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Todo comenzó con un aviso en el diario: “Si usted tiene más de 80 años y quiere contarnos su historia, llámenos”. Entonces los octogenarios comenzaron a llamar. Fueron tantos, que las realizadoras Adriana Loeff y Claudia Abend decidieron citarlos de a uno en un teatro vacío y filmar las entrevistas. Así tuvieron un conjunto de relatos que no sabían hacia dónde las llevarían. Hasta que apareció Aldo y su historia de amor y desamor con Gabriela.
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La flor de la vida es la segunda realización conjunta de Loeff y Abend, quienes habían debutado en la codirección con Hit (2008). Ahora regresaron con otro documental que recibió el Premio Especial del Jurado en el festival É Tudo Verdade (San Pablo-Río de Janeiro) y el Premio del Público en el Festival de Málaga.
Aldo Macor es italiano, nació en 1928 y en su vida tuvo varios trabajos. Vivió durante muchos años en Venezuela, donde conoció a Gabriela Pelissero. Ambos se enamoraron, se casaron, tuvieron tres hijos y varios nietos. Un día terminaron en Montevideo. Un día se separaron.
Ocurrió después de casi 50 años de matrimonio y la decisión la tomó Gabriela, que estaba cansada. Porque este hombre —un gran hallazgo como protagonista de la película— es gracioso y expansivo, al mismo tiempo que soberbio y prepotente. Un incordio difícil de soportar en el hogar.
La trayectoria de la pareja se convirtió en el centro de la película, más aún cuando Aldo les mostró a las realizadoras horas y horas de filmación que fue haciendo durante su vida. Entonces esas viejas imágenes de una época feliz se intercalan en La flor de la vida con el presente: dos octogenarios que tratan de salir adelante. Solos.
El documental también intercala testimonios de otros entrevistados que reflexionan sobre la vejez. Una señora ve la silla, se sienta y dice que no sabe si se podrá volver a parar; un señor dice que cada año de casado es mejor que el anterior, y su esposa muy seria le replica que no todo es tan fácil ni agradable. El peluquero le dice a Aldo que las canas endurecen el pelo. “Menos mal que algo sigue duro después de los 80”, dice el protagonista. Hay humor en esta película y esa es una de sus virtudes.
Además tiene un gran trabajo de edición; por eso, ni las filmaciones antiguas ni la irrupción de distintos testimonios entorpecen el relato. Lo más valioso: no muestra viejitos para provocar lástima, sino octogenarios que se sienten dignos de su historia, se hacen preguntas y tienen algunas certezas, por ejemplo, de que la felicidad existe si puede ser compartida.