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Escucho azorada por la radio a aquellos que quieren eliminar la repetición en las aulas. Por ejemplo, oigo el hablar pedante de un hombre ducho en posgrados, maestrías, asesorías, pero que jamás en la vida estuvo adentro de una clase con treinta chiquilines intentando aprender, entender, educarse.
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Me resulta curioso cómo individuos que no son profesores ni maestros del Uruguay del siglo XXI —el Uruguay que demográficamente crece en la periferia—, que nunca estuvieron frente a frente delante de un grupo de chicos con gorritos de Peñarol, celular fusionado a su mano y dificultades de lectoescritura extremas, se permitan el lujo de espetar al aire que la repetición genera frustración y estigmatización.
Lo que no saben los que nunca han pisado un aula es que muchos chiquilines que hoy tenemos en las clases anhelan aprender, pero no siempre lo logran. No es fácil: los adultos que han tenido alrededor (madres solas, padrastros sucesivos, abuelas), en su inmensa mayoría no les han leído un cuento por las noches. No les han regalado nunca un libro para Navidad. No han mirado juntos un globo terráqueo. No han observado las estrellas para adivinar sus nombres.
¿Y qué tal la alimentación? ¿Se habrán nutrido adecuadamente esas neuronas?
La sociedad uruguaya se ha deslizado por una pendiente cultural que abandonó el estudio, el esfuerzo, la ancestral acción humana de leer y escribir.
Las autoridades se llenan el pecho diciendo que han bajado los índices de repetición. Todos sabemos que lo que ha bajado es el índice de exigencia. Se exige menos. Padres, autoridades, legisladores, y también profesores y maestros.
Cuando un chiquilín ha tenido un mal año, cuando ha tenido una crisis familiar, existencial, sexual, a menudo el año escolar se le pasa delante de los ojos como un mal sueño. Pero felizmente, la humanidad está llena de resilientes. La repetición (a menudo con otros docentes, y ya con otros compañeros, y con un año más de madurez del chiquilín) es una instancia que da otra oportunidad en la vida. Muchos chicos la aprovechan, y el segundo año logran aquello que se les escurrió entre los dedos el año anterior.
Estos días está conmigo un matrimonio de profesores argentinos. Él trabajó en la Universidad del Litoral en la problemática de los bachilleres que ingresan a las Facultades sin saber nada. Desnudos intelectualmente, culturalmente. Problema feroz, que azota nuestros países. Para él, la cuestión no está en los “índices”, ni de repetición ni de deserción.
Está en la escasez de conocimientos de nuestros educandos. También la Argentina de Kirchner quiso eliminar la repetición aunque al final no salió. Pero secretamente bajaron la línea a los docentes: “Che… no dejes repetidor a nadie”.