N° 1858 - 10 al 16 de Marzo de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa semana pasada el vicepresidente Raúl Sendic fue la figura pública con más exposición en los informativos de la TV. La causa de esta elevada exposición fue una nota publicada por “El Observador” el 24 de febrero (“El licenciado que no es”) y sus consecuencias posteriores. Durante años, Sendic había sido presentado como licenciado en genética humana (y en algún lugar se sostenía que se había graduado “con medalla de honor” o de oro). La nota indicaba que esa licenciatura no existe ni existía en Cuba; que Sendic no tenía título universitario; e incluía declaraciones del vicepresidente que reconocían esto último explícitamente.
Esta información desencadenó polémicas durante las dos semanas siguientes. Sendic se desdijo, sosteniendo que tenía una licenciatura y que iba a presentar la documentación del caso. Pero no la presentó y el lunes 7, en Rivera, dijo a la prensa que ese “era un tema cerrado”, coincidiendo con el presidente Tabaré Vázquez y con el Secretariado Ejecutivo del Frente Amplio.
Lo que “objetivamente” ocurrió: Sendic estudió Medicina en Cuba (ocho semestres en alguna versión, cinco años en otras), en principio con muy buenas calificaciones, y además habría tomado cursos sobre genética de un año de duración. Son estudios incompletos, que no culminaron en título alguno. La inexistencia de título no se reduciría a formalidades o trámites pendientes. El miércoles 2, el decano de la Facultad de Medicina de la Udelar, Fernando Tomasina, le dijo al vicepresidente que lo cursado en Cuba, según la documentación que había presentado para su reválida (para completar sus estudios en la Udelar), “a su entender” no acredita una licenciatura “ni por tiempo ni por temática”. (Búsqueda, 3 de marzo, pág. 5)
Esta síntesis es consistente con toda la información disponible aquí, excepto con alguna de las versiones del propio Sendic, y también con todo lo que se ha sabido desde Cuba, incluyendo las declaraciones de Mariela Rodríguez Mederos, directora de la Secretaría General de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana. “Objetivamente”, entonces, el tema del título académico estaría efectivamente cerrado. Sendic no es licenciado.
No es fácil entender por qué el vicepresidente se dejó entrampar en un asunto de esta naturaleza, con consecuencias políticas potencialmente considerables. Es posible que desde el principio pensara que el conjunto de sus estudios era más o menos equivalente a una licenciatura (y que los aspectos “formales” no le quitaran el sueño). Pero alguien usó el inexistente título académico para embellecer su currículum. Luego, el paso de los años tuvo dos consecuencias: primero, parecía cada vez más claro que nadie prestaba atención al tema. Segundo, enmendar el entuerto tenía un costo que crecía proporcionalmente con su carrera política. Si a nadie le importaba, entonces no tenía sentido enfrentar ese costo potencialmente alto y creciente por un asunto al parecer irrelevante.
Sin embargo, alguien sí prestó atención al tema y la nota de “El Observador” expuso la situación cuando Sendic ya había llegado a un punto descollante de su carrera política. El momento solo habría sido peor si hubiera sido candidato presidencial de su partido o si ya fuera presidente. Alguna clase de daño era inevitable. Tal vez habría podido ser minimizado o limitado si Sendic hubiera mantenido sus declaraciones a “El Observador”, ensayando alguna explicación de lo ocurrido (por ejemplo, en términos de las posibles “equivalencias” del conjunto de sus estudios) y hubiera pedido disculpas a propios y ajenos por no haber clarificado antes la situación. Pero el vicepresidente optó por un camino diferente: se retractó, entreveró la discusión y denunció (usando otras palabras) el equivalente de la vieja “embestida baguala”.
Hay algunas reglas basadas en la experiencia que son útiles para enfrentar crisis de esta naturaleza: identificar claramente el problema, no esquivar ni a los medios ni a los demás actores relevantes “y sobre todo transmitir una sola versión (…). En este caso (…) tanto él (Sendic) como su entorno han manejado muy mal la contingencia (…). En menos de 24 horas hubo tres versiones y por lo tanto el mensaje no es confiable y no da certeza” (Álvaro Amoretti en “El Observador”, lunes 7). En lugar de limitar los daños, la respuesta muy probablemente empeoró el problema.
Lo mismo puede decirse, pero agravado, de la reacción oficial del Frente Amplio. El sábado 5, el Plenario Nacional del Frente Amplio aprobó una declaración de cinco puntos (Asamblea Uruguay y el Nuevo Espacio se abstuvieron). Lo esencial está en el segundo punto: “Rechazar la campaña desplegada por la oposición y diferentes medios de comunicación destinada a menoscabar la imagen y credibilidad, tanto de integrantes de nuestro gobierno, como así también debilitar la institucionalidad democrática del país”. Esta versión muy extrema de “embestida baguala”, inverosímil para el grueso del público informado, ofendió inútilmente a medio mundo. A la oposición, como se ha visto en la prensa de los últimos días; a la Asociación de la Prensa Uruguaya, que el lunes 7 dijo que la reacción del Frente Amplio a esta polémica “ha sido cuestionar a los medios, al periodismo y lanzar una grave e infundada acusación: que se busca debilitar ‘la institucionalidad democrática’. Un planteo que la APU, reiteramos, rechaza”.
Lo esencial de la declaración del Plenario del Frente Amplio, a mi juicio, es insostenible. ¿Quién cree realmente que la oposición y “diferentes medios de comunicación” buscan “debilitar la institucionalidad democrática del país”? La lógica del argumento, aunque muy común en el discurso populista regional, también es insostenible: la oposición critica a X, pero la defensa oficialista no habla de X sino de las intenciones de la oposición (y eventualmente de su tenebrosa identidad). Como dice Rosario Touriño, sin embargo, las dos cosas pueden ser ciertas: la crítica de X y las intenciones de la oposición (“Brecha”, 4 de marzo, “Una cosa no quita la otra”). Desde una perspectiva diferente, y con distintas palabras, Gerardo Sotelo señaló exactamente lo mismo (“El País”, 3 de marzo, “El complot y la lógica”).
En todo esto no habría delitos del vicepresidente, y en parte por eso es posible que la simple negativa a debatir (del Frente Amplio, de Sendic) “cierre el tema”. Pero sus consecuencias políticas pueden ser muy significativas. Por un lado, lo dicho por el vicepresidente y el Frente Amplio solo atiende a los ya convencidos, fortaleciendo sus creencias, pero estos son un grupo más pequeño que el electorado efectivo del Frente Amplio. Dicen muy poco a los demás (los que deciden las elecciones), especialmente a los formadores de opinión, dentro o fuera del Frente Amplio, porque sus argumentos son insostenibles, sustantiva y lógicamente. Rebajan la calidad del debate político.
Por otra parte, esos argumentos pueden ser contraproducentes incluso para los activistas “de adentro”, la militancia del Frente Amplio, y no solamente para los astoristas. Según lo que “algunos referentes de la 711 (el grupo de Sendic)” dijeron a “Brecha” en privado, “la actitud de su líder los ha dejado ‘shockeados’ y hacen un mal pronóstico para su sector si es que ‘Raúl (Sendic) no puede demostrar su licenciatura…o lo que viene de Cuba no colma las expectativas’”. (“Dígame licenciado”, 26 de febrero).
Esta es la clase de problemas políticos que llevaron a Evo Morales a su primera derrota electoral.