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    Blancas y negras al sol

    Ajedrez en la Plaza Líber Seregni

    El sol cae en picada sobre la cabeza de niños, adolescentes y adultos que recorren la Plaza Líber Seregni a las 11 de la mañana del domingo 24. Todo parece más o menos igual que siempre: la fuente lanza unos chorros altos y escandalosos, algunos chicos juegan a la pelota o corren hacia las hamacas.

    Pero en una zona en particular se ve mucho movimiento, gente que arma mesas y paneles donde se pegan papeles (luego se verá que son chistes gráficos) y acercándose un poco más, se observa que varias personas llevan remeras negras con piezas de ajedrez dibujadas en blanco. Lo que sucede es que este día se celebra un encuentro de “Ajedrez para la convivencia”, organizado por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), un programa que funciona desde principios de este año.

    “¡Mirá! Están jugando a las damas!”, grita un niño entusiasmado que se acerca a las mesas donde ya se han dispuesto algunos tableros. “No: es a-je-drez. No toques nada que están jugando una competencia”, le responde admonitoria su madre. A pesar de que aún no se terminó de montar el tinglado, algunos adultos ya están jugando, concentrados, pegando con ganas al reloj que mide el tiempo de la estrategia y la jugada de uno y otro lado. No levantan la mirada, no hablan. “¿No vale pensar?”, le dice un jugador a otro. Más tarde algunos sí hablarán e incluso se reirán, para aminorar la bronca de ir perdiendo la partida.

    Sobre un costado domina la atención de los visitantes un tablero gigante de cuadrados blancos y negros que sirve para que los más pequeños aprendan los movimientos principales de este juego calificado como un deporte. Un chico que ya casi es un adolescente de boina y remera del Indio Solari se vuelca sobre las piezas grandes, las mueve, piensa y espera que sus compañeros hagan lo propio. Diversión distendida es lo que se respira durante estas tres horas en la Seregni.

    Sentado a una mesa uno de los jugadores lleva rastas largas y remera de color verde intenso: “Dejá que me matan enseguida y sigo viaje”, bromea. Termo y mate mediante, a los pocos minutos dice por lo bajo: “Qué porquería esto”. Va perdiendo, claramente.

    Un veterano que lleva un gorro rojo de visera señala una pieza y le dice profesoralmente a un niño: “¿Sabés cómo se llama eso? Peón”. Se escuchan risas después de que su contrincante pone en jaque al docente de visera colorada. Otro profesor llega al lugar. Se llama Fernando Bonilla y está rodeado por una bandada de niños inquietos: “Traje a mi tribu”, aclara como si hiciera falta.

    Quien va indicando cómo se arman y desarman las cosas ese día es Esteban Jaureguizar, profesor de ajedrez, vicepresidente de la Federación Uruguaya de Ajedrez y coordinador del programa del MEC. Cuenta que comenzaron en febrero, con la intención de coordinar iniciativas que consideran el ajedrez como un bien social y cultural al servicio de otros programas relacionados con el desarrollo humano y educativo.

    La Federación venía trabajando de manera cercana junto al MEC y les pareció interesante tener un programa específico que permitiera articular políticas públicas con el Ministerio de Desarrollo Social, Primaria y la Universidad de la República. Actualmente trabajan en 32 escuelas de tiempo completo que incluyen el ajedrez en sus currículas. La idea de esta jornada fue sacar el juego a la calle “para disfrutarlo libremente”.

    Para el ajedrecista, el juego posee una flexibilidad tal que permite que lo practique un niño de cinco años con una persona de 40, 50 o 70 años. “Porque si imaginamos un partido de fútbol entre padre e hijo, el papá juega pero más bien está prestando el cuerpo. En el ajedrez, en cambio, pueden estar jugando los dos por igual. Es una de las cosas positivas que le permitieron sobrevivir durante tanto tiempo”.

    A las mesas y el tablero gigante se sumaron otras propuestas, como un stand con profesoras de plástica donde los niños representaban las piezas en cerámica y los juegos de “preajedrez” artísticos, diseñados con fines didácticos y lúdicos para jugar con reglas simplificadas, como por ejemplo, un caballo que tiene que comer la mayor cantidad posible de monedas.

    Jaureguizar empezó a jugar de chico con su papá en casa y antes con su abuelo, quien tenía una mesa de ajedrez hermosa, que heredó, provista de piezas talladas en un material similar al marfil. Pero este abuelo decía que los niños no debían jugar al ajedrez. “Entonces yo le robaba las piezas cuando él no estaba y jugaba con los caballitos alrededor del tablero, porque me daba una intriga bárbara. Cuando tenía 15 años mi tío, que era su rival, me enseñó a jugar y de esa partida recuerdo que le comí un alfil y fue como un trofeo impresionante”. A los 16 ya estaba dando clases.

    Bonilla, siempre pendiente de sus alumnos, empezó con clases particulares de ajedrez, luego se sumó al programa y ahora está en la Escuela 321 de Casavalle. “¡Alfonso! ¿No le das tableros a mis niñas?”, exclama a un colega de “Ajedrez para la convivencia”. Y le dice a una de las nenas: “Él es mi maestro de ajedrez, porque ahora soy profesor pero antes tuve mi maestro”.

    Tiene 42 años, empezó a mover las piezas sobre el tablero a los ocho años y en 1986 salió cuarto a nivel nacional. “Siempre me atrapó el ajedrez. Viene de familia, porque aunque parezca mentira mi abuela llegó a las finales del Campeonato Uruguayo de Ajedrez, en 1980 y pico... Y mi tío, Hebert Pérez García, vive del ajedrez en Holanda, dando clases y como periodista especializado para cinco revistas europeas”.

    Los niños forman un remolino alrededor de Bonilla, le piden que les enseñe a jugar, que los lleve al baño; le dicen que tienen hambre, le preguntan qué es eso que están armando más allá. Bonilla, con paciencia infinita y ganas de atenderlos, pide disculpas: “Perdoná que me interrumpen”. Y sigue contando: “Por distintas circunstancias de mi vida dejé de jugar. Me casé, a mi mujer no le gustaba mucho el ajedrez, entonces para no tener problemas con ella no jugaba. Después me separé y pude volver. Y dije que no lo iba a soltar, nunca más, por nada”.

    Al ajedrez tiene que agradecerle, además, no haberse vuelto loco. “Se me dieron cosas muy difíciles en mi vida. Perdí a una hermana con la que era muy apegado y en ese momento el ajedrez me sacó adelante. Trabajaba todo el día y después me iba a jugar. No pensaba ni me importaba más nada”. Le cuesta contarlo, aún hoy. “Mi hermana mayor tenía un almacén, la asaltaron y la mataron, lamentablemente. Es algo que no le deseo a nadie. Me di cuenta de que si seguía bien en la vida, sin cometer ninguna locura, era gracias al ajedrez”.

    Entonces pensó en devolverle al juego lo que este le había dado, enseñando. “Todo lo que uno hace por un niño más adelante lo verá reflejado, porque te lo devuelven. Es algo que sentís acá adentro, que no sé cómo explicar: te demuestran que te quieren de una manera muy linda”. Bonilla cuenta que siempre le preguntan cuándo tienen clase de ajedrez. Y que también ellos necesitan un cariño o contacto que no encuentran en la casa. Termina la entrevista cuando vuelve a pedir disculpas y se dirige, jovial, a “sus” chicos: “Ahora vamos a ir a conocer a otros niños, ¿ta?”.

    Es la una de la tarde y el sol achicharra las molleras. Más de uno seguramente está pensando en los ravioles del mediodía. En la siesta. O en ir a ver el clásico Peñarol-Nacional. De a poco el tinglado comienza desmontarse. Y en más de uno palpita la idea de empezar a jugar o de seguir dominando este juego milenario.