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Los estadounidenses, sostuvo José Enrique Rodó en “Ariel”, carecían de tradiciones profundas. En ese aspecto no se les podía comparar con los pueblos latinos. ¿Qué podía poner sobre el platillo de la balanza el yanki si al latino lo respaldaban “treinta siglos de evolución presididos por la dignidad del espíritu clásico y del espíritu cristiano”?
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Ebrio por la lógica de su pluma, Rodó hablaba de los puritanos como si no fuesen cristianos. No había, detrás de este grueso y grosero error, mero desconocimiento de causa sino que simplemente nula voluntad de acercarse a la verdad. Pero no solo eso: es inexplicable que habiendo leído tanto sobre el tema, Rodó no conociese lo escrito por Domingo Sarmiento o por su propio compatriota José Pedro Varela, quienes nunca se cansaron de enumerar los muchos aportes estadounidenses al avance técnico y científico del mundo. Es más, los impulsores de la educación popular en el Río de la Plata fueron directamente ignorados por Rodó, pues los puntos de vista de ambos destrozaban sin piedad el flechado y simplificador esquema de razonamiento expuesto en “Ariel”.
El catolicismo ultramontano y tridentino de Rodó lo indispuso contra los hijos de la Reforma al grado de llegar a escribir que nada rescatable se podía esperar del puritanismo, el cual, según él, combatía a fuego todo tipo de belleza y alegría.
Ya fatalmente perdido en sus nieblas mentales, Rodó sostuvo que los puritanos eran “la secta triste (sic) que, imponiendo su espíritu desde el Parlamento inglés, mandó extinguir las fiestas que manifestasen alegría y segar los árboles que diesen flores”.
Indispuesto visceralmente contra el protestantismo, el escritor uruguayo insistió en su exótico planteo: “La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero. Menosprecia todo ejercicio del pensamiento que prescinda de una inmediata finalidad, por vano e infecundo. No le lleva a la ciencia un desinteresado anhelo de verdad, ni se ha manifestado ningún caso capaz de amarla por sí misma. La investigación no es para él sino el antecedente de la aplicación utilitaria”.
El yanki era pues una pobre y triste máquina deshumanizada. Una sociedad de hombres prácticos, fanáticos perseguidores del bienestar material como único fin en sí, despreocupados de las consecuencias negativas que el “rasero nivelador” de la democracia pudiese tener para la vida espiritual de la nación, se había fabricado un sistema educacional adaptado a sus míseras ambiciones.
Nada más lejano podemos encontrar en el mundo cultural decimonónico rioplatense (el autor de “Ariel” pertenecía a él) que un Rodó de un Sarmiento y un Varela, quienes en Estados Unidos habían descubierto la solución a los graves problemas de la secularmente atrasada América hispana. Mientras estos dos propulsores de la educación popular intentaron trasplantar el sistema educativo norteamericano a Argentina y Uruguay, incluso importando maestras estadounidenses, Rodó lo condenó, pues la educación popular, universal y democrática ahogaba, según él, a las “superioridades que ambicionen erguirse sobre la general mediocridad”.
¿Qué habían logrado los estadounidenses con su “porfiada guerra a la ignorancia”? Según Rodó, solo una “semi-cultura universal y una profunda languidez de la alta cultura”. En otras palabras: chatura, medianía, grisedad. Por eso, sentenció el autor de “Ariel”, en una sociedad como la norteamericana “no surgirán jamás ni la santidad, ni el heroísmo”.
En resumen: Estados Unidos no tenía nada trascendental para ofrecerle al mundo. ¿Y cómo podría ser de otra forma, siendo los estadounidenses un pobre pueblo de mediocres? ¿A qué otras cosas podrían aspirar que no fuesen logros prácticos? ¿Dónde podrían llegar con su modesta fórmula “Washington más Edison”?
Frente a los embates del eternamente embrutecido Calibán, “Ariel” resurgía incansablemente, como un Ave Fénix. Tenía, este espíritu alado, la misión histórica de pulir a ese bruto inacabado, de hacer de Calibán un ser humano completo, de enseñarle a dejar por un momento el taller, la herramienta, el arado y los quehaceres en la Bolsa para dedicarse, finalmente, al ocio creador de la Grecia clásica. Ese era el deber civilizador de América Latina: completar al estadounidense y hacer de él un hombre pleno.
El éxito contundente de “Ariel”, primer best seller de la literatura latinoamericana, nos da la idea de cuál era el sentimiento dominante en las clases letradas del continente, de cuál era su imagen de los Estados Unidos y de su modelo de vida. Aceptando los postulados de Ariel, el latinoamericano pensante, el latinoamericano lector, el latinoamericano interesado en la cosa pública, en la historia y en la cultura, había aceptado el papel subordinado de América Latina; su debilidad congénita y la superioridad de la República del norte.
Con Groussac, con Darío y con Rodó el resentimiento se impuso definitivamente como herramienta de juicio en las relaciones interamericanas. Era, viéndolo con amplitud mental, el reconocimiento de la derrota.