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    Bombas sin guerra

    Se cumplieron 80 años de la estadía de Federico García Lorca en Uruguay. El escritor español más famoso del mundo pasó seis meses en Buenos Aires y 18 días en Montevideo.

    En el Hotel Carrasco, en la sala de baile con vitró ovalado, se le hizo un homenaje. Llegué a las corridas y bajo la lluvia y no pude advertir los “añadidos” cementosos que se le hicieron al bello hotel original.

    Eduardo Roland insistió en que aquí Lorca fue acosado y aplaudido como si fuera hoy una estrella de rock. “Hoy… ¿quién recibiría así a un poeta?”.

    No sólo Lorca fue fulgurante: también lo era Montevideo.

    En 1934 Montevideo podía seducir a un hombre como Lorca. Lo acogió en este hotel de lujo, que no era el único sobre el mar: también estaba el de Los Pocitos y el Parque Hotel.

    Loustauneau trazó el itinerario de Lorca: fue invitado a una recepción en la casona Baldomir, el palacio de Rivera y Bulevar convertido no hace muchos años en polvareda. Dio conferencias atiborradas de público en el Teatro 18 de Julio, de fachada art-nouveau, que cayó en cascotes alguna vez para convertirse en un gran cine, luego decrépito. (La planta baja fue devorada, no por las llamas, sino por un supermercado. El alma de aquel teatro sólo lo conserva la calidad de las películas de Cinemateca, en la planta superior).

    El primer día que llegó Lorca, su amigo Enrique Amorim lo llevó en su cochazo a Atlántida. La vía en aquellos tiempos era 8 de Octubre. Amorim, hombre de exquisita cultura, jamás lo llevaría por el 8 de Octubre actual.

    Pero en 1934 no era el vergonzoso río urbano que es hoy, mezcla infinita comercial, informal, militar y fonasista, sino una avenida de hermosas casas que Lorca habrá admirado con su famosa sonrisa.

    Al terminar el evento, los asistentes al homenaje brindamos en el lobby del hotel. Saliendo de la sala, me topo con unos caballos que parecen venidos de un “Todo a 10”, made in China.

    ¿Qué hacen en el Hotel Carrasco estas horrendas estatuas?”, me azoro.

    Felicito a Loustauneau: comentamos la depredación que ha sufrido Montevideo en pocas décadas. Algo queda. Un amigo suyo europeo quedó enamorado del edificio de 18 y Yaguarón, con columnas de lápislázuli, tan parecido a los de Viena.

    Y le digo a Fernando: “¿Vos te das cuenta que Viena tuvo dos guerras mundiales y sigue impecable, y a Montevideo la hicieron pomada?”.

    He escuchado muchas veces hablar de la obvia capacidad destructiva de la dictadura para demoler bellezas: el Medio Mundo, el Teatro Artigas, la Ciudad Vieja…

    Pero algunas democracias pueden ser también dictaduras, no de balas ni de botas, sino de mediocridad.

    Con colorados, con blancos, con frenteamplistas, se demolió la muralla, se levantó el Ciudadela sobre el Tupí Nambá, se cerró el viejo Sorocabana, se cayó el Hotel Juncal matando dos obreros, se pulverizaron cientos de casas y sus mármoles, puertas de roble, vitrales…

    Los europeos se empecinaron en destruirse y volverse a levantar, piedra sobre piedra.

    Los uruguayos en construirse y deshacerse.