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    Aniversario de la creación del Estado de Israel

    Sr. Director:

    Con motivo de celebrarse esta semana un nuevo aniversario de la creación del Estado de Israel en 1948 quisiera compartir algunas consideraciones acerca de aquel hecho histórico no solo vigente, sino pujante; porque debemos reconocer que, por lo menos durante los primeros 25 años, la existencia física del nuevo Estado estuvo en duda. Israel enfrentó guerras de exterminio (tal era la consigna de sus enemigos) en 1948, en 1956, en 1967 y en 1973. Tanto la guerra de “liberación” de 1948 como la de Iom Kipur en 1973 supusieron una amenaza real que Israel debió revertir con apoyos varios pero sobre todo a un costo en vidas demasiado caro. Es por ello que el Día de la Independencia en Israel se celebra cuando finaliza el Día de Recuerdo de los Caídos (en las guerras y en atentados terroristas). El regocijo surge desde el recogimiento y el recuerdo, una característica muy judía que el nuevo Estado recogió.

    La existencia del Estado de Israel está cuestionada por sus enemigos, pero asegurada por su desarrollo económico, tecnológico y por supuesto militar. El crecimiento demográfico exponencial de Israel de 600.000 judíos en 1948 a más de 6,5 millones hoy (y creciendo) no es una mera operación aritmética: multiplicar por 10 una población, sumada a los otros pueblos, etnias y religiones que lo habitan, es asumir un Estado con un potencial y una potencia incuestionables. Detrás de los datos estadísticos subyace una dinámica histórica, una transformación económica y una acertada visión de fortalezas y debilidades, amenazas y oportunidades.

    A diferencia de sus enemigos jurados, los líderes de Israel, cualquiera de ellos en la circunstancia histórica que sea, supieron aprovechar todas las oportunidades que brindaron las coyunturas históricas: desde la aceptación del Plan de Partición de la ONU en 1947, las reparaciones de Alemania por los crímenes del holocausto, el Tratado de Paz con Egipto en 1979, con Jordania en 1994 y los recientes acuerdos de Abraham en 2020, por citar solo algunos. Al mismo tiempo, los sucesivos gobiernos de Israel no cejaron en el empeño de solucionar anomalías y conflictos que afectan a todos los habitantes de la región: los ofrecimientos de Barak en 2000 y Olmert en 2007 naufragaron a manos de los líderes palestinos de turno. En el comienzo de este milenio se desató la denominada 2ª Intifada dentro de Israel con resultados devastadores en vidas y consecuencias sociales, históricas, y geopolíticas.

    Mientras tanto, Israel a sus 74 años crece: su economía no se detiene, exporta tanto tecnología como ficción (Fauda, Shtisel) y sobre todo talentos a todo el mundo. Su sociedad es plural: Israel es el Estado judío pero alberga más de 2 millones de árabes (musulmanes y cristianos), drusos, beduinos y últimamente otras minorías: tailandeses, filipinos, sudaneses. Los judíos de Israel hoy son un crisol de orígenes como ningún padre fundador pudo imaginar: laicos y religiosos, ortodoxos y ultraortodoxos, askenazíes y sefaradíes, rusos, etíopes, y en cada grupo sus propias divisiones. Son mucho más que las 12 tribus originales de Israel. Este fenómeno trae consigo no pocos conflictos, temas una y otra vez postergados (típicamente, la relación entre religión y Estado); pero al mismo tiempo la naturaleza del régimen parlamentario israelí no solo asegura que se escuchen las voces de las minorías, sino que estas tengan su fuerza política en la Kneset, el Parlamento israelí. Basta ver la actual coalición de gobierno, su composición y su aparente fragilidad.

    Los acuerdos de Abraham parecieron poner en segundo plano la narrativa palestina en torno a su Nakba, al Estado que siempre rechazaron, y a su condición de eternos refugiados bajo la protección de la UNWRA. Uno hubiera supuesto que aprovecharían la coyuntura para sumarse a las soluciones en lugar de ahondar en los problemas. Una vez más, no ha sido así: la ola de atentados a civiles del último mes, así como la tenaz persistencia en lanzar misiles desde Gaza, demuestra que nada ha cambiado. El recurso de la narrativa palestina ha sido hacer suya la narrativa original sionista: la necesidad de un Estado como refugio y soberanía. Es más, la narrativa palestina se ha apropiado de la opinión pública mundial. El sionismo lo consiguió durante un brevísimo período posterior al holocausto judío y mientras Israel fue más vulnerable. La diferencia sustancial es que si bien como consecuencia de guerras Israel agrandó su territorio tornándose más viable y seguro, su intención fundacional no fue nunca a costa de otros pueblos, sino a su lado. Citando a la Dra. Einat Wilf, “El Sionismo es un movimiento de liberación nacional de un pueblo indígena volviendo a su hogar que no buscó el desplazamiento de la población local”. La misma autora ha demostrado como el “derecho al retorno” reclamado por los palestinos no es otra cosa que la desaparición de Israel como Estado.

    En su obra Estados Unidos: la historia Paul Johnson plantea tres preguntas en relación con ese país: “¿Puede una nación sobreponerse a las injusticias que marcaron sus orígenes y, merced a su decisión y empeño moral, repararlas? ¿Es posible mezclar con éxito los ideales y el altruismo con la ambición, sin las cuales es imposible crear una sociedad dinámica? ¿Han demostrado realmente ser ejemplares para la humanidad?”. En el caso de Israel, las discutibles “injusticias” de su creación son consecuencia de la injusticia milenaria de su destierro, su persecución, y su cuasiexterminio durante 18 siglos. Aun así, el empeño moral de Israel, que surge de su texto fundacional, La Biblia (“Y seréis para Mí un reino de sacerdotes y un pueblo santo”, Éxodo 19:6), y es puesto a prueba una y otra vez, está largamente probado. Ha sido demostrado que es posible mezclar ideales con pragmatismo creando una sociedad dinámica como pocas en el mundo. La ejemplaridad a la que alude Johnson, por último, es una tarea de perseverancia. Aun con tropiezos y excepciones, Israel está embarcado en ella: conciliar valores éticos con seguridad nacional no ha probado ser tarea sencilla a lo largo de la historia de la humanidad, y en ese sentido Israel no solo hace denodados esfuerzos, sino que estos son en general exitosos.

    En el seno de la comunidad judía uruguaya se perpetúa la memoria al tiempo que se celebran los logros y las oportunidades. La semana pasada se conmemoró Iom Hashoá en memoria de los millones de judíos asesinados por el régimen nazi en la II Guerra Mundial. Esta semana celebramos la creación del Estado de Israel: la recuperación, después de dos milenios, de la soberanía nacional en nuestra tierra ancestral. A veces es útil, por inabarcable que sea, poner en perspectiva este acontecimiento. En especial, cuando el sionismo e Israel han sido manipulados de modo de adjudicarles desvalores y vicios que le son absolutamente ajenos.

    Ianai Silberstein