Pasan los años, los transeúntes, las cantarolas, las guerras y las inundaciones. Crece el amor, la familia, el desorden. Y la casa permanece. Se resquebraja, se agrieta, pero permanece. Esa construcción, que nació del monte y de a poco vuelve hacia él, es la narradora y el centro de Una casa sola (Random House, 2026), la nueva novela de la escritora argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973).
Es una casa vieja y solitaria, pero rebelde. No se deja domar por sus dueños, sean peones, gauchos o amantes. “A mí no me levantó ningún patrón. Por eso yo los desconozco. Fueron esos tipos que andaban de acá para allá, trabajando de esto y aquello según la temporada, vagando. Abrieron un claro aquí en el monte, a golpe de hacha y machete”. Pero admite, con el pasar de los años, que por uno de ellos tuvo (y aún tiene) cierta debilidad. Se trata de Damián Lucero, que llegó solo y con pocas cosas, pero que rápidamente hizo de ese su hogar, y después el de su familia. “Y si de alguien fui alguna vez, ha sido de él. Como dije no me gusta que nadie me ponga el lazo, pero Lucero, y después su familia, han hecho de mí una casa”.
Pero los Lucero se han ido. Salieron un día para no volver. Quedaron en la casa sus platos, sus ropas y el eco de sus voces. Hubo un tiempo en que los buscaron, pero de eso hace ya mucho. “El aire tibio se perfuma de poemas. Nadie viene ya, ni siquiera la Tata. Sigo en pie, sola, desde que se fueron los Lucero”, se lee. Es que desde entonces la casa está deshabitada y eso es, justamente, sobre lo que construye esta novela. ¿Qué queda de nosotros en los lugares que ya no habitamos?¿Qué dicen esos lugares de lo que fuimos?
La consagrada autora argentina vuelve a situarse con este libro en el litoral argentino, como lo ha hecho en sus más exitosas ficciones. Una casa sola se interesa, al igual que El viento que arrasa (2012), Ladrilleros (2013) y No es un río (2020) —que componen lo que ella empezó a llamar “la trilogía de los varones”—, por quienes viven lejos de las grandes urbanizaciones y se dedican a trabajos que implican el esfuerzo físico. Pero a diferencia de sus otros libros, la autora esta vez se desplaza al campo por completo, dando lugar y espacio a descripciones vastas sobre el entorno natural, el sonido de los pájaros, el correr del agua allá abajo en el arroyo.
Con su brevedad característica, su destreza para escribir y preservar la oralidad y una narración sensible y melancólica, Almada superpone en la novela capas temporales que conviven y dan forma a la memoria de la casa. Se mezclan en la narración retazos de la historia argentina, un grupo de gauchos fantasmales que son el recuerdo de aquellos que perseguía Urquiza y que tienen cuerpos agujereados de formas imposibles y homenajes a los combatientes de las Malvinas.
Sobre su nueva novela, y sobre la impronta que imprimió su sello de singularidad y la ha convertido en una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana contemporánea, la autora conversó con Búsqueda.
—¿Cuál es el presente de la historia?
—La novela está situada hacia fines de los 90. Y en cuanto a la trama, la casa hace unos cuantos años que está deshabitada. Está deteriorada por el paso del tiempo, por el abandono, casi en su declinación. Está desapareciendo debajo de las enredaderas, de las plantas, del monte que ha ido avanzando. Para construir la casa sí pensé un poco en las personas, ¿no? En cómo envejecemos, en cómo nuestros recuerdos se mezclan, en cómo la memoria se deteriora y de repente una puede recordar cosas que pasaron hace muchísimos años con mucha claridad y las que son más recientes no recordarlas.
—Después de trabajar durante varios años en lo que llamaste “la trilogía de los varones”, decidiste embarcarte en un universo nuevo.
Lo de la trilogía de los varones no fue un plan, fue sucediendo. Cuando escribí No es un río, el último de los tres libros, había una intención de decir “escribo esta novela, que está focalizada en ese universo masculino —en sus relaciones y sus pactos y su idea de honor— y después quiero hacer otra cosa”. La verdad es que tampoco tenía muy claro qué iba a ser lo próximo. Había empezado a proyectar un trabajo de no ficción que al final no prosperó, pero que tenía que ver con un edificio. Estaba dando vueltas en mí la cosa de la construcción y del espacio físico y qué de aquellos que los habitamos queda una vez que nos vamos. Y ahí apareció Una casa sola. Apareció esa primera escena que era una casa que estaba deshabitada hace muchísimos años porque algo había pasado con la última familia que vivió allí. Y decidí quedarme en ese espacio fijo antes de ir tras el rastro de las personas o de la familia.
—¿Qué continuidades y qué rupturas ves entre tus novelas anteriores y esta?
—Lo que sigue teniendo en común con las otras novelas es la zona. Es una geografía alejada de la gran ciudad que es Buenos Aires. Está todavía un poco más alejada incluso de esas historias más de pueblo que eran las anteriores, donde había todavía una urbanidad pequeña, pero que aún seguía siendo zona urbana. Acá ya es directamente campo, que además es vuelto a ser ocupado por ese monte originario. La casa está conviviendo en una especie de comunión con ese entorno, con ese lugar desde donde ella misma salió. Y creo que la gran diferencia con la trilogía es que la casa tiene una percepción muy femenina sobre sí misma, sobre las personas que la habitaron y sobre la naturaleza que la rodea.
—Como mencionaste, es el primero de tus libros que se corre hacia el campo por completo, hacia la ruralidad. ¿Cómo fue trasladar tu escritura hacia ahí?
—Fue investigar un poco sobre qué árboles, qué pájaros, qué animales habitan ese espacio, que igual no deja de ser un espacio de ficción. Quiero decir, no es que tenga la experiencia directa de haber vivido en el campo ni en el monte. Y en esa investigación de cómo es ese paisaje aparece lo que más me gusta trabajar a mí, que es el tema del sonido. Hay cientos de especies de pájaros, pero me resulta muy entretenido ver los nombres de cuáles le convienen al texto para que suene de determinada manera.
—¿Qué apareció primero, la casa o los Lucero?¿Cómo se fueron hilando esas diferentes historias?
—En la primera escena que apareció estaban ya los Lucero. O sea, no estaban, pero habían estado. Además, el otro día me acordaba de una novela que había empezado a escribir hace muchos años y que nunca terminé ni seguí, pero que tenía que ver con una casa donde había habido un suicidio. Había quedado encantada o maldita a partir de esa muerte trágica y una mujer iba a vivir ahí. Entonces eso que nunca terminé de escribir reapareció, pero ahora bajo la forma de esta casa. Por alguna razón venía rondando el tema hacía mucho tiempo.
—El libro comienza con una escena en la que se presenta a un grupo de gauchos espectrales. ¿Qué buscaste con esos personajes?
—Eso es algo que me parece que fue creciendo en las últimas tres novelas, porque ya había aparecido algo así en Ladrilleros, con escenas donde los personajes están moribundos y esa agonía parece un poco como una alucinación y uno ve a su padre muerto y conversa con él. Y después en No es un río están las hermanas, que están muertas y que no lo saben y que siguen vagando en el mundo de los vivos. Y acá, donde la historia está libre de humanos —en el sentido de que está la memoria de las personas que han pasado por ahí, pero durante el presente de la novela no hay personajes que sean humanos o personas—, los espectros aparecen como la memoria viva, no solo de lo que pasó en la casa o en los alrededores de la casa, sino la memoria viva de un territorio. Me interesaba por ese lado.
—¿Cómo construís la tensión que existe entre un personaje central tan entrañable y un entorno que es al mismo tiempo bello y hostil?
—En esta novela, como en las demás, hay una línea de violencia que atraviesa las tramas. En este caso no es solo una violencia puntual que podemos intuir, como es la desaparición de los Lucero, sino toda una historia de violencias de un territorio y violencias que siempre caen sobre los cuerpos de los pobres. Entonces, por eso empecé con la escena de los gauchos, que eran llevados a la guerra sin pedirles mucha opinión y sin preguntar si estaban de acuerdo o no, y por eso también se traza el arco hasta el excombatiente de Malvinas. Creo que en todas esas pequeñas historias, incluso en la mirada de la casa, está muy presente la tensión entre los trabajadores rurales o los peones —que son en definitiva gente pobre— con los patrones, con los que mandan, con los que tienen los papeles de la tierra, con los que explotan su trabajo.
—Esta es una historia sobre personas pobres y la vulnerabilidad o la fragilidad implícita en sus condiciones de vida, que es una temática que solés explorar. ¿Qué te atrae de ese universo?
—Supongo que como vengo de ahí, siento que tengo mucho más que ver con un trabajador de la construcción que con un intelectual. Este tipo de tensiones, de problemáticas, de discusiones y de conversaciones las conozco desde que tengo uso de razón. Eran las conversaciones de mi casa, eran las conversaciones con mis amigos de la escuela o con los padres. Vengo de una clase obrera, crecí en los 70 en dictadura, después en los 80 con la hiperinflación, después el menemismo. Todos esos movimientos políticos y económicos impactaron muy fuertemente en la clase social de donde yo vengo, y bueno, es parte de mi educación y de mi aprendizaje desde niña. Por eso me importan más ese tipo de personajes. Incluso como lectora me gustan mucho más las historias que tienen ese tipo de personajes, que son gente del trabajo físico.
—El dolor más grande de la casa y también uno de los ejes más significativos del relato es la desaparición de los Lucero y todo lo que arrastra su ausencia. ¿Trabajaste esa línea sabiendo lo que les pasó? ¿Por qué quisiste llevar el relato hacia ahí?
—No sé qué es lo que les pasó. Su desaparición surge, por un lado, de ver tantos carteles de personas desaparecidas en las pantallas de los aeropuertos y a partir de desapariciones recientes. Pero también hay una historia de desaparición así en Entre Ríos, aunque la historia de los Lucero de ninguna manera está basada en ese hecho, pero sí contaba con esa referencia. Es una familia que está desaparecida hace casi 25 años y nunca se encontró ningún rastro. En el caso de los Lucero, yo puedo tener la sospecha de que están muertos, de que fueron asesinados por el patrón, pero así como en la realidad no se resuelven este tipo de casos, creí que en la ficción tampoco tenía por qué resolverlos. Es bastante impresionante la cantidad de gente de la que no se sabe nada desde hace 10, 15, 20 años.