N° 1739 - 14 al 20 de Noviembre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas figuras de la literatura —los tropos, las imágenes, el variado uso de las formas adjetivales— son con frecuencia convocadas en el discurso de la filosofía. La tesis de Heidegger posiblemente tenga sustento: el lenguaje poético es, explica, el único que puede decir aquello que no tiene nombre, que esta agazapado en las sombras, latente, secreto, vedado a las miradas superficiales. Los filósofos antiguos vivieron como filósofos, padecieron como ciudadanos y escribieron como poetas. Tal es el caso Parménides, con su “Poema del Ser” —verdadero tratado fundacional de la ontología— y de su antagonista Heráclito, el Oscuro; tal es también la situación enigmática de Pitágoras, que redujo los conceptos a colores, a notas musicales y finalmente a números, y luego los números los encerró en figuras poéticas. Innecesario es recordar que siguiendo el mismo camino de esos antecedentes con los que controvirtió el divino Platón, poeta de profesión, expuso la mayoría de sus teorías en base a relatos alegóricos, invención de mitos, comparaciones literarias.
Habrá que esperar a Aristóteles, que crea para siempre el lenguaje técnico de la filosofía, que recodifica palabras y acuña definiciones, para que esa cualidad se vaya mitigando hasta prácticamente disimularse durante unos cuantos siglos; aunque, sea dicho en honor a los filósofo, felizmente el tono poético no se perdió del todo, y ahí están los ejemplos de San Agustín, de Descartes, de Kant, de ciertas memorables páginas de la “Fenomenología del espíritu” y toda la obra de Schopenhauer y de Nietzsche para demostrar que la inclinación se mantiene intacta, tan rozagante como en los lejanos días del albor jónico. Pero lo interesante, y este es el motivo de la presente nota, es que aun el propio Aristóteles incurre en emotivas delicadezas del registro connotativo a veces en medio de textos eminentemente conceptuales, especialmente abstractos.
La “Metáfisca” es un inmejorable jardín para encontrar ciertas disfrutables zonas de su acendrado talento poético. Así, tenemos que en el libro primero critica la falta de consistencia de muchos filósofos presocráticos, y para ello se sirve de una comparación de tipo militar: “Como se conducen los soldados novatos en un combate, que se lanzan sobre el enemigo, y descargan muchas veces sendos golpes, aunque el conocimiento no entra para nada en su conducta. En igual forma estos filósofos no saben en verdad lo que dicen. Porque no se les ve nunca, o casi nunca, hacer uso de sus principios”.
En otro pasaje, tras haber destratado a varios de sus precedentes colegas (de Empédocles dice que balbucea; de Anaxímenes, que es contradictorio; de Pitágoras y Platón, que están atrapados en la mística de los números y no razonan bien), el Maestro habla de las dificultades de la filosofía y se auxilia de un proverbio para sensibilizar lo que pretende transmitir: “La ciencia, que tiene por objeto la verdad, es difícil bajo un punto de vista y fácil bajo otro. Lo prueba la imposibilidad que hay de alcanzar la completa verdad, y la imposibilidad de que se oculte por entero. Cada filósofo explica algún secreto de la naturaleza. Lo que cada cual en particular añade al conocimiento de la verdad no es nada, sin duda, o es muy poca cosa, pero la reunión de todas las ideas presenta importantes resultados. De suerte, que en este caso sucede a nuestro parecer como cuando decimos con el proverbio: ¿quién no clava la flecha en una puerta? Considerada de esta manera, esta ciencia es cosa fácil. Pero la imposibilidad de una posesión completa de la verdad en su conjunto y en sus partes, prueba todo lo difícil que es la indagación de que se trata” (Cap I, Libro II).
Enseguida de ese párrafo está el pasaje que mejor ilustra lo que vengo exponiendo. Allí Aristóteles nos da la magistral lección acerca de lo que propiamente es el dominio de lo metafísico, esto es, de aquello que es primero en el orden del ser y último en el orden del conocimiento. Dice el Maestro que las evidencias del ser, las verdades primeras, los primeros principios de las cosas, son tan claras y tan simples que no llegamos a verlas con la modestia de nuestros instrumentos sensibles; utiliza una comparación de perfecta plasticidad: “Lo mismo que a los ojos de las aves nocturnas ofusca la luz del día, así a la inteligencia de nuestra alma la ofuscan las cosas que tienen en sí mismas la más brillante evidencia”.
Nunca desde que trabé contacto con esta enérgica imagen dejé de asociar la exigüidad de nuestras fuerzas intelectuales con el pavor y de las oscuras aves de la noche tropezando en la blanca luz del día.