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    A la vanguardia

    —Dos hechos me empujaron a un escenario. Llegó a Mercedes un catalán, Magín Pujado, y abrió el café Sarmiento; un sobrino suyo sabía música y me dio las primeras partituras: La morocha, El choclo y El porteñito. Y vino un transformista, Lopetti, que necesitaba un pianista barato y me contrató.

    Así relató sus inicios, apenas adolescente, el pianista, compositor, arreglador y director de orquesta Carlos Warren —nacido en la capital de Soriano el 11 de marzo de 1891 y fallecido en Montevideo el 21 de octubre de 1953—, hijo de un abogado, escritor, periodista y académico de nota, y de Rosa Mernies, quien le enseñó a tocar el piano desde niño.

    Aquel debut le reservaba una sorpresa: Lopetti le pidió una sinfonía. Como no sabía ninguna, arrancó con una florida versión de La morocha, esperando lo peor: —Al final hubo una estruendosa batahola que me asustó: en realidad era una ovación. El director del teatro me gritó: “¡Es por vos…!”. No lo podía creer; tuve que hacer dos bises y Lopetti se fue al camarín, rabioso...

    En 1908, Warren, pese a la oposición familiar, comenzó a tocar en cafés y casas de familia de Mercedes y al año siguiente se fugó con un amigo a Buenos Aires. Buceando con hambre en la noche porteña, logró, con su amigo y el violinista Pedro Aragón, armar un trío para tocar en La Glorieta, un modesto sitio frente al renombrado Armenonville, donde actuaba Roberto Firpo, una de sus grandes admiraciones: audaz, simpático, se hizo amigo del maestro y lo convenció de que le permitiera arreglar un par de sus temas, lo que hizo repetidamente más adelante. Pero su espíritu inquieto lo impulsó a regresar a Montevideo en 1914, para trabajar en el Petit Salón de la calle Andes, bajos del Moulin Rouge, junto a Ataliva Gallup y Minotto Di Cicco. Al año siguiente pasó al café Au bon marché, de Florida y Soriano, entonces con Félix Rodríguez en bandoneón y el violinista Padilla.

    Hubo un año clave: 1916. Conoció a Pascual Contursi —guitarrista y cantor— a quien acompañó en el estreno de Mi noche triste, precisamente en el Moulin Rouge, y a Juan “Pacho” Maglio, quien le presentó a Eduardo Arolas, habitué de estas tierras, con el que tocaría a partir de 1919 en Buenos Aires. Y un joven universitario, Gerardo Mattos Rodríguez, le entregó el original de La cumparsita —Minotto lo rechazó antes— “a ver si lo podía recomendar a Firpo”, recién llegado para presentarse en La Giralda. “Necesita arreglos”, pensó, aunque hizo el mandado.

    Y aquí viene esa parte de la historia que aún se discute; yo sigo aferrado a lo que, en ocasiones anteriores no tan lejanas, he dicho en estas columnas: los tangos ya se hacían en tres partes; La cumparsita tenía dos y eso llevó a Firpo a agregarle una tercera, para lo cual usó un tramo de una vieja obra suya, La gaucha Manuela, pidiéndole a Warren que hiciera el arreglo general.

    Y así se estrenó “el tango de los tangos” en 1917.

    Carlos Warren viajó otra vez a Buenos Aires convocado por Arolas a su grupo, para una gira por varias provincias. Más tarde tocaron en cabarés de Buenos Aires y retornaron a Uruguay para presentarse en el Hotel Carrasco y en el Parque Hotel. Al amanecer la década de 1920 disolvieron la orquesta sin afectar su amistad y para Warren se abrió una etapa casi alocada de actividad: tocó tango en Los Viernes Azules del cine Trianón, de 18 de Julio; dirigió una orquesta clásica durante unos meses; formó la primera agrupación de jazz de nuestro país; fundó la Asociación de Pianistas; rearmó su formación tanguera para el carnaval de 1924; se presentó en varias radios y hasta actuó, en 1938, en la película Soltero soy feliz, junto a Ramón Collazo, Alberto Vila y Mirta Reid.

    Como compositor prolífico, destacan sus obras Siga el tango —que con los años se convirtió en el candombe Siga el baile—, Por qué te quise, Compadrito, Marcelo, Alma de milonga y Qué me importa.

    Fue un vanguardista de calidad y uno de los mejores arregladores hasta hoy junto a otro uruguayo, Héctor María Artola. Y fue un hombre que vivió a pleno y con alegría. Lo demuestra esta breve anécdota:

    —Éramos pibes. Un día, en Buenos Aires, quisimos hablar con Canaro, que se estaba haciendo conocer. Fuimos al conventillo. Nos atendió el padre. “¿Está Pirincho?”, le preguntamos. “¡Acá no hay ningún Pirincho, acá vive el maestro Canaro!”. Pedimos disculpas y le dijimos si podíamos hablar con el maestro. Se dio vuelta, miró al fondo y gritó: —¡Pirincho, te buscan unos muchachos!

    Vida Cultural
    2017-02-09T00:00:00