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Mientras las canciones de McCartney siguen resonando desde el cemento del Centenario, abril tenía reservadas otras dos noches memorables: Lenine en el Auditorio Adela Reta, el jueves 26, y Pedro Aznar en el Teatro Solís el sábado 28, el mismo día en que José Serebrier abrió la temporada del Centro Cultural de Música en el Auditorio Nacional del Sodre.
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Como el beatle dos semanas atrás y salvando las obvias distancias de escala, el brasileño y el argentino presentaron su más reciente espectáculo y miraron cara a cara a un público conocedor de su obra, ese que identifica y saluda los temas apenas comienzan. Ambos hicieron cantar a la audiencia, encendieron en la platea ese fuego que arranca aplausos, gritos, ovaciones de pie y demostraron, sin alardes ni excentricidades, su condición de virtuosos multiinstrumentistas, incluyendo la voz como el más completo y expresivo instrumento.
El pernambucano revalidó los laureles conquistados en 2008, cuando arrasó Lapataia, pero ahora con el plan más tecnológico y minimalista de su flamante disco “Chão”, cuyo concepto se sostiene en su voz, sus guitarras bien al frente y dos músicos netamente contemporáneos que junto al bajo y a una segunda guitarra tejen una densa maraña arreglística urbana que combina grabaciones de sonidos típicos de calles y parques de una gran ciudad con bases digitales, sonidos sampleados, efectos de laptops, sintetizadores y pedaleras.
La deliberada ausencia de percusión tradicional —opción extraña en la MPB actua— cobra sentido en esta amalgama sónica que baja las revoluciones a los clásicos de Lenine, hermanados con los nuevos temas, todo formateado en clave “Chão”, aunque sin perder su identidad, como señoras que lucen sus trajes nuevos con la elegancia y la seguridad de quienes saben que imponen tendencia.
Muy lejos de aquel vanguardismo rotundo, Aznar ofreció un recital más clásico pero no menos conmovedor: solo con su imponente vozarrón, que viene de las tripas, alternó su bajo eléctrico natural con el piano o con las guitarras de cuerdas de nylon, de acero, Gibson o Fender Telecaster, cada una con un sonido ideal para cada estilo, desde la baguala y la zamba hasta el rock, que el argentino emparentó como “músicas que nacen del lamento ancestral del hombre, ya sea en África, en el Mississippi o en los Andes”.
Así, a solas con el teatro durante más de dos horas, recorrió con una serenidad admirable una treintena de piezas propias y ajenas, desde “Cuerpo y alma”, de Eduardo Mateo, hasta “Todo el amor que existe en esta vida”, de Cazuza. Como McCartney y Lenine, si hubiera seguido una hora más, nadie se hubiera quejado.