• Cotizaciones
    sábado 11 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Benito en la Rosada

    N° 1720 - 04 al 10 de Julio de 2013

    Hace 40 años, cuando el general Juan Domingo Perón asumió por tercera vez la Presidencia de Argentina, un relato popular ironizaba sobre su fingido romance con los guerrilleros montoneros. Ante una bifurcación de caminos, el chofer de Perón detuvo el auto y le preguntó: “¿Qué camino tomo, general?”. Rápidamente le ordenó: “¡Poné el señalero a la izquierda pero doblá a la derecha!”. La orden desnudaba su filosofía fascista oculta detrás de un discurso populista, asistencialista e izquierdista. El mismo discurso que fue adoptado, en menor o mayor medida, por los siguientes presidentes de su partido. Cristina Fernández se lleva el premio mayor.

    En América Latina varios tienen el mismo tranco. En todos, uno de los más notorios ejemplos totalitarios surge de sus confrontaciones con el Poder Judicial del cual pretenden obtener sentencias que satisfagan sus pretensiones políticas desestimando los fundamentos jurídicos. Cuando la respuesta es negativa despliegan una ira incontenible. Como ocurrió aquí en los dos ataques contra la Suprema Corte de Justicia.

    Fernández dijo que pretendía “democratizar la justicia”. Un discurso cuyo único objetivo era imponer su dominio sobre el sistema judicial. Inventó un sistema para reformar el Consejo de la Judicatura que elige y cesa a los jueces. Proponía que sus integrantes fueran afiliados a partidos políticos y elegidos en elecciones populares en lugar de serlo por sus pares. Claramente inconstitucional, algo que ella bien sabe porque es abogada. Finalmente se impusieron los principios jurídicos y la Corte Suprema le dio un revés al voluntarismo político y declaró a la ley inconstitucional.

    De inmediato estalló esa ira fascista y la presidenta calificó a la sentencia como un “veto” en el sentido político. Les planteó a sus seguidores un falso razonamiento: “Ha aparecido un derecho de veto que hoy ya se ha trasladado al Poder Judicial, que veta las leyes que hacen legisladores y el presidente (…); el Poder Judicial le ata las manos al Estado”.

    Como probablemente le pareció insuficiente, avanzó para desconocer el irrestricto derecho de los jueces a sentenciar de acuerdo con su leal saber y entender. Y volvió a utilizar argumentos efectistas: “Aquellos (los jueces) que creen que pueden a través de una resolución (una sentencia) frenar el crecimiento y el avance de la democracia, sepan que solo podrán hacerlo por un tiempo (el que ella pretenda) porque nunca ninguna sociedad toleró durante mucho tiempo que se le impida elegir a los órganos políticos (el Consejo de la Magistratura) que marca la Constitución”. De alguna manera, exhortó a la rebelión social sin considerar que puede transformarse en un boomerang.

    A continuación amenazó: “Más temprano que tarde los argentinos van a poder votar democráticamente a todos los órganos políticos de la Constitución”. Nuevamente el engaño. Como si las sentencias judiciales no fueran democráticas y lo único democrático fueran las decisiones políticas del Poder Ejecutivo de turno. Siguió las directivas de su asesor, el ex juez español Baltasar Garzón, expulsado de la carrera judicial por ordenar escuchas ilegales, pese a lo cual acaba de estar en Uruguay aconsejando a organizaciones sociales y a fiscales. Corrupción no es solo apropiarse de dinero; es también violar conscientemente la ley aunque los afectados sean delincuentes.

    Ante la adversidad, Fernández irrumpió con esos argumentos que mucho se parecen a un golpe de Estado. Desconoció y descalificó al Poder Judicial —tan poder como el que ella representa—, y azuzó elípticamente a los militantes de “La Cámpora” (émulos modernos de los fasci di combattimento de Benito Mussolini), en contra de los fallos judiciales y de los jueces. Como en Uruguay, fachos con disfraz izquierdista.

    La presidenta no es de sexo masculino, no es calva, no usa uniforme, camisa negra, botas militares ni birrete. Tampoco saluda desde el balcón con la mano derecha levantada. Pero es Mussolini redivivo. Utiliza sus mismas tácticas: es despótica, no admite cuestionamientos, miente y genera confusión entre sus seguidores. Les hace creer que son deudores de sus políticas sociales y asistenciales, se apoya en la propaganda, fuerza normas para gobernar a su antojo e intenta dominar a los medios de comunicación y a los periodistas que no le son fieles. Eso hasta que aparecen los administradores de la ley y la Constitución para ponerle freno. Por eso pretende digitar a los jueces.

    Mientras ella desafía y descalifica al Poder Judicial generando desconcierto, la crisis social y económica argentina aumenta, y de su mano el descontento popular y los riesgos para la estabilidad institucional. Debería observar lo que enfrenta su colega, la brasileña Dilma Rousseff: no hay circo de goles que frene los reclamos de pan y honestidad política.

    Hace poco alguien me recordaba el momento en que los partisanos capturaron a Mussolini el 28 de abril de 1945 y lo “ajusticiaron”. Una brutal reacción de quienes habían vivido bajo su bota y que actuaron igual que “Il Duce”, rechazando la intervención de la justicia.

    Esa anécdota me trajo a la memoria un anónimo proverbio oriental que advierte sobre el riesgo de determinadas acciones y procedimientos: “Mal acabará quien pretenda adentrarse en el futuro ignorando lo que sucedió en el pasado”. Muchos deberían leerlo cada día.