El silencio de los buenos. Con mucho dolor concurrí hace poco al Cementerio del Norte a despedir a un amigo, quien había optado por la cremación.
El silencio de los buenos. Con mucho dolor concurrí hace poco al Cementerio del Norte a despedir a un amigo, quien había optado por la cremación.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa muerte, sobre todo la de un ser muy cercano, además de tristeza, siempre produce una especie de angustia, de no resignación y hasta de sensación de injusticia con todas las reflexiones que se suscitan en momentos como este.
A todas esas sensaciones se agregaron las de desolación, malestar y rebeldía a poco de acercarme al edificio contiguo al horno crematorio.
Una flecha pintada a mano sobre la pared raída y enmohecida con la palabra oficina y a los pocos metros una puerta con la misma palabra peor pintada que la anterior.
La “oficina” consistía en un recinto de no más de veinte metros cuadrados con piso embaldosado empapado, al que le faltaban varias baldosas. Las paredes despintadas y manchadas, un banco de madera y un escritorio de metal totalmente oxidado sin ninguna silla que por lo menos disimulara el hecho de que no se utilizaba. Dos cables colgaban del alto techo, uno terminaba en una lámpara de ”bajo consumo” y el otro simplemente en un portalámparas. Parecía estar viendo una de esas películas italianas de posguerra en las que todo era miseria y desolación.
Observando ese cuadro lúgubre, tuve la sensación de que los que trabajan ahí nos estuvieran diciendo que con la tristeza de la muerte no alcanzaba; que había que agregarle algo más.
Nunca estuve muy de acuerdo con los cementerios privados porque pensaba que si había algo igualitario, era la muerte y que no había por qué hacer resaltar en esos momentos las diferencias sociales y económicas. Sin embargo, luego de la vivencia que describo, tal vez tengan su razón de ser por lo indigno y hasta falto de respeto que me resultó este espectáculo.
¿Cómo es posible que exista eso en nuestro país? Creo que independientemente de la responsabilidad que les corresponda a las autoridades, desde la propia intendenta para abajo, ese estado de cosas trasciende al gobierno y a los partidos políticos. Es la propia sociedad o por lo menos una parte de ella la que está mostrando su decadencia, la que no tiene más referencias, la que no siente el más mínimo amor por su trabajo y a la que ya no le importa ni siquiera el lugar donde pasa la mayor parte de su vida. ¿Cómo a los funcionarios que están todo el día allí, en un ambiente de por sí lúgubre, no se les ocurre mandar pintar un cartel un poco más digno, secar el piso y tal vez entre todos comprar un poco de cal y blanquear las paredes? Aunque no sea por respeto a los que concurren a ese lugar, ¿cómo no son capaces de hacerlo por respeto a ellos mismos?
Por cierto que esta realidad no solamente alcanza los cementerios, sino que se repite en toda la ciudad: pozos en las calles, veredas rotas, basura y escuelas, cárceles y hospitales destruidos.
Lo más grave es el peligro de que todos nos estemos acostumbrando y que perdamos la capacidad de asombro y de rebeldía.
Creo sinceramente que sería necesaria una “revolución” mental en la cual la sociedad civil tomara conciencia colectiva de que para lograr el desarrollo son necesarios sentido de responsabilidad, de ética, de amor al trabajo, de afán de superación y que, en conjunto, se organizara para “gritar” a voz en cuello su disconformidad. No nos olvidemos de que nosotros somos la verdadera causa y que los políticos apenas su efecto. En ese sentido me parece oportuno recordar a Martin Luther King: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más preocupa es el silencio de los buenos”.
Ing. Quím. Rodolfo Schaich
CI 555.942-6