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    Alejandro Atchugarry (II)

    Sr. Director:

    El domingo 19 se fue para siempre Alejandro Atchugarry.

    En las pocas y casi privadas horas que hubo para expresar el dolor y la tristeza que causó su muerte recurrentemente se escucharon los conceptos de héroe y patriota.

    Las palabras, como los engranajes, de tanto utilizarlas se van gastando. ¿Héroe? ¿Patriota?

    Atchugarry entró en la política porque en el Uruguay hubo un golpe de Estado, si no, jamás lo hubiera hecho. Entregó a su país 25 años de vida: de 1980 a 2005.

    Cuando parecía que todo se venía abajo en 2002, de agosto a mayo de 2003 no entró un dólar al país diría después, cuando la desocupación había trepado a 20%; miles de trabajadores bancarios perdieron su empleo y todo lo demás que sabemos, aceptó timonear en medio de un océano cuyas olas presagiaban el naufragio.

    Atchugarry era un excelente padre. Su currículum empezaba con ese título antes de los cargos oficiales o estudios personales. Recién había enviudado de su entrañable y nunca por él olvidada esposa, cuando el presidente Batlle le encomendó conducir el país en una de las más graves crisis de la historia. Atchugarry —que solo fue flaco con él mismo—, además de duplicarse para con sus tres hijos, asumió la conducta de “buen padre de familia” que estipula el Código, fórmula nunca mejor aplicada a la responsabilidad que tuvo para con tres millones de uruguayos.

    Su optimismo biológico y su confianza en la sociedad uruguaya impidieron que le pusieran ruedas al BROU. Algún día la historia dirá que la decisión aceptada por los uruguayos de salir solos de aquella debacle fue una reafirmación de país como un 13 de abril de 1813 lo fueron las Instrucciones.

    Él decía que fue el sistema político y social uruguayo el que lideró esa salida. Y en su modestia autodesdibujaba su liderazgo de persuasión, no de imposición, que lo llevó a golpear más de una vez todas las puertas partidarias en búsqueda de una salida unida, cuya amortización quedó programada hasta 2013 y cumplida a cabalidad por administraciones posteriores.

    ¿Héroe? Los tiempos cambian y las características para destacar a las personas también. Un héroe de nuestro tiempo necesariamente lo es en el terreno civil, republicano, que en su caso se tradujo en vocación de servicio, en vivir un cuarto de siglo para la política más que para el partidismo, en vivir para la política, no de la política.

    ¿Patriota? Se decía de la persona que amaba a su país, a su gente, y se esforzaba por lograr su bien. La mejor prueba en su caso es la admiración con que los unos y los otros se referían a Atchugarry en vida. Y la tristeza con que lo hacen a la hora de su muerte.

    Su austeridad republicana, que no afecte a los programas sociales o educativos, como decía, pero que al mismo tiempo genere condiciones para el crecimiento, sumado a las necesarias precauciones en la adopción de medidas económicas, es uno de los legados que el país debería asumir.

    En aspectos familiares, las palabras de su hijo Gastón, dolorido como todo hijo que despide por última vez a su padre, complementan una vida dedicada a los demás: “no hay queja”, dijo en un reconocimiento sentido pero justo.

    Hugo Machín

    CI 1.312.624-1