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    jueves 18 de julio de 2024

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    “Yo también quiero que vuelva la ley de duelo (y lo dije antes)”

    Por fin vinieron a jugar a mi cancha, los estaba esperando, sí, señores presidentes del Uruguay (de antes), estamos de acuerdo: tiene que volver la ley de duelo. Dejen sus gabardinas en el perchero, gracias por venir, llegan un poco tarde. Les soy sincero: el honor es una superstición en la que no tengo la suerte de creer, así como no tengo la suerte de creer en el dios de los religiosos (Dios), ni en el dios de los ateos (el Estado), pero mantener vivo el ensueño del honor me parece fundamental para la política. No hay prestigio en la política si no recuperamos la superchería del honor, y para que el honor exista de verdad tiene que haber un recinto último donde dirimirlo que no sea Twitter, ni un juzgado (“te espero en el juzgado” es lo menos honorable que escuché en mi vida); cuando sale la sentencia por difamación e injurias ya ni nos acordamos ni nos importa. Si no está la posibilidad de tirarse unos tiros, es como que no pasa nada, cualquier entredicho se torna en un lío de viejas chusmas o vedettes argentinas antes de la temporada en Carlos Paz.

    Todavía recuerdo avergonzado el entredicho de nuestro actual presidente en campaña con su adversario en el balotaje, por la utilización metafórica de “las pompitas de jabón” para referirse a su persona. La duda instalada era quién se comportaba de forma más infantil: un presidente (ahora dos veces presidente) que se refiere al líder de la oposición con esa imagen que él considera genial y es de una precariedad senil, o un retador que se ofende porque le dicen pompita de jabón. La única forma de transformar esa conducta escolar, que en el fondo daña las instituciones y el cerebro de la población, en una disputa entre adultos, es hacer algo que no esté al alcance de ningún niño: tirarse unos tiros. El modo indiscutible de hacer subir al nivel adulto un diferendo. Ambos habrían salido bañados en dignidad de esa experiencia. Si vuelve la ley de duelo puede ser que muera alguno cada tanto, es hasta necesario para que no pierda el impacto, y la gracia. Pero hay algo que habrá sobrevivido para siempre: el honor. No conozco camino más rápido y directo para defender el honor que elegir dos armas y dos padrinos.

    La política tiene muchos problemas, demasiados, el principal —o quizás el que engloba la mayoría de ellos— es que ya no es fuente de prestigio como profesión/oficio, ergo: no atrae a su práctica a los mejores exponentes de nuestra sociedad. Y no vamos a recuperar el prestigio si no hacemos volver el honor. Esto solo puede empeorar. Hay que pegar un volantazo antes de que nos vayamos por el despeñadero.

    Una de las causas más notorias en ese deterioro es que vemos demasiado. Nosotros, el electorado, la sociedad, no estamos preparados para ver tanto a la figura política y sus entretejidos (por eso Maglione se sacó la parruqueta, un genio Maglione, un político de antes que llegó a un lugar impensado). Tenemos demasiada información. Los políticos han perdido el misterio, y por ende, el encanto. Casi no hay espacios para rellenar con narraciones benévolas que agranden el mito y tapen los baches. Para peor: los integrantes del electorado ni siquiera entendemos el juego del poder, exigimos condiciones imposibles en los políticos.

    Miren lo que le pasó a Hillary Clinton: todos la asocian a maniobras en las sombras que la favorecieron de una u otra manera y le permitieron sacar ventaja mientras ocupaba cargos importantes. ¿Y cómo se piensan que se sobrevive en el poder, ositos cariñosos? Estuvo 25 años en el círculo máximo del poder y lo más terrible que pueden esgrimir en su contra es, justamente, ¡que se mantuvo! Eso, y unos mails. ¡Mails! Una bobada típica de bienpensante escandalizado por revelaciones insustanciales que solo contradicen su imaginación prístina de la vida. Usó una cuenta personal-privada como secretaria de Estado para eludir registros, sí, ahí gileó (no es más que eso en términos éticos: un desliz bobalicón), pero abrieron los mails y resultó ser que no decían nada relevante, apenas alguna jactancia de vestuario del estilo “cómo cayó Ghadafi, ¿eh? Tan machito que parecía con su gorra de baño marrón y su bigote del siglo XX. Esa va por Pan Am”. La destruyeron con tan poco a Hillary.

    Por eso nos encantan los antisistémicos, porque no entendemos cómo funciona la cosa y no nos interesa entender, preferimos seguir con el autoengaño; y los antisistémicos tampoco entienden, por eso son un peligro. Hasta que no volvamos a tener una comprensión cabal del poder y la política, tiene que volver la ley de duelo. Hay gente que se queja, de un presidente pongámosle, por su condición de ególatra. ¿Cuándo hubo un presidente que no lo fuera? ¿Es posible que exista uno? ¿Es posible enfriar una sandía sin ocupar espacio en la heladera? Hablamos de un individuo que llegó hasta ahí esforzándose por agradar, día y noche, no a su jefe, no a su familia, no a la familia de su mujer: a millones de personas, para que llegado el momento depositaran un papel con su cara y su nombre en un sobre y le dieran el sillón del que toma las últimas decisiones colectivas en una sociedad. ¿Cómo no va a ser vanidoso? “Le falta humildad”, dicen los idealistas exigentes. ¡Y eso es justamente lo que lo hace funcional en su tarea! Si tuviera la humildad que le reclamamos se tomaría un TTL y se iría a vender churros a Praia da Rosa, o peor: nos haría volver a un colegiado, y ya sabemos cómo terminan los colegiados.

    Gracias a esa incomprensión generalizada es que muy poca gente quiere a los políticos, y no hay nada más peligroso que un gobernante necesitado de cariño. Terminan rodeados de incondicionales, energúmenos que cantan abajo de una bandera de espaldas a la cancha, esa pequeña masa tóxica funciona como su refugio y su brújula, y nosotros terminamos en manos de líderes que fomentan ese canto tribunero facilista que justifica cualquiera de sus acciones. Un energúmeno como Donald Trump, por ejemplo, si existiera la ley de duelo no salía de las internas republicanas. Lo agarraba algún viejo republicano exsoldado y lo amasijaba a tiros.

    Tanto el honor como la liturgia política han quedado muy lejos de los parámetros básicos de verosimilitud. Sus formas teatrales, casi sobreactuadas, propias de un escenario y el público en la lejanía, no son las más adecuadas para impactar en el público acostumbrado a otros códigos narrativos. Es como la tragedia griega: lindo para leerla, verla es imposible. A mí a estas alturas me genera una incomodidad espantosa, mucho grito, mucho fluido saliendo de las bocas de los actores, termino sacando el celular y refugiándome ahí de puro perturbado nomás. ¿Y saben qué es muy bueno para que una dinámica gane en verosimilitud? Revólveres y tiros. La gente empieza a creer enseguida.

    Vida Cultural
    2017-06-29T00:00:00