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    Apología del aburrimiento

    Columnista de Búsqueda

    N° 1942 - 02 al 08 de Noviembre de 2017

    Mediodía gris y medio caluroso. Estamos en la puerta del liceo Miranda en medio de las ocupaciones. Es 1996. La calle está bloqueada por una barricada de llantas. Esperamos. Con mi compañero, también periodista, aprovechamos para conversar con los adolescentes que están en la entrada del local. Risas, bromas, una idea no demasiado clara de las razones que los tienen allí. No importa, está bueno ocupar y la causa es justa. La mayoría se sienta en el suelo y conversa, otros tocan la guitarra y cantan. De pronto, dos barbudos un poco mayores que yo atraviesan el hall y salen apurados a la calle. Los sigo y espero mientras hablan entre sí y señalan las llantas. La policía no viene a desalojar y parece que no va a venir. Llevamos más de una hora esperando y solo nos acompaña el cielo encapotado. Toman una decisión y salen corriendo hacia una de las calles laterales. Mientras atrás sigue sonando la guitarra, voy detrás de los barbudos, manteniendo la distancia. Doblan la esquina y abren la puerta de un Fiat Uno medio destartalado. Sacan dos bidones llenos y corren a la barricada de llantas. El cielo empieza a lagrimear sobre la calle desierta y se hace evidente que nadie va a venir a desalojar el liceo. Entonces los barbas vacían los bidones sobre las llantas y encienden la barricada. Todos corremos hacia el interior del Miranda, después de todo es una ocupación y se ocupa estando adentro. Quince minutos más tarde la lluvia apaga las llantas y lo único que queda es un olor asqueroso en el aire. A eso se redujo la épica del asunto, a unos instantes de llantas llameantes en una calle vacía.

    Y sin embargo hay un montón de gente que no puede vivir sin alguna clase de épica política cruzándose en su vida. Quizá porque en un mundo sin Dios y sin posibilidad de trascender más allá, hay quien necesita contar con ese otro mundo soñado (en clave laica, claro) para encontrarle un sentido a este. Quizá porque la propia existencia, contemplada de manera individual, parece demasiado poca cosa. Quizá porque exista en algunos de nosotros la necesidad de acometer una tarea que nos supera y que se extiende mucho más allá del plazo marcado por la biología, pero que igual estamos seguros de completar.

    Lo interesante es que aunque en ocasiones esos momentos épicos puedan funcionar como disparadores de la política, la mayor parte de lo que llamamos política está muy lejos de esa épica. Se trata de esa política aburrida que va entre la consigna gritada en la calle y que la idea que está detrás de esa consigna se convierta en algo, un reglamento, una norma, que afecte nuestras vidas. De ahí que crea que la asociación entre política y épica sea más estética que estadística: el grueso del trabajo político resulta más bien aburrido y es ejecutado por políticos mediocres, en el peor de los casos, y por técnicos competentes pero sin buen marketing, en el mejor. Es justamente esa burocracia más bien invisible la que se encarga de hacer política y no los personajes de la película de acción en la que parecen vivir los entusiastas de las verdades reveladas de alto riesgo.

    La inmensa mayoría de las acciones políticas son un embole. Una cosa es mirarlas desde afuera, desde el punto de vista del militante que desea desarrollar una idea que solo él y los suyos sostienen. Y otra distinta es el proceso que convierte ese deseo en un gesto cotidiano y regulado por el Estado. Honestamente, creo que hasta para los activistas más entusiastas la política debe ser mayormente un aburrimiento: si logras que alguien en alguna parte del Estado te dé pelota, después tenés que darle seguimiento a tu idea. O sea, hacer lobby y constituirte en grupo de presión, comerte un montón de reuniones aburridas con un montón de gente tan aburrida como la reunión. Y asumir que lo que va a salir al final es distinto a lo que se planteó en la consigna inicial. La política es antes que nada negociación de la idea en sí y con el aparato que la debe desarrollar y aplicar.

    Esto no quiere decir que ese trayecto, la construcción de la política real, la que afecta nuestras vidas, no deba estar bajo el escrutinio público. Al contrario, es justamente ahí donde se debe mirar. Pero ocurre que eso no vende diarios ni hace ascender en la escala trófica a los políticos de carrera. Y por tanto el foco de la prensa y de la llamada opinión pública casi nunca se fija en esa construcción, en ese trayecto.

    De cualquier forma, es un hecho que ese aburrimiento que tiene la vida política en las democracias, ese seguir funcionando a pesar de que quien gobierne sea un inepto y hasta un malvado, esa calma aletargada del burócrata que cumple con su papel cabalmente, pareciera no ser bastante para muchos, algunos, los suficientes. Y entonces comienzan las aventuras. Llega el turno entonces de los chamuyeros a sueldo, de los políticos que cobran dinero público no para facilitarles la vida a los ciudadanos sino para hacérsela emocionante. Y entonces se comprometen a hacer el país grande otra vez (Trump), a liberar al ciudadano de las opresiones de un Estado democrático (Puigdemont) o lo que sea que active las emociones en ese momento.

    Creer que la política se resume a sus momentos épicos puede ser reconfortante para quien fija todo su deseo en ese punto. Pero es también una tentación que ofrece resultados inciertos y que exige un compromiso altísimo con la posibilidad de destruir (o al menos diluir) los logros que nos permiten vivir mejor que antes, cuando no había democracia ni vacunas ni diplomacia ni ONU ni hostias.

    Uno de los mayores éxitos de las democracias consolidadas ha sido precisamente el de lograr que la política no sea una asamblea constituyente permanente o una manifestación de protesta constante, sino también y sobre todo, un espacio gris y aburrido de construcción de derechos y obligaciones ciudadanos. Es menos llamativo que prender fuego un montón de llantas, es verdad, pero a cambio sus resultados permanecen, tangibles, una vez que se disipa el humo.

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