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    Apenas un punto azul pálido

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2235 - 27 de Julio al 2 de Agosto de 2023

    La mayor parte del tiempo andamos cortos de perspectiva. Esto es, vamos tan pegoteados a nuestro día a día, que nos falta tiempo para tomar alguna clase de distancia que nos permita evaluar si eso que venimos haciendo con tanto esfuerzo y que nos tiene embebidos, es realmente importante. Se necesita perspectiva, poder sacar la cabeza del balde diario y medir, con apego a las distancias, qué tan importante es eso que nos viene envolviendo cada día.

    Es verdad, hay que pagar las cuentas y la inmensa mayoría de nosotros lo hace trabajando, ya sea por cuenta propia o ajena. Es por eso por lo que buena parte del tiempo diario se nos va en esas tareas que nos permiten parar la olla, tareas que no necesariamente tienen por qué ser agradables o importantes para nosotros. A veces lo son y a veces no. A veces son solo un medio para un fin. En todo caso, lo cierto es que una parte importante del día lo dedicamos a hacer esas tareas necesarias. En esas horas es esperable que la perspectiva esté ausente o sea escasa.

    Ahora, a veces nos falta perspectiva también fuera de esas horas digamos “obligatorias”. A veces nos vemos enroscados en discusiones irrelevantes con desconocidos, solo por el afán de tener razón o por la convicción de que nuestro punto de vista respecto a tal o cual asunto es el único auténticamente válido. Algo de eso pasa en la charla política, en donde pasamos el tiempo discutiendo nimiedades o pequeñeces. Intentando señalar un error o una deficiencia del rival político, recordando una omisión previa y augurando omisiones futuras.

    Obviamente, todo ese petit debate, ese chiquitaje, es fogoneado por las usinas partidarias, militancias incluidas. Y eso no está mal, porque en el acto de convencer gente sobre la relevancia de esas diferencias, a muchos les va la carrera política y a eso es a lo que se dedican o a lo que se quieren dedicar. Además, suele ser más sencillo dedicar el tiempo a señalar lo que el otro no hizo o lo que hizo mal, que construir una alternativa sólida, operativa y viable que garantice que eso que no se hizo, se haga. En ese sentido, la ausencia de perspectiva es funcional a la permanencia de cierto statu quo. Quizá sería bueno, para cada uno de nosotros, poder construir una distancia que nos ayude a mejorar al menos nuestra perspectiva, por más que la colectiva esté relativamente ausente.

    Una de las personas que más hizo por construir esa distancia y esa perspectiva, al menos en lo que a mí concierne, fue Carl Sagan. El astrónomo estadounidense, fallecido hace ya casi tres décadas, era especialmente fino en su capacidad de poner en perspectiva la mayor parte de nuestros conflictos políticos cotidianos. Era, sobre todo, alguien capaz de hacerse las preguntas correctas en situaciones complejas y ofrecer, con una pátina de escepticismo científico que no abandonó ni siquiera en sus trabajos de divulgación, las soluciones más novedosas conocidas. Si existiera el Partido Saganista Radical (el Pasara), lo votaría sin dudarlo.

    La capacidad de Sagan de colocar las cosas sobre su justo eje y medida fue evidente no solo en sus excelentes libros de divulgación científica, también en su recordada serie Cosmos, de 1980. Además de resultar impactante por la calidad de sus efectos especiales (poco usados en la televisión de aquellos años), la serie proponía un calendario cósmico. ¿Qué era (o es) el calendario cósmico de Carl Sagan? Es una escala, propuesta a efectos de volver más cercanas las cifras, en donde toda la historia del universo pasa a estar contenida en un calendario anual. De esa forma, el Big Bang ocurrió a la medianoche del 1º de enero y el presente es la medianoche del 31 de diciembre. En esa escala, el sistema solar aparece el 9 de setiembre, la Tierra se forma el 13 y la vida en el planeta surge el 30 de ese mismo mes. En cuanto a los animales, los dinosaurios aparecen el 25 de diciembre y desaparecen el 28. Los primitivos Homo sapiens aparecen una hora y media antes de medianoche del último día del año. De esa forma, la historia de la humanidad ocupa solo los últimos 10 segundos del último minuto del calendario.

    Yo no sé cómo leen esos 10 segundos los demás, pero para mí siempre fueron un contundente llamado a la modestia. Cuando Sagan postulaba su calendario, la amenaza de una hecatombe nuclear era algo tangible, más aún que en nuestro presente “putinesco”. Lo que recordaba el científico, traduciendo a cifras cotidianas lo que resultaba casi inconmensurable, era lo insignificante que era nuestro rol en la escala histórica del planeta. Lo arrogantes que éramos al siquiera plantearnos cargarnos a bombazos una trayectoria en la que éramos poca cosa más que un accidente en el cierre del último minuto. Sagan hizo lo mismo cuando escribió el texto titulado Un punto azul pálido, que ofrece una lectura profunda y filosófica de esa fotografía de la Tierra, tomada el 14 de febrero de 1990 por la sonda espacial Voyager 1 cuando se encontraba a 6.000 millones de kilómetros del planeta. En esa foto, la Tierra es apenas una mota de polvo claro flotando en un inmenso haz de luz solar.

    “Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido vivió su vida. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada ‘superestrella’, cada ‘líder supremo’, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí —en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol”, escribió entonces Sagan en el texto que cerraba así: “Se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter. Quizás no hay mejor demostración de la soberbia humana que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos más amablemente los unos a los otros y de preservar y apreciar el punto azul pálido, el único hogar que hemos conocido”.

    Quizá sea bueno lograr tomar distancia, no hace falta que sea tanta como la de la Voyager cuando tomó la foto. Pero sí la necesaria para salir, un ratito al menos, del ruido constante que propone nuestra democracia de mercado, en la que todos se ven más o menos forzados a salir a vender su crecepelo a los gritos. En tiempos en donde desde diversas tiendas ideológicas se declara abolido el contexto y se propone instalar el reino de la literalidad, quizá convenga recordar lo ínfimos que somos y lo minúsculas que son, en perspectiva, muchas de las batallas en las que nos sacamos los ojos cada día. Y es que, en perspectiva, somos apenas un punto azul pálido colgando de un enorme rayo de luz.