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    Aquiles y el talón

    Sr. Director:

    Quisiera hacer algunos comentarios sobre la columna de Facundo Ponce de León del 31/3: Aquiles y el talón.

    El talón de Aquiles del Frente Amplio. Para Ponce de León, el Frente Amplio (FA) tiene —como el héroe griego— un importante punto débil que lo hace tambalear “en los fundamentos democráticos”: la dificultad de “aceptar que no están en el lugar (en el) que quisieran estar”. En otras palabras: la dificultad de aceptar los hechos, la realidad. Hace algunas semanas critiqué por este medio la columna de Gabriel Pereyra El relato lo es todo justamente por entenderlo afectado de ese problema.

    Ponce de León destaca que muchos frenteamplistas reconocen la realidad pero solo en privado —expone varios ejemplos de ello muy ilustrativos— y “nunca llevan al espacio público los errores propios, impidiendo así una madurez bienvenida y necesaria”. El columnista se refiere en forma expresa a una madurez que le permita a dicho partido imaginar nuevas formas de pensar el sistema capitalista, innovar desde lo sindical, concebir un Estado presente pero no paternalista, entre otros asuntos que podrían germinar en “una oposición crítica y proactiva, obsesionada con que se hagan las cosas bien para que cuando le toque regresar al gobierno lo pueda hacer aún mejor”. Entiende que nada se puede construir desde la no aceptación de la realidad, desde su ficticia “posición de superioridad moral”. Allí está, según el Ponce de León, el talón de Aquiles del FA.

    Antes que nada es de felicitar la claridad y franqueza de la crítica que el columnista realiza. Sin embargo, puede que a su diagnóstico le falte un ingrediente importante que haga imposible lo que reclama: puede que le esté pidiendo peras al olmo. Y es que: ¿puede el FA realizar una oposición constructiva como propone el columnista? ¿Es un problema de inmadurez o de otro tipo el que lleva a ese partido a no realizar tal oposición constructiva?

    A mi juicio, parece forzado sostener que el FA no haya madurado luego de 51 años de existencia y 15 años —tres períodos— de gobierno. Puede que, en cambio, haya comenzado su proceso de vejez y declive. Y es que, en sus recientes 15 años del gobierno, todos pudimos apreciar claramente que la supuesta superioridad moral que se esgrimía —que posiblemente fue esencial para sostener la esperanza en el relato y así sostener el crecimiento continuado de la fuerza— no era tal. Todos pudimos apreciar —y muchos aceptar— que los dirigentes del FA son —como todos los demás— de carne y hueso, y los vimos capaces de cometer actos de corrupción y errores de gestión importantes y costosos para el país. Vimos que una cosa es decir que se va a hacer algo y otra muy diferente es hacerlo realmente. Los gobiernos del FA mostraron aciertos, por supuesto, pero también desatinos de envergadura. Ahora bien, despejada por la realidad mostrada con lujo de detalles a lo largo de 15 años la falsa aura de superioridad moral a que alude Ponce de León, el FA quedó expuesto como lo que es y deberíamos todos aceptar: una alternativa política particular, válida en una democracia, entre otras también válidas.

    ¿Cuál es entonces el problema que creo tiene el FA y Ponce de León parece no advertir? Que el problema que sí advierte, el de creerse una fuerza moralmente superior, dio forma característica al partido (como “amplio”) agrupando sectores que debían votar juntos contra un adversario político supuestamente inmoral y antidemocrático (contra el cual se formó un “frente”) pero una vez despejado este supuesto varios de esos sectores se muestran incompatibles entre sí dentro del partido. Es decir, al principio se pensó necesario juntar el agua y el aceite para ganar el poder. Pero hoy en día se requieren otros argumentos que el FA no parece estar en condiciones de ofrecer. En particular, porque conviven dentro del mismo partido fuerzas que defienden concepciones inconsistentes entre sí. Por un lado, corrientes republicanas, socialdemócratas, liberales igualitarias, en suma, liberales. Por otro lado, marxistas: comunistas, socialistas y formas marxistas más contemporáneas, en suma, antiliberales. ¿Cuál es la razón que hoy justificaría a liberales y antiliberales votar juntos dentro del FA defendiendo los unos recetas políticas que sus otros compañeros de partido aborrecen?

    En cambio, del lado de su adversario político las corrientes políticas que la coalición actual de gobierno parece incluir lucen consistentes, todas liberales, con obvios y festejables matices: liberales clásicos, liberales igualitarios, republicanos cívicos. Todos priorizan las libertades individuales, procurando a la vez asistir a los más desaventajados en la sociedad. En esta asistencia hay matices, es verdad, pero nuestro país tiene desde larga data una impronta solidaria que lo ha caracterizado y distinguido en el mundo por lo que no sorprende que los más individualistas asuman naturalmente una obligación moral de asistir al prójimo más necesitado. Esta actitud no es patrimonio particular del FA y, por el contrario, la exhibe con naturalidad el actual gobierno. No solo lo hace ahora —con una sensibilidad social tal vez mayor que en otros tiempos—, sino que nuestros partidos fundacionales lo hicieron siempre. El colorado José Battle y Ordóñez, particularmente, pero también todos los que lo siguieron —blancos y colorados—, que no borraron de un plumazo lo innovado socialmente. Todo esto mucho antes de que apareciera el Frente Amplio. El Uruguay ha sido a lo largo de toda su historia —y lo sigue siendo— un país republicano y liberal, como se aprecia claramente en su Constitución, y donde las ideas marxistas que defiende la mayoría del FA (socialistas, comunistas y MPP, entre otros) no tienen actualmente lugar.

    Esa mayoría del FA es la que —más o menos veladamente— defiende el modelo político cubano y lo pretende para nuestro país. Necesita de los liberales para obtener mayorías. Pareciera que solo por eso los quieren juntos en el mismo partido. Ello se aprecia en sus discursos (por ejemplo, los de Civila, Moreira y de dirigentes sindicalistas de clara filiación frentista) que hablan pestes de otras concepciones que, en definitiva, saben que defienden sus propios compañeros de partido. Ambas facciones actúan como distraídas, como si unos no escucharan lo que dicen los otros. La lucha interna no debe mostrarse so pena de ahuyentar al imprescindible electorado de centro. Unos defienden a Cuba y los otros, del mismo partido, afirman que en ese país se vive en dictadura: ni más ni menos que uno de los monstruos que el FA siempre dijo enfrentar. Es que parecen necesitar dos discursos opuestos: uno destinado a las mayorías marxistas y otro destinado a los desprevenidos votantes de centro que quieren atraer para generar mayorías operativas, uruguayos solidarios pero también defensores de la libertad individual y de las tradiciones orientales. Parece cuestión de tiempo que estos votantes de centro se den cuenta de la situación de que votando al FA están votando indirectamente un modelo de país que no quieren y vuelvan a votar a sus antiguos partidos.

    Así entonces, tal vez el talón de Aquiles del FA no sea su dificultad en aceptar sus últimas derrotas políticas. Tal vez no puede ser —como Ponce de León le reclama— “una oposición crítica y proactiva, obsesionada porque se hagan las cosas bien”, sencillamente porque enfrenta un modelo que representa una visión totalmente diferente de lo que significa hacer las cosas bien. En efecto, para el marxismo (es decir, para los sectores mayoritarios del FA) hacer las cosas bien significa —en oposición a lo que significa para los liberales políticos— la lucha y conflicto permanente de clases, la abolición o puesta de rodillas de la economía de mercado o un Estado pesado, costoso, paternalista, omnipresente —para no decir totalitario— que esté al servicio de quienes no pueden pero también de quienes no quieren producir.

    Leonardo Decarlini