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    24 cargos (I)

    Sr. Director:

    Después de algunos remilgos más o menos puritanos, que pronto cesaron, el Partido Nacional decidió aceptar el ofrecimiento del nuevo gobierno para integrar determinados órganos de la administración pública. Era lo previsible en orden a lo que suele ocurrir en estos casos, particularmente cuando los que esperan presionan para que así ocurra y como, por su lado, ya lo había hecho el Partido Colorado. La aceptación se fundó debidamente y se dijo: “en cumplimiento de lo que preceptúa la Constitución Nacional y decidido a aportar a la construcción de equilibrios políticos e institucionales”. Y además, para participar “en el contralor y gestión de las políticas públicas en los organismos del Estado”. Todo políticamente correcto, aunque innecesariamente ripioso.

    Bien, ahora ambos partidos se abocarán al reparto consiguiente, lo cual significará que se vivirán malos momentos al interior de ellos hasta llegar a las nominaciones definitivas. Habrá satisfacciones, decepciones y hasta dispersiones momentáneas, propias de estas circunstancias. No obstante, una fugaz sensación de presencia abonará la esperanza de tiempos mejores, aunque en definitiva contribuya a esfumar más todavía la razón de ser de un partido de oposición.

    Ambas colectividades parecen haber perdido el rumbo y se mueven sin saber adónde llegar en un viaje hacia la nada, golpeadas duramente por el triunfo espectacular y consecutivo del Partido Frente Amplio, con mayorías absolutas y todo lo que ellas significan. Ni la invocación momentánea al “viejo partido de Batlle” o a las “políticas de Estado” o “por la positiva”, como tampoco las actitudes complacientes ante los desbordes del poder, han demostrado ser polos de atracción para las masas. Porque de eso se trata, de atraer a las masas.

    Mientras los partidos de oposición no comprendan que su función política es precisamente esa, “hacer oposición”, seguirán perdiendo interés en las masas y andando a la deriva, porque la indefinición lo atrae. En política pareciera no haber lugar para términos medios: se gobierna o se es oposición. Y cuando un gobierno goza por tercera vez de mayorías absolutas otorgadas por la soberanía, la función de la oposición viene impuesta por las mismas circunstancias y por sus propios electores, so riesgo de perecer.

    Como lo demuestra la experiencia, una oposición para ser exitosa debe concebirse metódicamente y ejecutarse sin concesiones, deber ser sistemática y no caer en los difusos principios del patriotismo, cuando tiene claro que su fin es erosionar al gobierno para alcanzar el poder y su único límite la legalidad. Debe ser constante, como la gota de agua que horada la piedra. Que fue lo que hizo durante décadas el Frente Amplio antes de ser gobierno, pacientemente, sistemáticamente, inteligentemente. Y en línea concordante, lo decía el Sr. Claudio Paolillo, con su habitual enjundia, en una columna titulada “24 cargos”, donde pugnaba por una oposición “clara, frontal, controladora de la gestión gubernativa, que suponga una alternativa real a la opción que presenta el oficialismo”.

    No obstante, hay un aspecto a considerar en lo relativo al funcionamiento de los partidos de oposición que conspira contra su encumbramiento como opciones de poder cuando la ciudadanía es llamada a decidir: su drama se llama dispersión. Contrariamente a lo que sucede en el Frente Amplio, donde la unidad monolítica es la columna vertebral que lo mantiene enhiesto; donde hay órganos que proyectan, dirigen y mandan y donde las discrepancias, aunque sean de principios, no van más allá de la expresión verbal, los partidos tradicionales funcionan exactamente al revés. Los individualismos están siempre a flor de piel, prontos a rebelarse ante cualquier intento de acción conjunta que dispongan las autoridades, más o menos nominales, que los gobiernan. También se les llama “perfilismo”, allí donde el díscolo o el aventurero pretende marcar su territorio con proyección de futuro.

    De esa comparación surge una diferencia esencial y básica: el único partido que funciona como tal es el Frente Amplio. Consistente, sólido, previsible, unánime y con un sentido de la disciplina partidaria que está más allá de la amenaza de la sanción, en tanto se la acepta tal como si fuera un artículo de fe, de percepción casi metafísica. Apartarse de ella pareciera más una profanación que un simple acto de desobediencia, ante los reproches de la conciencia moral.

    Las próximas elecciones departamentales podrían ser, en el orden experimental, una excelente oportunidad para que los partidos de oposición se planten como tales ante la ciudadanía, disputándole al partido de gobierno su supremacía actual, particularmente en esta Montevideo abandonada y tristona y que a nadie inspira y que ostensiblemente espera, como en el verso del poeta, “una voz que le diga ¡levántate y anda!”. Y no es metáfora.

    Dr. Jorge W. Álvarez

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