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    Columnista de Búsqueda

    N° 1757 - 20 al 26 de Marzo de 2014

    Hace unos 30 o 40 años a ciertos intelectuales europeos abrumados por dolientes y profusas evidencias les empezaron a repugnar los campos de trabajos forzados, la persecución psiquiátrica de los disidentes, los fusilamientos, los encarcelamientos arbitrarios en la Unión Soviética, China y buena parte de la Europa del Este; en Cuba (donde esas poco filantrópicas faenas aun disfrutan de plena vigencia) y acuñaron la expresión “socialismo con rostro humano” con el propósito de desligarse de esas atrocidades sin por ello renunciar a la ciega fe en esa ideología atroz.

    Es así que surgió nuevamente lo que Lenin medio siglo antes había denominado la enfermedad infantil del comunismo, que no es otro que el “izquierdismo pequeño-burgués” cuyas premisa dominante es ir hacia el socialismo, la colectivización de los medios de producción, la negación de la propiedad privada y la extensión absoluta del poder del Estado en todos los órdenes de la vida. Llamaron “humana” a esa máscara del socialismo porque la violencia pensaban guardarla para más adelante, para cuando los propietarios se negaran al saqueo, para cuando los ciudadanos reclamaran respeto por los derechos personales y entera soberanía en su vida privada y, consecuentemente, se resistieran a ser salvados de los modos capitalistas de producción.

    Por esta castigada zona del mundo, y en especial, aquí, en este muy olvidado e insípido arrabal de la civilización moderna, todavía presta sugestión la fabula de la máscara y se cree que habrá que ir hacia el socialismo no a los tiros y con bombas, como se fue en Cuba o en la Unión Soviética, sino por un camino virtuoso, es decir, reservando la violencia para fases muy posteriores a esta de ahora, en la que el capitalismo es combatido por vía del envilecimiento de las relaciones laborales, por medio de la discrecionalidad abusiva del Estado para beneficiar empresas y empresarios, por el deterioro profundo de la educación, de las buenas costumbres sociales y de la moral pública.

    Semejante discurso es una falacia. Es sabido que el socialismo es solamente bueno para las termitas pero por definición es inhumano y no hay máscara que consiga disimular su verdadera faz desde el momento en que cuestiona la propiedad privada, desde el momento en que incluso se juramenta abolirla; el socialismo, con o sin rizos, es la negación ontológica de uno de los derechos naturales de la persona, tan inherente a su esencia como lo son el derecho a la vida y el derecho a la libertad.

    Nos cuenta Duby en el magnífico segundo tomo de su Historia de la vida privada (Taurus, Madrid, 2001) que el concepto de privacy en la Edad Media estaba dado por la barrera, por la cerca, “un signo de muy elevado valor jurídico del que por este motivo se trata con frecuencia en los reglamentos que regían la vida social. Podemos hacer referencia al título de la ley sálica, 34, I, ‘De los que rompen los cercados (saepes)’, o bien al de la ley de los Burgundios, 55 , 2 y 5, que dice así: ‘Si se quita o se destruye un mojón, si es un hombre libre (el causante), se le cortará la mano, y si es un esclavo, se le ejecutará’. Severidad, porque la paz no es de idéntica naturaleza de un lado y de otro de este límite; del lado exterior es pública, y del interior es privada. Lo mismo si se trata de lo que los textos de la época franca denominan lo cerrado (clausum) —la parcela plantada de cepas de vid— que del cercado (haia), o el coto (foresta) —la porción de la zona sin cultivar sometida a veda—, el espacio así delimitado se halla regido por un derecho diferente”.

    Para los socialistas, todos estos signos son agraviantes por cuanto definen singularidad, privacidad. En la Edad Media se asentó un celo que venía de antiguo por marcar en lo físico el campo de lo privado; algo que las revoluciones socialistas triunfantes abolieron con resentida alegría. Copio un fragmento de la página 37 donde Duby pondera y contextualiza el concepto de “corte”, que al parecer deriva de corral: “Esta palabra se deriva del latín, de curtis, que en su primer sentido es sinónimo de saepes y significa cercado (así en la ley de los Bávaros, 10, 15), pero un cercado particular, el que se levanta en torno de la vivienda. El lazo que une el corral y la vivienda es en efecto esencial, y ambos forman juntos la casa (case). Se advierte con toda claridad en un documento del siglo Xll: “Que vivan en paz en el interior de las casas y de los corrales, así como dentro de sus áreas legítimas (es decir, reconocidas por el derecho público, que viene precisamente a chocar con tales enclaves) llamadas en lengua vulgar Hofstatten (…) El recinto de esta cerca rechaza la violencia, la aleja del lugar en que se vive en estado de máxima vulnerabilidad, y la ley, la ley pública, común, es la que le garantiza a este espacio envolvente, a esta área (atriurn) ‘vulgarmente llamada corral’, según precisa la crónica de Hariulfo, una salvaguardia!”.

    Espero se entienda hasta qué grado de profundidad es perverso el socialismo.