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    Batuta, micrófono y catarsis

    Benjamín Zander y sus jóvenes bostonianos

    No es fácil transmitir en blanco y negro lo que ocurrió el lunes 26 por la noche en el cuarto concierto de la Temporada del Centro Cultural de Música en el Teatro Solís. Porque si bien en el papel se trataba de un concierto “tradicional”, en los hechos fue una experiencia totalmente diferente. Y eso debido a la presencia carismática y única del maestro Benjamin Zander a cargo de la conducción de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Boston.

    Más de cien jóvenes de entre 12 y 21 años colman el escenario donde no queda espacio ni para un alfiler. Zander entra con una mirada luminosa y una sonrisa tierna y lo primero que toma no es la batuta, es el micrófono. Porque él es un músico, sí, y un gran músico, pero también un magistral comunicador (Búsqueda Nº 1.923). En un inglés de dicción perfecta explica la breve historia de Finlandia, de Sibelius, que interpretará a continuación. Refiere entonces al autoritarismo de la Rusia zarista, al sufrimiento y la resistencia del Gran Ducado de Finlandia, y extrapola aquella lucha con la defensa de la libertad y la resistencia, al despotismo en todos los tiempos. Lo dice con aplomo, con convicción, con intensidad. Su familia de origen es judía y sabe de qué está hablando. El teatro estalla en aplausos. Transcurre Finlandia con absoluta corrección: Zander en control absoluto de la orquesta, los jóvenes respondiendo con fuerza, buen sonido en todos los sectores.

    Para tocar el Concierto para violín op. 47 de Sibelius ingresa InMo Yang, un coreano de 22 años. La interpretación es una nueva prueba de la solvencia de la orquesta de jóvenes y de Zander como acompañante. InMo Yang muestra afinación, digitación y arco infalibles, pero su sonido no se expande. Es un sonido más bien pequeño, que logra llegar algo más en pasajes lentos, como el del segundo movimiento, pero que parece verse comprometido en el alcance cuando las exigencias de tiempo se aceleran. Micrófono en mano, Zander nos cuenta que el joven coreano es la primera vez que toca este concierto y lo hace aquí, en Uruguay. Que ganó en 2015 el primer premio en el prestigioso Concurso Internacional Paganini, donde hacía nueve años que ese primer premio venía declarándose desierto y pronostica que será uno de los grandes violinistas. Habrá que seguirlo.

    Para la segunda parte, con la Quinta sinfonía de Prokofiev, Zander toma el micrófono y nos cuenta que esta obra es música pura y no tiene, como otras, una historia atrás. Como no puede con su genio y con esa sonrisa intransferible, nos cuenta las circunstancias en que fue escrita, al final de la II Guerra Mundial, con Rusia ya derrotando a Alemania, con algunos cañonazos que pueden escucharse al final del primer movimiento, con la ternura posterior al sufrimiento que traduce el adagio y con la alegría y el bullicio del allegro giocoso final, señal del fin de la guerra. Cuenta también que al finalizar la ejecución, el día de su estreno en Moscú en 1945, el propio Prokofiev, que dirigía la sinfonía, debió agradecer los aplausos del público, que duraron 30 minutos. Entonces Zander empuña la batuta y se produce el primer milagro estrictamente musical de la noche: una obra dura y densa es expuesta con una transparencia, un vigor y una musicalidad inusuales. Hay claridad de lectura, hay chispa, hay exasperación, hay frenesí. Hay un brujo en el podio frente a más de cien jóvenes discípulos que lo obedecen embobados. Una maravilla.

    Zander agradece, dice que es la primera vez que viene a Sudamérica, habla de la calidez de estos públicos y anuncia que hará algo que puede considerarse una locura: tocar Stars and Stripes, que es la marcha nacional de los EE. UU. Murmullo en el teatro. Entonces empieza a enumerar principios y valores universales, y en obvia alusión a Trump, dice que algunos de esos principios en su país están momentáneamente amenazados, pero que estas tormentas cortas no podrán mover las raíces del árbol, porque esos valores no son de los ciudadanos norteamericanos sino de los seres humanos. El teatro explota en aplausos.

    De nuevo empuña el micrófono para despedirse. Se nota que lo hace con aflicción auténtica, con empatía a flor de piel. Y anuncia que la despedida será con Nimrod, la novena de las Variaciones enigma, del compositor británico Edward Elgar, que es una pieza breve de indescriptible belleza y majestuosidad. La orquesta la hace como los dioses. Un pico emocional atraviesa la sala.

    En sus concierto-conferencias, Zander ha reiterado que su recompensa más preciada después de un recital son los shining eyes de los espectadores; los ojos llorosos por la emoción. La otra noche, en esa catarsis colectiva en el Solís, consiguió varios.

    Vida Cultural
    2017-06-29T00:00:00