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    Basura latinoamericana

    De pronto me percato de que, otra vez, veo seres humanos hurgando en la basura.

    En los últimos años, con la bonanza económica y las políticas sociales, me sentí aliviada de que había mermado el trasegar de carritos. Y de personas que, sosteniendo con un palo la tapa de los contenedores, revolvían concienzudamente allí adentro.

    Mi barrio pretendía haber solucionado la infinita cuestión de la basura con flamantes contenedores blindados. Su objetivo, supongo, además de mantener la ciudad más limpia, podía ser social. Era una forma elegante de proponer a los hurgadores que, en lugar de realizar esa tarea peligrosa y humillante para sobrevivir, pidieran auxilio al Mides.

    Sin embargo, ni aun los contenedores blindados dejaron de ser visitados. No es difícil acceder a la basura de un contenedor de la Ciudad Vieja o del Centro.

    Ellos ya están muy deteriorados. Por ejemplo, aquellos destinados a recibir residuos secos, los naranja, pronto perdieron su sutil cortinita de flecos de goma. Es más fácil buscar entre la basura sin ese obstáculo.

    Y los contenedores verdes, los que contienen basura húmeda ¿orgánica? son profundamente vulnerables e insuficientes. A menudo están repletos. Desbordan repugnantes bolsas y también, como una guirnalda, presentan una rueda de bolsas desgarradas a sus pies.

    Quienes hurgan la basura, para comer (en mi barrio abundan las rotiserías y los restaurantes y el despliegue de comida chatarra es mucho), aprovechan aquel caos. Con un pincho van pescando las bolsas que extraen de ese cajoncito verde, que además está mugriento.

    Escucho decir a una responsable de las políticas sociales que las personas que deambulan por la calle (y que duermen en la calle, defecan en la calle, y comen la basura de la calle) son personas enfermas. La legislación actual no permite obligarlas a abandonar la calle e ingresar a un hospital o a un hogar.

    Azorada, medito sus palabras y pienso que toda legislación puede cambiarse, pero que quizás en algunas escalas políticas sea más importante el derecho humano “libertad” que el derecho humano “dignidad”.

    No lo sé, solo veo que en los últimos tiempos una población joven, que ha crecido durante los gobiernos del Frente Amplio, pulula en desgarrador paisaje urbano.

    “Al menos no hay niños”, me consuelo. “Un logro de estos gobiernos”, me digo. Aunque no sé qué fue de esos niños de pasadas décadas que ayudaban a su padre con la organización de las bolsas arriba del carro. Ojalá hayan estudiado. Ojalá tengan un trabajo. Ojalá vivan en una casa de verdad.

    Pero días pasados he escuchado a Capriles, que me resultó por cierto un muy buen orador, explicar a una multitud de periodistas que hay tres millones de venezolanos que en este momento revuelven basura para comer. Comer es una tarea ardua en Venezuela. Y dio un dato: en promedio, en un año los venezolanos han adelgazado diez kilos.

    El Mercosur genera basura. Y sus ciudadanos comen basura.

    Yo pensaba que el siglo XXI nos encontraría mejor parados.