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Dos maneras recientes del cine retratan la llegada de Diego Armando Maradona al Napoli. La primera pertenece al inglés Asif Kapadia. Su excelente documental de 2019, Diego Maradona, comienza con un montaje excitante. Un compendio de jugadas, declaraciones, goles, conferencias e imágenes tomadas por los paparazis construye, al son de una música techno adictiva, el periplo del argentino hasta Italia. Nada se detiene. Boca, Barcelona y benvenuto. La exaltación de la secuencia crece con cada aparición del jugador dentro y fuera de la cancha. Ante una pregunta de la prensa sobre qué espera de la ciudad de Nápoles, Maradona responde, todavía sin bajarse del avión, lo que hoy sabemos no se cumplirá. “Espero tranquilidad”. Con Kapadia va, entonces, la realidad, apurada como siempre.
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La segunda manera, la más reciente, corresponde a la ficción. En Fue la mano de Dios, el cineasta italiano Paolo Sorrentino toma el camino opuesto a Kapadia para ilustrar lo que significó para él, un napolitano nacido en 1970, el arribo del Diego. La escena se ambienta en una tarde calurosa pero con una brisa reconfortante, de esas que probablemente abundan cerca del Vesubio. Maradona maneja un auto, pero ni el conductor ni el coche se mueven. Tampoco lo hacen los transeúntes que lo observan a su alrededor. El único movimiento permitido es el de la cámara, que se detiene suavemente en los personajes paralizados que, ante la presencia del Diez, han sido congelados por y en el tiempo. Se transmite una tranquilidad absoluta en el aire, respuesta al encanto del argentino que conquistó una ciudad entera con sus pies.
No es el único momento mágico de Fue la mano de Dios, pero sí uno de los más memorables. La película no se centra realmente en el cada vez más mítico jugador argentino, pero en torno a él sí gira una de las ideas principales de esta historia: un instante, tan mundano como puede ser un encuentro callejero, es más que suficiente para cambiar una vida por completo.
En su película más personal hasta la fecha, Sorrentino traslada su vida a la piel de su personaje principal: Fabietto Schisa, un adolescente italiano de 17 años. Flaco, alto y de rulos, a primera vista el sujeto interpretado por Filippo Scotti bien podría ser un Timothée Chalamet que sabe lo que es una rabona. Tímido pero observador, Fabietto es el croquis de una persona en proceso en medio de una familia grande, excéntrica y pintoresca. Parece haber un puñado de sueños e intereses por fuera del fútbol, pero rara vez son transmitidos por una voz que prefiere silenciarse en el confort de un walkman. No hace falta decir mucho cuando todos a tu alrededor discuten, con fervor, sobre política, deportes y el comienzo del capítulo italiano de una leyenda futbolística mundial.
Como adolescente, Sorrentino vivió la construcción del mito maradoniano en Nápoles. En Fabietto, el director y guionista se hizo de un conducto con el cual reconstruir y reformar parte de su juventud, de su familia y de una tragedia inconmensurable que unió a los dos elementos mientras Maradona se calzaba la camiseta celeste.
Las motivaciones suenan algo familiares: “Director consagrado regresa a su ciudad natal para explorar las huellas de su pasado”. Afortunadamente, Sorrentino no regresa como lo hacen otros. Su caso sí es, indiscutiblemente, uno de éxito, y dentro de él se encuentran su oscarizada La gran belleza (2013) y, más recientemente, las series The Young Pope y The New Pope, ambas para HBO. Al momento de narrar su propia película sobre el crecimiento juvenil, Sorrentino se planteó, como si fuera una flor, remover cada uno de los pétalos más conocidos de este tipo de historias en el cine. Afuera quedaron, en palabras de su director, “las trampas de la autobiografía convencional”. En su lugar quedó una historia sorprendente y compasiva.
Fue la mano de Dios se divide de forma bien clara: por un lado, hay un retrato de una familia bajo la mirada de uno de sus miembros más jóvenes y, por otro, está la reformulación de una identidad luego de una pérdida dentro de ese núcleo. Sorrentino, quien ha contado que escribió el guion de la película en un frenesí de dos días, se zambulle en el mar de la memoria, repleto de lágrimas pero sobre todo de jolgorio. Son recuerdos que se apilan con diferentes grados de felicidad o tristeza, pero nunca se sienten como una experiencia distante. Más bien, y tal vez por los puntos en común entre algunos rasgos de lo uruguayo y de lo italiano, son memorias que parecen estar al alcance de la mano.
Despojado de algunos de los recursos visuales rimbombantes con los que ha construido su filmografía, Sorrentino emprende una búsqueda más sobria, por la empatía, sin dejar de lado nunca las posibilidades de una puesta en escena capaz de evocar emociones. Y aunque no podemos asegurar casi nunca cómo se siente Fabietto, sí podemos arriesgarnos nosotros a sentir algo parecido. Sus vivencias construyen una vida en Nápoles fascinante, un espejo cinematográfico del propio director y narrador pero también, inexorablemente, el reflejo de quien haya alguna vez vivido en un hogar donde nunca se sabía qué personaje cercano y colorido podría ocupar algunas de las sillas libres en la mesa.
La memoria fílmica de Sorrentino no se detiene a cuestionar el amor familiar, sino a repensar los efectos artísticos que tuvieron en él todo lo amoroso y doloroso que gira en torno a una familia como unidad. Hay un retrato por momentos angustiante pero siempre humanista en todas esas personalidades de su vida, en particular de las mujeres de la ficticia pero real familia Schisa. Las mesas repletas de comensales, una figura matriarcal insoportablemente violenta y la bendita televisión, con sus transmisiones deportivas como el máximo centro de entretenimiento, son parte de una ciudad recordada con belleza por su exhabitante que ha decidido rendirle tributo de la forma que mejor sabe: mediante el cine.
¿Y dónde entra Maradona, finalmente? Se puede adelantar que lo hace como una fuerza protectora capaz de salvar milagrosamente a sus devotos, incluso cuando no tenga la intención de hacerlo.
Hay algo de milagroso, incluso, en el propio estreno, porque Fue la mano de Dios es una película de Netflix que la plataforma tendrá dentro de su catálogo a partir del 15 de diciembre. Sin embargo, y al igual que la comedia estadounidense No mires arriba, que se estrena hoy jueves 9, la película de Sorrentino (candidata por Italia al Oscar) contó con un lanzamiento exclusivo en salas, una estrategia atípica en Uruguay por parte del gigante de streaming, que anteriormente había exhibido Roma y El irlandés en Cinemateca, en 2018 y 2019, respectivamente.