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Apenas circulo por calles de esta ciudad sucia y sombría; y las pocas veces que lo hago con frecuencia me encuentro con personas que me piden les recomiende un libro. En vano trato de explicarles que si bien leo algunos de los materiales que llegan al país, me siento inclinado a tratar únicamente con textos clásicos.
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Sin embargo hoy reconozco que la oportunidad manda; por eso quiero condescender a varios de esos reclamos y encarecer la lectura de un libro que se publicó en París en 1997, que en su momento comenté en esta columna y que las circunstancias han determinado que resulte actual. Me estoy refiriendo a El libro negro del comunismo (Ediciones B), una obra polifónica que reúne de modo ordenado el repertorio de crímenes cometidos por la escrupulosa puesta en práctica de la ideología marxista, que tantos adeptos obtiene en estos opacos márgenes del mundo real.
Copio algunos párrafos que me parecen decididamente destinados a ilustrar, por vía de la advertencia, muchos de los aspectos que no siempre sabemos ver cuando los tenemos cerca, debido principalmente a la condición desmemoriada de mucha gente, a la nunca despreciable presencia de la idiotez en vastos sectores de la opinión y a la silvestre credulidad que reina en esta parte del mundo. Refiriéndose a lo que el libro denuncia, dicen los autores: “Los crímenes del comunismo no han sido sometidos a una evaluación legítima y normal, tanto desde el punto de vista histórico como desde el punto de vista moral. Sin duda, esta es una de las primeras ocasiones en que se intenta realizar un acercamiento al comunismo interrogándose acerca de esta dimensión criminal como si se tratara de una cuestión a la vez central y global. Se nos replicará que la mayoría de estos crímenes respondían a una legalidad aplicada por instituciones que pertenecían a regímenes en ejercicio, reconocidos en el plano internacional y cuyos jefes fueron recibidos con gran pompa por nuestros propios dirigentes. Pero ¿acaso no sucedió lo mismo con el nazismo? Los crímenes que exponemos en este libro no se definen de acuerdo con la jurisdicción de los regímenes comunistas, sino con la del código no escrito de los derechos naturales de la humanidad”.
En relación con la política en la que inevitablemente deriva la opción socialista, dice el libro:
“La historia de los regímenes y de los partidos comunistas, de su política, de sus relaciones con sus sociedades nacionales y con la comunidad internacional, no se resume en esa dimensión criminal, ni incluso en una dimensión de terror y de represión. En la URSS y en las “democracias populares” después de la muerte de Stalin, en China después de la de Mao, el terror se atenuó, la sociedad comenzó a recuperar su tendencia y la coexistencia pacífica —incluso si se trataba de “una continuación de la lucha de clases bajo otras formas”— se convirtió en un dato permanente de la vida internacional. No obstante, los archivos y los abundantes testimonios muestran que el terror fue desde sus orígenes una de las dimensiones fundamentales del comunismo moderno. Abandonemos la idea de que determinado fusilamiento de rehenes, determinada matanza de obreros sublevados, determinada hecatombe de campesinos muertos de hambre solo fueron accidentes coyunturales, propios de determinado país o determinada época. Nuestra trayectoria supera cada terreno específico y considera la dimensión criminal como una de las dimensiones propias del conjunto del sistema comunista durante todo su período de existencia”.
Y para los que piensan que la aventura de los comunistas y socialistas es una variante de la filosofía humanista, quedan a la vista las cifras de sus muchos crímenes: “El comunismo ha cometido innumerables: primero, crímenes contra el espíritu, pero también crímenes contra la cultura universal y contra las culturas nacionales. Stalin hizo demoler centenares de iglesias en Moscú. Ceausescu destruyó el corazón histórico de Bucarest para edificar en su lugar edificios y trazar avenidas megalómanas. Pol Pot ordenó desmontar piedra a piedra la catedral de Phnom Penh y abandonó a la jungla los templos de Angkor. Durante la Revolución Cultural maoísta, los guardias rojos destrozaron o quemaron tesoros inestimables. Sin embargo, por graves que pudieran ser a largo plazo esas destrucciones para las naciones implicadas y para la humanidad en su conjunto, ¿qué peso pueden tener frente al asesinato masivo de personas, de hombres, de mujeres, de niños?”. La cifra alcanza los 100 millones de muertos, un número difícil de esconder aun para los hábiles o cínicos; imposible de ignorar por los distraídos.
Este libro nunca fue desmentido; sí radiado, escamoteado. Hay temas de las que los totalitarios —socialistas y comunistas y elementos serviles a sus fines— no hablan. Lo triste es que sus enemigos, que todavía creen que son meramente adversarios, no se lo recuerdan. Pero allí está de pie esa ideología y allí su saldo. Y se podrá ignorar, como se hace; pero es demasiado grande como para que no se note.