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No hay un guión propiamente dicho pero sí una historia de amor, y de un amor muy particular: el que siente Julia Brian, un transexual sexagenario, por Ignacio González, un septuagenario ex obrero de la construcción. Dos seres que tuvieron una vida áspera, solitaria, difícil; dos seres pequeños para la sociedad, casi invisibles; dos seres que el poeta y músico Eduardo Darnauchans hubiese definido como “desconsolados”.
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Julia trabajaba como limpiadora en el prostíbulo “Hiroshima” junto a otras “mariquitas”, como ella misma recuerda mostrando una foto. Ignacio debió luchar con su alcoholismo durante gran parte de su vida, aunque su peor problema siempre fue sentirse arrojado al mundo como si alguien hubiese tirado una piedra, un cascote perdido sin nadie al lado para querer y ser querido.
Los dos desconsolados se conocieron en una plaza y decidieron vivir juntos. Y así, gracias al disparador formal de un casamiento, nació la historia que el documentalista Aldo Garay (Montevideo, 1969) se propuso filmar (con ayuda del material “Mi gringa, retrato inconcluso”, que el propio realizador había rodado años atrás), sin aspavientos ni revelaciones, solo con el transcurrir diario de dos personas que se empeñaron en combatir la infelicidad.
El director coloca su cámara y registra a Julia e Ignacio en su casa, tomando mate junto a los perros y el canarito; o un viaje de la pareja en ómnibus con el aditivo de disfrutar de un acordeonista; o cuando almuerzan en una bella plaza como la Zabala.
También hay momentos resignados, como las frecuentes diálisis a que debe someterse Julia en el siempre crepuscular Hospital de Clínicas, una locación donde algún día se rodará el gran thriller uruguayo. Con excepción de una mudanza que mejora la condición de vida de la pareja, llevándola de una vivienda penosa a otra digna, es poco más lo que tienen para disfrutar que no sea el cariño que se profesan mutuamente y el que les demuestran a sus animales.
Garay es un competente documentalista (“Bichuchi, la vida de Alfredo Evangelista”, “El círculo”) y sabe que las imágenes esenciales descansan, más que en la información que se pueda brindar sobre los personajes, en un momento de verdad espontánea, como la breve discusión a la hora de instalar un mueble, un humilde festejo de cumpleaños o la ayuda prestada al otro en el sencillo acto de rasurarse la barba.
Una obra alcanza su cometido cuando llega a la meta que se propone. Garay se propuso registrar con parsimonia y sensibilidad la vida de estas almas que tuvieron la suerte de encontrarse. Y lo logra con sobrada eficacia.