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    Alba, la llamarada

    —Empecé a cantar espontáneamente. Mi hogar no era musical. Incluso, al principio no pensé que mi destino sería el tango. Las oportunidades vinieron a mí. Las cosas se fueron dando.

    Así analizó sus inicios Alba Solís —Ángela Herminia Lamberti Trapanase, nacida en Buenos Aires el 18 de octubre de 1927, única hija de un matrimonio de inmigrantes italianos— durante uno de tantos reportajes que dio en su vida. Los primeros años de esta cantante, actriz y vedete, transcurrieron en Floresta; luego la familia se mudó a Constitución y, tras la muerte de uno de los padres, regresó al barrio de sus inicios. Fue una prima varios años mayor que Alba quien la indujo a integrarse, con apenas cuatro años de edad, al elenco de la mítica Pandilla Marilyn, donde interpretó temas musicales y un radioteatro.

    —Siempre me mostré como soy. Y, ya adolescente, nunca anduve recorriendo escritorios ni mostrando las piernas, que bien lindas las tengo, che, para conseguir laburo.

    Muy jovencita, Alba Solís, una morocha histriónica de abundante cabellera ligeramente enrulada, atractivo cuerpo y un registro vocal ronco, grueso, dramático, en la línea de Aída Denis, comenzó a actuar en matinés de cine y cantó junto a Atiliano Ortega y Mario Amaya, ya impulsada por su primera mentora, Nelly Omar; fue cuando decidió estudiar canto con la lírica italiana María Nafti, quien perfeccionó mucho su estilo. A continuación, aquella voz atípica entre las mujeres del tango conquistó la radio: se inició en Splendid y luego pasó a Belgrano y El Mundo, en ciclos que, a partir de 1945, fueron un éxito esplendoroso. Después pasó a la revista porteña, en el teatro Comedia, donde cantó, actuó, fue vedete y bailó con Tito Lusiardo, compartiendo cartel nada menos que con Alicia Márquez y Nélida Roca. Integró los elencos de Tangolandia y Blum, dos éxitos de Enrique Santos Discépolo, con quien inició una inusual relación: —Me enamoré, sí. Por años. Pero fue como si él no se diera cuenta, pese a que Tania, Dios la tenga en la gloria, le tiraba la chancleta seguido. Al final terminamos como íntimos amigos. Estuve en su casa, con la mujer y el médico, a su lado, la tarde de su muerte. Y… fue terrible.

    A raíz de esta peripecia amorosa frustrada, surgió un debate: una de las corrientes de opinión sugiere que el autor de Tormenta escuchó por primera vez el tango que, ya muy enfermo, le escribió Homero Manzi con música de Troilo, Discepolín, cantando por Alba Solís en el cabaré El Colonial; la otra, que me transmitió en una nota el actor ya fallecido Osvaldo Miranda, asegura que Discépolo organizó un almuerzo porque “el barbeta y el gordo me traen una sorpresa”: y esta fue que el propio Manzi, que sí tenía su salud muy comprometida, tarareó los versos del tango mientras Troilo les ponía su música incomparable. Quién sabe. Yo le creí entonces, y aún lo hago, a Miranda, que fue íntimo amigo de los otros tres.

    Cierto día, en otro reportaje, la cantante jugó con picardía acerca de lo que se decía de su vida privada: —Doy una imagen que no es. Si te digo cuando fue mi primera vez te vas a reír: a los veinticinco y con libreta. Ah, después me puse al día. Había que recuperar el tiempo perdido. Soy tana, pero no abstemia.

    Alba Solís estuvo casada con René Jolivet, quien murió trágicamente en 1997, y no tuvo hijos.

    Se mantuvo activa hasta los 80 años: protagonizó Buenos Aires le canta al mundo, con Mariano Mores, Ubaldo Martínez y los bailarines Mayoral y María Elena; fue vocalista en 1973 de Francini y Pontier, que volvieron a unirse para una gira por Japón; se presentó en Broadway junto a Violeta Rivas con Tango Argentino; trabajó con regularidad en El Viejo Almacén y Caño 14, fue vocalista de Mariano Mores y filmó las películas Maleficio (con Narciso Ibáñez Menta), Escándalo nocturno, De turno con la muerte, Estrellas de Buenos Aires, Luna Park, La cigarra está que arde y la legendaria Carne.

    Alba Solís murió a los 88 años el 3 de febrero de este año. Su féretro estuvo varios días sin que nadie lo reclamara. No tenía familia; sus escasas amigas, gente humilde de pocos recursos. El penoso asunto lo resolvió la Asociación de Intérpretes.

    Al cumplir 79 años le preguntaron si era puro instinto cuando actuaba:

    —Siempre estoy al borde, en el filo. Me paro un poco allá, y soy un macho; un poco más acá y soy un puto. Es así. Algunos tangos no los podés cantar como una mina, es el punto de vista total del tipo. Y como no solo hay que cantar, también tenés que actuar.