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Alguien debería develar el misterio de la inclusión en el programa de la Petite Suite de Albert Roussel. Con el debido respeto, el compositor francés no nos resulta una figura atractiva en lo más mínimo. Musicalmente muy formado, formador a su vez de músicos como Satie, Varese y Martinú, entre otros, dominador del contrapunto y de la orquestación, fue, no obstante todo ello, un compositor poco profundo, ecléctico en exceso y sin una personalidad definida.
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En esta Suite se escuchan armonías y líneas melódicas que se parecen por momentos a Copland y por momentos al Stravinsky del Pájaro de Fuego. Y en arte no hay nada más terrible que “parecerse a” pero carecer del ángel o la personalidad de ese parecido. El pasado martes 31, en el Teatro Solís, el director suizo Thomas Herzog condujo la orquesta con pulso firme, y esta respondió en forma correcta. Pero en esencia no pasó nada con Roussel.
El solista de la tarde fue el contrabajista François Rabbath, de 81 años, quien posee una trayectoria muy destacada como pedagogo de su instrumento, sobre el que escribió un trascendente y novedoso método de digitación y uso del arco. En sus manos estuvo la ejecución de las Nueve variaciones sobre un tema de Paganini, del norteamericano contemporáneo Frank Proto, quien ha compuesto varias obras para este instrumento y para este solista en particular.
La obra, construida sobre el mismo tema de Paganini que inspiró variaciones a Brahms, a Rachmaninov y a Lutoslawski, resultó sumamente interesante. Hay climas contrastados muy bien logrados que pasan del lirismo exacerbado en alguna variación al tono juguetón y humorístico en otra y de los aires orientales de la tierra de Rabbath a algunas melodías lentas con reminiscencias de Astor Piazzolla.
Desde que pisó el escenario, el sirio reveló una personalidad entrañable. Oriundo de Alepo, donde solo el lunes 30 medio millar de personas perdieron la vida, es un anciano de sonrisa tierna y aspecto distendido que de entrada entabló con el público una sintonía especial. El trabajo de Proto fue un excelente vehículo para apreciar el virtuosismo del solista y la suntuosidad de un sonido tan generoso que por momentos parecía que estuviera amplificado, aunque obviamente no lo estuviera.
Pero además, Rabbath permitió disfrutar su disfrute, ver cómo se sonreía ante la levedad o el humor de una frase y cómo hacía cantar a aquel inmenso instrumento con la ternura de un niño. Sin embargo, todavía faltaba la cereza de la torta, con el “fuera de programa”.
Sin hacerse desear, agradeciendo el estruendoso aplauso de la sala y al primer requerimiento, un sonriente artista cómplice retomó el contrabajo y atacó una Sarabanda de una de las Suites de Juan Sebastián Bach para violonchelo. Fueron cinco minutos de magia, de íntima comunión con ese ejecutante cuya cara enrojecía de emoción a medida que fraseaba y crecía en intensidad el discurso.
Entre los aplausos, alguien escuchó a un miembro del público comentar: “A Bach no hay con qué darle” . Este cronista considera que ese espectador expresó llanamente una verdad axiomática.
La velada se cerró con la Sinfonía 35 “Haffner” (K.385) de Mozart. Thomas Herzog realizó un primer movimiento con gran carácter, por momentos quizás algo marcial. Pero es un Allegro con spirito, y el suizo no se anduvo con vueltas imprimiendo el tempo y la intensidad adecuados.
Algo similar puede decirse del enfoque con que abordó el Presto final. Lo más discutible, en cambio, ocurrió en los movimientos centrales. El Andante careció de sutilezas de fraseo y de mayor rango dinámico entre los pianissimos y los fortissimos, mientras que el Scherzo no tuvo contraste expresivo entre el tema y el Trio. Es que en ambos movimientos centrales, si hubiéramos tenido una perilla de volumen a nuestro alcance, habríamos bajado algunos decibeles.
En suma, nos encontramos con un enfoque excesivamente hercúleo de Mozart y con una respuesta obediente y correcta de la Filarmónica a los requerimientos algo inadecuados del ocasional dueño de la batuta.