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    Argentina, 200 años: “nos caracterizamos por desperdiciar oportunidades”

    Río de Janeiro (Gerardo Lissardy, corresponsal para América Latina). Argentina cumplió esta semana 200 años de independencia de un modo similar al que ha pasado buena parte del último siglo: en medio de una crisis económica y tensiones políticas, sacudida por escándalos de corrupción, en busca de un modelo de crecimiento entre el proteccionismo y el liberalismo, y cada vez más lejos de los tiempos de esplendor que conoció el otrora “granero del mundo”, que es rico en recursos naturales pero parece empeñado en tomar decisiones erradas. “Hasta ahora nos hemos caracterizado por desperdiciar las oportunidades, más que por aprovecharlas”, dice Sergio Berensztein, uno de los más destacados analistas políticos argentinos, durante una charla con Búsqueda.

    El espejo en que Argentina se mira en estos días muestra una recesión económica, la amenaza de una inflación creciente y cientos de miles de personas cayendo en la pobreza. Es difícil encontrar en ese espejo alguna reminiscencia de la Belle Époque previa a la I Guerra Mundial, cuando el país figuraba entre los 10 más ricos del planeta y atraía inmigrantes de todas partes. Con excepción de algunos períodos de pujanza por motivos coyunturales, las cosas no han hecho más que empeorar desde aquellos tiempos, con una sucesión de crisis y golpes de Estado que hicieron de la inestabilidad un rasgo distintivo de la nación pese a tener una de las sociedades menos desiguales de la región y a llevar más de tres décadas de democracia. 

    Se trata de una realidad dura de asumir para los argentinos, y el propio presidente Mauricio Macri aludió a esto el sábado 9, durante el acto de celebración del Bicentenario en Tucumán junto al rey Juan Carlos de Borbón y varios gobernadores provinciales. “Pido que la verdad gobierne en todos nosotros”, dijo. “Tenemos que alejarnos de la vivieza criolla mal entendida, acabar con eso de que le va mejor al vivo y al que engaña”. También pidió esfuerzos a la población y sostuvo que recibió un país “quebrado” de parte de su antecesora Cristina Fernández de Kirchner, salpicada por denuncias de corrupción y enriquecimiento ilícito. Sin embargo, al propio Macri le está costando mostrar resultados de su gestión y enfrenta crecientes cuestionamientos. Buena parte de la polémica por su discurso se centró en otra frase, que aludió a la “angustia” que deberían tener los líderes de la Independencia por separarse de España. 

    Ni siquiera el fútbol es hoy un orgullo para los argentinos. La selección albiceleste parece encarnar muchos de los problemas del país: pese a tener una generación dorada, perdió las oportunidades de ganar la final del Mundial Brasil 2014 y de las copas América de 2015 y 2016. Ahora el país añora sus épocas de gloria del pasado en su deporte más popular y la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) está sumida en una crisis institucional y de corrupción inédita. Según Berensztein, el problema radica en pensar que el éxito deportivo o económico debe ser normal para un país que nada ha hecho para alcanzarlo, y apenas lo logró en circunstancias extraordinarias. 

    Lo que sigue es un resumen del diálogo con este doctor en Ciencia Política, licenciado en Historia y coautor del reciente libro “Los beneficios de la libertad”, donde plantea junto con el economista Marcos Buscaglia diversos cambios para sacar a Argentina del estancamiento:

    —¿Hasta qué punto el presente de Argentina refleja su historia de los últimos 100 años, el péndulo del liberalismo al proteccionismo, aunque probando ahora con un presidente que no es ni peronista ni radical?

    —Uno lo que ve es una especie de esfuerzo de síntesis con respecto de esa historia pendular. No sé cómo va a salir, nadie sabe. Pero en principio uno ve un gobierno que intenta una especie de consenso entre aspectos del desarrollismo o de un Estado más intervencionista, y otros aspectos más tradicionales de una economía más abierta. Es un modelo de síntesis más que una de las dos típicas situaciones polares que caracterizaron a la Argentina.

    Es un gobierno que de hecho se define a sí mismo como desarrollista. No es ajeno a esa tradición intelectual y en la práctica algunos de los funcionarios más importantes vienen de esa tradición, como el caso de (el ministro del Interior y Obras Públicas, Rogelio) Frigerio, cuyo abuelo fue el padre del desarrollismo precisamente.

    —¿Por qué dice que es un misterio cómo va a salir esa búsqueda de equilibrio?

    —Argentina por definición, y ustedes (los uruguayos) lo han padecido históricamente, es un país desequilibrado, inestable política y económicamente, lleno de conflictos sociales. La intención es acotar eso, con un sistema institucional más flexible, que lleve a compromisos de mediano y largo plazo, un sistema económico más pragmático y una sociedad que tenga mejores canales para procesar sus conflictos. 

    Esa es la teoría; entre la teoría y la práctica siempre hay una diferencia enorme. Y si hay algo que uno ve en este gobierno son bastantes problemas de implementación. Tiene por ahí buenas ideas en la teoría, pero falla, a veces groseramente, en implementar esa teoría.

    —Las encuestas dicen que Macri mantiene un capital político. ¿Lo está gastando?

    —Todavía es demasiado prematuro para ver un desgaste: apenas (van) siete meses de gestión. Predomina en la sociedad en general,  sobre todo en su electorado, una confianza respecto del mediano plazo. La gente en general ve que la cosa está mal, peor que hace un año, pero que va a mejorar dentro de un año. Con lo cual, la dinámica en principio es positiva para el gobierno y explica al menos parcialmente su buena imagen.

    —La pregunta es si logrará mantener esto…

    —Lo que pasa es que muchas veces los gobiernos se aferran a la imagen de corto plazo, pero no resuelven los problemas que en definitiva terminan erosionando la legitimidad de los propios dirigentes. 

    Aquí hay tres aspectos para evaluar qué puede llegar a ocurrir, y estamos especulando. Uno es la cuestión económica, donde el presidente Macri era visto como alguien que tenía un buen equipo y podía resolver algunos problemas. Él incluso prometió que este semestre iba a haber una recuperación. Esto ya no creo que sea posible; a lo sumo va a mejorar muy en el margen —y si es que mejora la situación económica, ustedes (los uruguayos) lo van a sentir. Entonces lo económico va a ser un capítulo fundamental en la evaluación que va a hacer la sociedad sobre el presidente en las elecciones del año próximo, que van a ser indudablemente un test vital: un punto de inflexión en la historia de esta administración. 

    La segunda cuestión tiene que ver con la gestión en general, al margen de lo económico. Este era un gobierno que supuestamente sabía gestionar. El presidente llegaba como buen gestor en la ciudad, un excelente gestor en Boca Juniors, se suponía que tenía un equipo, que sabía convocar a los mejores. Aun sectores que no estaban demasiado de acuerdo con el gobierno admitían que Macri era un gestor eficiente. Hasta ahora hay por lo menos una evaluación preliminar con muchos grises y la sensación creciente de que la sabiduría de gestión en la ciudad o en el sector privado de ninguna manera garantizan éxito en el sector público.

    Y la tercera cuestión en particular es la seguridad. El presidente prometió un cambio muy relevante. Y sobre todo, pero no únicamente, en la provincia de Buenos Aires hay una situación estructural debido a los problemas muy conocidos con la Policía, con los servicios penitenciarios y en general con la criminalidad. 

    Estos son los tres ámbitos de política pública donde la intensidad de la evaluación de la sociedad va a ser mayor.

    —¿Se puede hacer un paralelismo entre lo que pasa en el fútbol y en el país en general? Hay una crisis y una nostalgia por el pasado de gloria: la selección ha estado cerca de ganar el campeonato del mundo, como el país estuvo cerca de ser un país rico, pero falló y lo que siguió es una gran frustración… 

    —Voy a ser un poco crítico: en general tendemos a suponer que la Argentina estuvo a punto de ser un país rico o de ser una potencia futbolística. Y eso es poner la línea de base en el momento más alto de la performance del país, ya sea económica o futbolística.

    Cuando uno mira a largo plazo, la verdad es que los dos campeonatos mundiales o las buenas performances de la Argentina se dieron no como fruto de un trabajo consistente y bien planificado, sino en general como producto de la casualidad. En el 78 sobran las sospechas de resultados raros y manipulación por parte del gobierno militar. Y sobre todo en el 86, nadie le va a quitar méritos a Maradona, pero es el campeonato de “la mano de Dios”: aun ese éxito fue hecho a la Argentina. Después fueron frustraciones. ¿Por qué poner a la Argentina como una gran potencia en función de esos resultados? 

    Lo mismo con la economía: fuimos un país próspero en un momento de precios extraordinarios de los commodities, pero en el conjunto de 200 años eso fue tal vez más la excepción que la regla. ¿Argentina sentó las bases de un modelo de crecimiento equitativo, sustentable, estable macroeconómicamente? No, para nada. No lo hizo nunca. No lo hizo cuando le fue bien y obviamente tampoco cuando le fue mal. 

    A Alemania le puede ir bien, regular o mal, pero uno sabe que los alemanes trabajan con consistencia. Entonces suponer que la Argentina, por el hecho de tener potencialmente condiciones para ser un gran país, va a ser un gran país… Teniendo en cuenta la historia de Argentina, hasta ahora nos hemos caracterizado por desperdiciar las oportunidades, más que por aprovecharlas. 

    —¿Cambiará esto? 

    —Ojalá, pero no tengo ninguna evidencia de eso, más bien todo lo contrario. Fíjese qué interesante: uno ve ahora en la sociedad argentina berrinches de los sectores de clase media y media-alta por el hecho de que subieron finalmente las tarifas de los servicios públicos. Ustedes vienen pagando al precio real siempre y la Argentina subsidió de manera grosera. Ahora los sectores más educados son los que más se resisten a pagarlos. Eso no me da la pauta de que la sociedad quiera arreglar sus problemas. Más bien, todo lo contrario: de una sociedad que quiere seguir disfrutando de la buena vida, irse una semana más de vacaciones, tener dos celulares cada uno y negarse a admitir que las cosas hay que pagarlas, incluyendo la luz, el gas, el agua…

    Entonces, todavía no veo rasgos de madurez en el liderazgo argentino y en los sectores supuestamente más educados como para pensar que en esta oportunidad vamos a poder aprovechar las condiciones que tiene el país y prosperar. Es todavía una asignatura pendiente. Y de hecho, este gobierno es responsable de no generar las condiciones para efectivamente coordinar la acción de las élites con un acuerdo de gobernabilidad. Se niega a hacerlo, es como infantil. El presidente está como convencido de que solo puede gobernar, que no hace falta, que para qué. Y la consecuencia, por ejemplo en la cuestión de las tarifas, es que implementó una reforma llena de errores porque no la conversó con nadie. 

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