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Rio de Janeiro (Gerardo Lissardy, corresponsal para América Latina). Basta dar una vuelta por las calles de Rio de Janeiro esta semana para notar cómo Brasil buscó tener bajo control cada detalle de la conferencia de desarrollo sustentable de las Naciones Unidas (ONU) que se celebra en esta ciudad. El despliegue de recursos humanos y materiales del país anfitrión en cada uno de los lugares vinculados al encuentro es gigantesco. El operativo de seguridad incluye soldados y policías a lo largo de todo el trayecto de kilómetros entre el aeropuerto internacional y la sede del encuentro, en Barra de Tijuca. La gran estatua del Corcovado, uno de los símbolos de Rio y de todo Brasil, fue iluminada por completo de verde. En la rambla de la playa de Botafogo, un taxista señalaba irónico en estos días cómo fueron pintadas hasta las líneas blancas de la nueva calzada, que antes faltaban. “Esto lo hacen solo cuando vienen presidentes”, comentó.
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Con cerca de un centenar de jefes de Estado y gobierno viajando a Rio y 50.000 personas acreditadas para participar en la que ha sido definida como la mayor cumbre en la historia de la ONU, Brasil vio en este encuentro la ocasión de afianzar su influencia en temas ambientales y mostrar su ascenso en la escena global. El país llegó a enviar aviones a África y el Caribe para traer delegaciones de naciones pobres a la conferencia. Después de todo, este es el primero de una serie de grandes eventos que pondrán las miradas del planeta en el país sudamericano en esta década, incluido el Mundial de fútbol 2014 y los Juegos Olímpicos 2016.
Sin embargo, a medida que las negociaciones sobre la declaración final de Rio+20 encontraban obstáculos, varios de ellos aparentemente insalvables, y crecían las críticas al modo en que se conduce la conferencia, Brasil ha ido conociendo también los peligros de estar bajo el foco de atención internacional.
“Rio+20 tiene un resultado ambivalente para Brasil”, dijo Mauricio Santoro, un experto en asuntos internacionales de la Fundación Getulio Vargas, con sede en Rio. “Por el lado positivo, refuerza el papel de mayor liderazgo internacional que el país ha buscado en los últimos 20 años”, agregó en diálogo con Búsqueda. “Pero por el lado negativo está mostrando una serie de contradicciones del gobierno brasileño en relación al tema medioambiental”.
“Acción urgente”
La cumbre de Rio+20 fue convocada para discutir y acordar a escala global cómo lograr un equilibrio entre preservación ambiental y progreso económico. Además de la cuestión de desarrollo sostenible, en la agenda hay grandes temas como reducción de la pobreza y promoción de la igualdad social. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, definió esta conferencia como “una oportunidad en una generación”. Al inaugurarla formalmente el miércoles, Ban advirtió que el progreso en estos temas es demasiado lento y se está acabando el tiempo para enfrentar una serie de desafíos que enfrenta el planeta.
Pero la esperanza de reeditar el éxito de la Cumbre de la Tierra realizada en Rio en 1992, que permitió alcanzar convenciones en asuntos claves como cambio climático y biodiversidad, se fue desvaneciendo a medida que acababa la cuenta regresiva para el nuevo encuentro.
El martes, los negociadores lograron un acuerdo sobre el borrador del texto a ser aprobado por los líderes mundiales el viernes, denominado “El Futuro que Queremos”. Eso incluye el inicio de un proceso para establecer metas de desarrollo sostenible que se implementarían desde 2015, detalles sobre cómo la economía verde puede usarse para lograrlo, una mejora del programa ambiental de la ONU, promesas de protección de los océanos y un llamado a la “acción urgente” para cambiar el consumo y la producción sin sostenibilidad.
Pero el documento, diluido por Brasil para acordar un mínimo común denominador antes de la apertura oficial de la cumbre, carece de metas concretas en varios aspectos y faltan detalles o un calendario sobre cómo proceder. Tampoco hay referencias a demandas relevantes como el fin de los subsidios a los combustibles fósiles. Organizaciones no gubernamentales sostienen que se trata más de una lista de problemas ya conocidos que de nuevas soluciones a los mismos. Jim Leape, director general de la organización World Wild Fund (WWF), advirtió que “si ese texto propuesto por Brasil es aceptado, entonces el último año de negociaciones ha sido una pérdida de tiempo colosal”. También hubo mensajes impactantes. Brittany Trilford, una neozelandesa de 17 años elegida para hablar ante los líderes reunidos, lanzó el miércoles: “Les pido que consideren por qué están aquí: ¿es para salvar su imagen, o para salvarnos a nosotros?”.
Aunque el propio Ban admitió que esperaba un documento final “más ambicioso”, parece improbable que se reabran las negociaciones sobre el texto a nivel de jefes de Estado y gobierno. Una de las principales razones para esto es que la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, que asumió formalmente la conducción de la conferencia esta semana, quiere evitar que el encuentro termine en medio de discrepancias y acusaciones cruzadas de los participantes por un posible fracaso, como ha ocurrido en otras cumbres ambientales recientes. Pero la gran duda aquí en este momento es si esa estrategia es la más adecuada. “La propia fragilidad del documento Rio+20 va en contra de la capacidad de Brasil de ser un anfitrión más dinámico”, dijo Santoro.
Las credenciales del
anfitrión
Claro que Brasil está lejos de ser el único responsable del resultado de la cumbre. Muchos aquí señalan la ausencia del presidente estadounidense Barack Obama, de la canciller alemana Angela Merkel y del primer ministro británico David Cameron como un mensaje desalentador para los asistentes. La crisis financiera en Europa y los problemas de la economía global han sido otros factores que atentan contra un resultado más tangible de la conferencia de la ONU.
Por otra parte, se señala el esfuerzo que ha hecho Brasil para conducir las negociaciones, a veces con estrategias consideradas agresivas por algunos negociadores. El gigante sudamericano jugó un papel significativo en limitar las exigencias de las naciones ricas a los países en vías de desarrollo para disminuir el deterioro medioambiental.
Pero en este contexto parece difícil que Brasil salga de la cumbre de la ONU con la imagen que hubiera querido. El país ha hecho avances recientes en materia medioambiental, por ejemplo reduciendo la deforestación en la Amazonia a los niveles más bajos desde que comenzó a contarse. Sin embargo, antes de la cumbre muchos subrayaron las paradojas que el anfitrión presenta en materia ambiental. Por ejemplo, tener abierta justo ahora una fuerte disputa política interna por una ley de protección forestal aprobada, vituperada por ambientalistas y vetada parcialmente por Rousseff.
Brasil también es criticado por la construcción que promueve de grandes represas hidroeléctricas en la Amazonia para satisfacer su creciente demanda energética. Esta semana, un grupo de indígenas llegó a realizar una protesta frente a la sede del banco estatal brasileño de desarrollo BNDES, que financia varios proyectos considerados degradantes de la naturaleza. En algunas partes de Brasil, las disputas por tierras donde realizar actividades agropecuarias han generado casos recientes de violencia contra indígenas. Poco antes del comienzo de la conferencia de la ONU, que tiene las emisiones de gases contaminantes como uno de los grandes problemas a resolver, el gobierno brasileño concedió nuevos estímulos al sector automotor y a la compra de vehículos por particulares.
La misma ciudad de Rio es menos verde y más contaminada que cuando acogió la Cumbre de la Tierra. Su crecimiento urbano le ha hecho perder 20% de su vegetación nativa en las últimas tres décadas. Hoy viven en Rio dos millones más de habitantes y circula el triple de automóviles que hace 20 años. Los delegados de Rio+20 han sufrido en estos días en carne propia los embotellamientos comunes en las calles cariocas. La famosa Bahía de Guanabara, un ícono de la ciudad donde se alza el morro Pan de Azúcar, está más contaminada que en aquel entonces a pesar de que desde la Cumbre de la Tierra del 92 se destinaron más de mil millones de dólares en créditos y recursos locales para su recuperación. En esa bahía se descargan hoy 20.000 litros de aguas de cloaca por segundo, de las cuales menos de un tercio recibe tratamiento.
Es cierto que todo esto podría quedar en un segundo plano si en Rio+20 se logran grandes acuerdos para avanzar hacia el desarrollo sostenible a nivel mundial. Pero si la conferencia concluye como parece que concluirá, será inevitable que muchos se pregunten cuánto afectó Brasil el desarrollo del encuentro. “El resultado no hubiera sido bueno cualquiera fuera el anfitrión”, dijo Santoro. “Pero si fuese un país con más credenciales en (temas de) medio ambiente, tal vez el resultado sería mejor”.