela. Paso por allí: hay unos muchachos entrajados, con aspecto de guardaespaldas, entrevistados por algún canal de televisión. ¿Luego habrá un cocktail?

    Entonces me sale del corazón exclamar desde la vereda de enfrente: “¡Viva la libertad! ¡Abajo la dictadura!”

    Se enfurecen. No entiendo muy bien lo que me gritan, pero sí distingo un vozarrón caribeño que me dice: “¡Vieja vendepatria!”