Al maestro, con cariño

Al maestro, con cariño

Emma Sanguinetti

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Nº 2231 - 29 de Junio al 5 de Julio de 2023

Escribo estas líneas y todo sabe a poco. Las palabras se vuelven esquivas, se resisten, y esto es porque aspiro a honrar con ellas la vida de una figura que dejó una huella imborrable en generaciones enteras de amantes de la danza, en bailarines y en mí.

Hace poco más de un mes falleció el maestro Eduardo Ramírez (1938-2023), primer bailarín, coreógrafo, director y alma mater de nuestro viejo Cuerpo de Baile del Sodre (hoy BNS). Con él se fue mucho más que esta fría enumeración de hechos objetivos, porque Eduardo, el joven de 19 años que había llegado desde Argentina en 1957 tan solo por una temporada, se fue quedando, se enamoró de nuestro país y se comprometió como pocos con nuestra danza, con el Sodre, con el destino de los bailarines uruguayos y también con un sinnúmero de aquellos que no lo fuimos pero que tuvimos el honor de conocerlo, respetarlo y admirarlo.

Por aquel tiempo el Cuerpo de Baile del Sodre era una de las compañías más prestigiosos de la región. Había forjado su reputación gracias a la alternancia de coreógrafos franceses y rusos, figuras como Tamara Grigorieva, alumna del gran George Balanchine, o Roger Fenonjois, que fuera en los años 40 primer bailarín de la Ópera de París. Es así que, en este contexto de calidad y exigencia, el Sodre contrató al coreógrafo polaco Yurek Shabelewsky, que venía de dirigir el Teatro Argentino de La Plata y que no dudó en sugerir la incorporación de tres de sus jóvenes estrellas: Tito Barbón, Margaret Peggy Graham y Eduardo Ramírez.

Aquello fue un punto de inflexión que generó una ola de popularidad solo comparable a la de Julio Bocca en 2010. Tito y Peggy eran una pareja electrizante, y Eduardo, con su carisma sin igual, se convertía en cada temporada en el príncipe del repertorio clásico, junto con figuras como Rosario Hormaeche, Tola Leff y Olga Bérgolo. El viejo Estudio Auditorio se colmaba de público y lo mismo sucedía con las galas en el escenario del lago del parque Rodó y del parque Rivera. Eran los años 60…

Con los nuevos bríos el repertorio se volvió más amplio y diverso, sumando las coreografías de Tito Barbón y, ya bajo el mando de María Ruanova, obras neoclásicas como el Concierto de Mozart de Balanchine y otras de vertiente anglosajona como El combate, la obra más enérgica del coreógrafo americano William Dollar.

El sueño terminó el 18 de setiembre de 1971, cuando se incendió el Estudio Auditorio y el cuerpo estable quedó sin sala. El golpe de gracia lo dio la dictadura y, en el peor de los momentos, la actitud tenaz de Eduardo fue una luz en la tormenta. Asumió la responsabilidad de todo lo que la indiferencia se llevaba puesto; fue a un mismo tiempo bailarín, maestro de clase, coreógrafo, director, repositor y hasta como dijo él mismo: “Si tenía que lavar pisos, lavaba”. Tuvo el apoyo de otros bailarines, Alejandro Godoy, Sandra Giacosa, Mariel Odera, pero su tarea fue titánica y consiguió lo imposible, que se siguiera bailando, aunque no había vestuario ni decorados y los bailarines calentaban los pies con estufas a gas. Pude ver a Eduardo coser cintas en las zapatillas, ajustar tutús y hasta comprar flores para los tocados con dinero de su propio bolsillo. Y por supuesto, de más está decir, que tampoco había espectadores, pero igual se bailaba como si la platea estuviera a pleno.

Es que Eduardo había nacido para la danza, y el espectáculo —como solía decir— es un todo, no es solo bailar, por más que él podía bailarlo todo. El rigor de su formación le permitió ingresar a la compañía del Teatro de La Plata a los 17 años e incluso en 1958, cuando aún alternaba entre Montevideo y Buenos Aires, ganar el concurso para ingresar al Teatro Colón. No obstante, escogió quedarse en Uruguay y se dio el lujo de ser el partenaire de las bailarinas que él mismo había formado como es el caso de Sara Nieto. Sara llegó a su academia a los 11 años y la apoyó hasta verla triunfar en el Ballet Nacional de Santiago como primera bailarina. Sus inolvidables coreografías quedarán en la memoria de todos; su Romeo y Julieta, el Concierto de Aranjuez, su Toccata con música de Carlos Chávez o la inolvidable puesta de la Consagración de la primavera.

Tenía un especial don de mando, a medio camino entre lo draconiano y la ternura, pero en lo que era imbatible era en su prestancia escénica, la que se manifestaba tan solo con verlo caminar. Ya sesentón y con la cadera operada, podía detenerse a marcar un paso, mirar el espejo y sin que nadie lo esperara “robarse” cuatro piruetas perfectas. De él aprendí el valor de la disciplina y la autoexigencia, aquello de que, si estás decidido a hacer algo, siempre se puede hacer mejor. El ballet clásico tiene rigor militar y adquirirlo implica ser severo con uno mismo, por eso es a la vez una forma de cultura, hay que obedecer reglas, jerarquías y códigos de comportamiento. Eduardo era duro, sus comentarios eran ácidos y temidos, porque el ballet no es solo bailar, sino saber hasta dónde se puede llegar. Gracias, maestro, estarás eternamente en mi corazón.