N° 2056 - 23 al 29 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáVivimos en un mundo comercial por completo diferente, que además evoluciona a la velocidad de un rayo. No hace tanto las películas se conseguían en un video club, pero hoy plataformas como Netflix son el lugar común para una enorme cantidad de clientes en todos los continentes. ¿Cómo seguirá el fenómeno? La evolución todavía no está clara, pero llegará pronto. Mientras tanto, la plataforma de películas ya no está sola, y gigantes como Amazon, Disney, HBO, Apple y otros poderosos compiten por la atención de los usuarios. La cantidad de fotos que se sacan alrededor del mundo se multiplicó por miles de millones en lo que va del siglo XXI, pero la venta de cámaras de fotos ha bajado drásticamente y su lugar es ocupado por los celulares inteligentes.
El tema no es solo el avance tecnológico, sino también las posibilidades que les da su entorno. Netflix para algunos es una burbuja comparable a las plataformas de Internet del final de siglo pasado: tiene una deuda que supera los US$ 12.000 millones y su plan es seguir aumentando el gasto ante la amenaza de una fuerte competencia. Según sus autoridades, su nivel de gastos sigue por debajo del crecimiento por suscriptores que suma cada año. La realidad es que por el momento la empresa está pagando intereses de deuda y no ha hecho ninguna amortización significativa.
Con ese respaldo y el de la Academia de Hollywood, que empieza a premiar su contenido, la plataforma ha tomado al mundo y deja poca chance a otros jugadores que no tengan una tremenda capacidad de endeudamiento. Aunque la competencia, en esos casos, fomenta la creación de contenido de calidad. No todos lo gigantes tecnológicos están en la misma posición. Google y Facebook —el duopolio, como se le llama ahora— se han dedicado a manipular información que en gran porcentaje no les pertenece.
El gobierno de Francia comprobó esta semana que el avance de los gigantes tecnológicos no solo responde a las bondades de sus productos, sino también a los intereses que están alineados detrás de esas compañías. La idea de los galos era aplicar una tasa sobre los servicios tecnológicos con el objetivo de emparejar las condiciones de competencia con las empresas locales. Un informe de la Comisión Europea estima que en la Unión Europea las empresas tradicionales enfrentan obligaciones impositivas del 23 % de sus ganancias, mientras que las grandes empresas de Internet pagan 9% como máximo.
La respuesta del gobierno de Estados Unidos (EE.UU.) fue casi inmediata. El presidente Donald Trump amenazó con gravar los bienes franceses con aranceles de hasta el 100% y la denominada “tasa Google” quedó en suspenso. Ahora se abren 15 días de negociación.
La posición dominante en el mercado internacional del duopolio —Google y Facebook— tiene consecuencias complejas para la democracia. Manejan contenidos por los menos prestados y se han convertido en plataformas que favorecen la desinformación (las mal llamadas fake news), que hoy en día tienen hasta una influencia en las definiciones electorales de algunos países.
Con ello han logrado quedarse, según estadísticas recientes, con un US$ 1 de cada 4 que se invierten en la publicidad mundial. Hablan de que ofrecen una mayor “segmentación, alcance y métricas” para lograr una mayor “tasa de conversión”. Dada su enorme distribución, pueden manejar precios que son imposibles para sus competidores locales.
Ante esta realidad, los medios locales en todos el mundo —y los nuestros, por supuesto— tienen una ardua tarea creativa para proteger los contenidos que nos dan identidad, que son reales y que permiten a la ciudadanía tener la información para decidir su futuro, minimizando la influencia de este peligroso juego comercial.