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Antaño no fue peor ni mejor que ahora: fue igual. Mataban por ambición, se quitaban la vida por amor, morían de hambre y soñaban con mejores tiempos. Siempre llovió y siempre paró. Siempre hubo políticos, tenderos y poetas; vagabundos, ricachones y bufones; soldados, vigilantes y putas. Y de todo eso se puede hacer comedia y también tragedia.
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Resulta que al señor Shakespeare se le ocurrió escribir una historia de dos amantes y no tenía demasiadas ganas de moverse, y quizá ni siquiera de escribirla. Un pequeño equipo de producción viajó por él y le sugirió que lo mejor para este drama de dos adolescentes condenados al amor eterno y también al mayor de los fracasos por ese mismo amor, sería ubicarlo en algún lugar de la bella Verona, y más precisamente en una casa señorial del siglo XIII, cerca de la piazza delle Erbe, en la Vía Capello 27.
Dicen que el hogar era propiedad de la familia Capello, hoy convertido en un museo que recibe visitas multitudinarias. El asunto es que los turistas que peregrinan allí para ver la casa que supuestamente perteneció a los Capuleto, la familia de Julieta, y en particular para ver el célebre balcón —una construcción nueva aunque acorde a la estética de la fachada—, sienten la cercanía de la historia, sienten que la literatura y el teatro, que la ficción en todo su esplendor se puede tocar y te podés fotografiar inmerso en ella.
Capaz que la casa de los Capello tiene que ver más con Fabio, el entrenador de fútbol, que con Julieta y Romeo. Es igual, allí van los enamorados de todas las edades y dejan sus cientos, miles de cartas en el patio, como en otras partes se cierran candados de amor en torno a las fuentes o a los puentes.
No importan Shakespeare ni su obra. La gente que visita la casa tiene una idea popular, beat y mediática de este amor trágico entre montescos y capuletos. Y es tanta la basura que dejan los turistas con sus cartas de amor en todos los idiomas, que resulta necesario limpiar el muro y tirar todo a la mierda una vez al mes, o menos.
Es más: el Ayuntamiento de Verona, que siempre necesita dinero, cobra entre 600 y 1.000 euros por realizar el matrimonio civil en el tan mentado balcón. Y lo pagan.
También existe una ruta trucha de Drácula en Rumania. Varios boliches y tabernas con chucherías se adjudican el derecho a decir que por allí pasó el sanguinario conde, y también venden sus artesanías a los turistas. En realidad, la auténtica ruta de Vlad Tepes tiene que ver con los tortuosos y enmarañados caminos de quien se introduce en los Cárpatos sin GPS o con el celular descargado.