En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Las usaron, las humillaron, las maltrataron, pero a veces también las amaron. Ellas fueron las novias, amantes o esposas de Stalin, Hitler, Mussolini o Franco. A algunas el vínculo con el déspota las llevó a la locura y el suicidio, pero otras adoraron el poder y se hicieron inmunes al horror. Sobre ellas trata Dictadoras. Las mujeres de los hombres más despiadados de la historia (Sudamericana, 2013), de la periodista y escritora Rosa Montero. El libro surgió de una serie de documentales televisivos que Montero condujo y que se transmitieron por el canal argentino Todo Noticias.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Como un cuento de “terror gótico” califica la periodista a la historia de Stalin. La primera página del horror que vivieron sus mujeres comenzó en 1906 con Kato Svanidze, hermana de un compañero de estudios. Ella tenía 20 años, estaba lejos de las creencias revolucionarias, pero se deslumbró con Stalin. Con él se casó y tuvo un hijo, Jacob. Ella terminó semiabandonada en un pueblo de Rusia y murió de frío. Muchos años después, Jacob se suicidó en un campo de concentración nazi, despreciado por su padre, quien consideraba que se había dejado capturar y por lo tanto era un traidor.
Su segundo matrimonio también terminó en tragedia. En 1919 se casó con Nadia, su mecanógrafa, con quien tuvo dos hijos: Vasili y Svetlana. Cuando pasaron a vivir en el Kremlin, Nadia no pudo soportar el “desaforado culto a la personalidad” de su marido y se suicidó con un tiro en el pecho. Nadie del entorno de Stalin se atrevió a despertarlo para decirle que su mujer se había matado. Esos terrores familiares eran solo un eco del infierno en el que había sumergido a la URSS. Como tantos compatriotas, las hermanas y hermanos de Nadia comenzaron a desaparecer. “¿Por qué iba quedando vacía nuestra casa? ¿Adónde se habían metido todos? (...) Los hombres desaparecían como sombras”, escribió Svetlana en su libro “Mi padre y yo”.
Para Montero, la vida de Hitler se podría comparar con una “ópera ensangrentada de Wagner”. Fue un misógino que estudiaba a la mujer como material de laboratorio. “¿Sabes que el público de un circo es exactamente como una mujer? Quien no comprenda el carácter intrínsecamente femenino de las masas jamás será un orador eficaz”, le dijo en una ocasión a un amigo.
A él le atraían jóvenes, bien jóvenes, como lo fue Geli Raubal, su sobrina. “Ella era el adorno de su casa y las delicias de sus horas de ocio; su compañera y su prisionera”, dice Robert Payne en su libro “Vida y muerte de Adolf Hitler”. Geli terminó atrapada, siempre vigilada, sola con su tío psicópata. Cuando pudo, se mató con un tiro en el corazón.
Y las mujeres siguieron disparándose por Hitler. Unity Mitford, una británica de 21 años, fervorosa fascista, se presentó ante él con la loca idea de que Alemania e Inglaterra podían ser “socios” contra los judíos. Hitler le regaló una pistola y ella la usó para dispararse en la sien derecha. No murió, pero se destrozó el cerebro. Más famosa fue su historia con Eva Braun, con quien se casó en el búnker, cuando el Tercer Reich se hundía. Y allí también se suicidaron juntos, pero Eva ya había intentado matarse dos veces, con una pistola y con somníferos.
Para Mussolini el papel de la mujer estaba claro: “cuidar la casa, tener niños y llevar los cuernos”. Y eso de “los cuernos” lo supieron muy bien sus esposas, porque se calcula que por la cama o el despacho del Duce pasaron unas seiscientas mujeres. “He llegado a tener cuatro mujeres cada noche”, decía orgulloso. Se casó con Ida Irene Dalser, madre de Benito Albino, que murió en un manicomio. Después con Rachele Guidi, con quien tuvo cinco hijos. Su amante “oficial” durante 18 años fue Margherita Sarfatti, y la “amante total”, Claretta Petacci, quien lo siguió hasta la muerte. Ambos terminaron colgados y ajusticiados por la muchedumbre furiosa.
Si lo de Mussolini fue “una opereta bufa”, al decir de Montero, lo de Franco fue un “sainete”. Para el historiador Juan Carlos Losada, “era un tipo aburrido, peligrosamente aburrido y gris en todo, incluso en el tema del amor y las mujeres”. En 1917 conoció a Carmen Polo, que tenía 15 años y era estudiante en un colegio de monjas. Se casaron cuando ella tenía 21 y él 30, vivieron siempre juntos y fue su única mujer. Carmen tenía la apariencia de una creyente sobria y sumisa, pero tuvo mucho poder sobre Franco y apoyaba sus formas de represión. Los críticos del régimen decían que era una “urraca”, que acaparaba todo, desde joyas hasta bombones. Después la historia la olvidó.
Dictadoras, un título no muy feliz para englobar a todas estas mujeres, se lee con la agilidad de un libreto televisivo. “Es como meterse en la puerta de atrás de las dictaduras”, dice Montero. Y es ese su más terrible y seductor atractivo.