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En el documental Tokyo-Ga (1985), de Wim Wenders, en determinado momento irrumpe su compatriota alemán Werner Herzog, algo desquiciado, y dice que el cine “ya no tiene imágenes puras”. Todo ha sido dicho. Todo se ha contaminado. Pero hace una excepción: el cine iraní. Herzog fue visionario, porque Irán efectivamente aportó al mundo audiovisual en los 80 una mirada fresca, desusada, y su principal autor fue Abbas Kiarostami, quien falleció en París el lunes 4, a los 76 años.
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Poeta, pintor, fotógrafo y publicista, Kiarostami había nacido en Teherán en 1940. Nunca fue fácil hacer cine en su país, pero él —y tantos otros reallizadores— igualmente se abrieron camino. Cuando existe tal voluntad, es muy difícil silenciarla. Sus películas resultan inconformistas, morosas y poéticas, ya sea que traten sobre la existencia desesperada de un hombre (El sabor de la cereza, 1997, Palma de Oro en Cannes), de un equipo de filmación que enfrenta dificultades para hacer una toma en exteriores (A través de los olivos, 1994) o de alguien que intenta infructuosamente hablar por celular desde un perdido pueblo (El viento nos llevará, 1999, Gran Premio del Jurado en Venecia).
Kiarostami fue un cineasta de cineastas. Abrió Herzog con los elogios y cerramos con uno de Jean-Luc Godard: “La cinematografía empieza con D.W. Griffith y termina con Abbas Kiarostami”.