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    Abrió el salón del impuesto

    Sr. Director:

    Vieron que hay “Salón del Automóvil”, “Salón de la Moda”, “Salón Inmobiliario” y qué sé yo cuántos más?. Pues, también pasa algo similar con los impuestos. ¿No están aburridos de pagar siempre los mismos impuestos? ¿No les encantaría probar nuevos modelos?

    Cinve viene a satisfacer esas inclinaciones. Acaba de exponer una serie de cambios tributarios ( de última generación!): IVA personalizado, rediseño integral (sic) del Imesi, fase lift para el IRPF y modelos turbo para el Impuesto al Patrimonio, a las Herencias y para el IRAE. ¡Chiche!

    Es increíble que esto a nadie le parece mal. Los proponentes están fascinados con sus productos y los “consumidores” ni chistan.

    A nadie parece ocurrírsele que lo que debería haber es un Salón del Gasto. Damos por bueno que está bien que nos metan la mano en el bolsillo cada vez más (y de formas más complejas). Hasta nos tragamos las pastillas de los promotores del Salón del Impuesto sobre impuestos justos, finalistas, redistributivos y demás. Aceptamos sin cuestionar piezas de marketing, como aquélla de, “que pague más el que tiene más” o la otra de que el Estado tiene por finalidad redistribuir riqueza gravándola y que el impuesto es una herramienta para nivelar y distribuir.

    Tanta agua corrida bajo el puente y aún no captamos que el impuesto no es otra cosa que la extracción de riqueza generada por algunos, para destinar a fines supuestamente aprobados (democráticamente), por la ciudadanía. Fines que, por definición, sólo pueden apuntar al bien común y deben estar comprendidos en facultades constitucionales expresas.

    Es una extracción, punto. Lo de la justicia y la igualdad son espejismos. Para empezar, el impuesto, económicamente, no lo paga aquél que la ley designa como sujeto pasivo. Lo paga el que no puede trasladarlo, sea para adelante (precios), sea para atrás (insumos, incluyendo salarios).

    En segundo lugar, quién puede tener la suficiente información como para saber si es justo sacarle a Juan, que produce menos que Pedro, pero tiene seis hijos, uno de ellos muy enfermo… y compararlo con Luis que tiene problemas de abastecimiento por la guerra de Ucrania, mientras que Julio está a tiro de los precios argentinos, etc.etc.

    Nos animamos a zambullirnos en ese laberinto, pero no a pararnos frente al mundo del revés y exigir que se acote de una vez el manotazo al bolsillo. Que se considera una impertinencia, una falta de respeto mercadear modelos tributarios, en vez de mecanismos para terminar con el crecimiento del gasto público y su aplicación, sustancialmente, a destinos poco útiles y escasamente justificados.

    No reparamos en que cada tributo tiene, además de su impacto programado, efectos colaterales, tanto económicos como sociales. Para ir de mayor a menor, la carga tributaria total que soporta la sociedad uruguaya ejerce una fuerte presión negativa sobre la inversión. Otro caso, las supuestas maravillas justicieras del IRPF van unidas a un castigo del ahorro (y, por ende, de la inversión).

    Si, como ha ocurrido en nuestro país, la carga tributaria crece sostenidamente al mismo tiempo que los retornos provistos por el Estado (educación, seguridad, infraestructura, etc.), o bien están estancados o bien van para atrás, ¿no habrá que repensar un poco lo de la justicia redistributiva tributaria?

    Volvamos al manido eslogan de que pague más el que tiene más. Tan simple, tan fácil, tan atractivo. Nunca falla a la hora de proponer tasas diferenciales en impuestos como el de la renta y el patrimonio. Pero resulta que no se toman en cuenta factores obvios: ¿más de qué? ¿cuánto? Y ¿da lo mismo tener más y producir que menos y vivir del Estado? No se toma en cuenta que ese criterio está tan arraigado en nuestro país que todo tiene tasas diferenciales o suplementarias: la contribución inmobiliaria, los tributos municipales, los servicios públicos, etc., etc. y encima, como el retorno estatal suele ser deficiente, el que “paga más”, además, paga por la educación y la salud de sus hijos, por seguridad adicional y muchas cosas más.

    Por último, para incorporar al Salón del Impuesto, el único modelo tributario tolerable es el clásico de Jacques Necker, Ministro de Finanzas de Luis XVI: “el arte de tributar es como el de desplumar al ganso: tiene que hacerse con el menor griterío posible”.

    Organicemos el “Salón del Contribuyente Desplumado”

    Ignacio De Posadas