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    Atomic Lynch

    No se entendió nada. Mejor así: una gran interrogante. Está bueno que una historia policial tenga más delirio que raciocinio, más emoción que lógica interna, más talento plástico y visual que ingenio argumental. Así fueron los 18 capítulos de la nueva temporada y última —eso no me lo creo— de Twin Peaks, la serie de David Lynch y Mark Frost colgada —nunca mejor dicho— en Netflix. Para ver a la madrugada, con las defensas bajas y predisposición a la ensoñación. Y discutirla con otros linchómanos o linchófilos. Se puede arrancar por cualquier capítulo, y eso es cine puro, algo muy difícil de encontrar hoy en día, en salas comerciales o pantallas pequeñas. Aquello que había comenzado en 1990 en el Canal 10 con el cadáver de una chica llamada Laura Palmer en un pueblo perdido del noroeste norteamericano, con una música increíble de Angelo Badalamenti y con una pesquisa del FBI, no ha avanzado casi nada en cuanto a desentrañar la verdad y dar con los culpables. “Está ocurriendo de nuevo”, dice el afiche de esta temporada 2017. Es el eterno retorno del inconsciente. Vuelven, con más años, Sherilyn Fenn, Mädchen Amick (que está mucho más atractiva ahora que de joven), Sheryl Lee y un conservado en formol Kyle MacLachlan. Y se agregan una legión de celebridades, como Robert Forster, Laura Dern, Naomi Watts, James Belushi, Jennifer Jason Leigh y Tim Roth (en el clásico tándem de reventados), Tom Sizemore, Harry Dean Stanton, Ashley Judd y el propio Lynch, entre muchos más, mezclados con gigantes y enanos, entre espectros y el indio siniestro que aparecía al costado de una cama y ahora en una burbuja tanática de uranio. Lo de Lynch es una cuestión de remanencias: tiene cantidad de secuencias, tomas o imágenes a secas que te quedan grabadas, difíciles de olvidar. A veces se excede y redunda; en otros casos toca para los costados o aguanta la pelota contra el banderín del corner, pero te sorprende permanentemente, con carreteras nocturnas, con una pulseada entre matones, con el rostro de una mujer que se descubre como un velo y muestra la inmensidad del mal, con tiroteos, con antesalas y torres del infierno, con un hongo nuclear por dentro, con un asesinato en un tráiler, con lo que sea. En cualquier momento te salta con algo: si ves un enchufe o los cables del tendido eléctrico, si estás frente a una máquina tragamonedas en un casino o ante una curiosa caja de cristal, si es un bosque fuera del tiempo o son cortinas rojo sangre. Nunca se sabe. Lynch practica el deporte de la tensión y el misterio permanentes en el cuadro. Ojo que hay muchas realidades, te dice; y te las va tirando de a puñados. Y lo hace desde la plástica. Su cine no viene de otra escuela que no sea la pintura. Para él, la pantalla es un lienzo que esconde figuras goyescas, criaturas del Bosco, monstruos lynchescos. Y además tiene humor, porque los fantasmas, como los humanos, también pueden desafinar.