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    Budapest

    Viajé con Ann a Budapest para festejar nuestros dos primeros meses de noviazgo. Nos esperaban varias sorpresas.

    La capital húngara es sin duda alguna un bastión de la cultura europea. Cientos de enormes edificios de los años de gloria del Imperio Austro-Húngaro avalan mucho más que un tesoro edilicio privilegiado. Y raro es el portón que a su lado no luzca una placa de mármol indicando qué personalidad vivió allí.

    El interés por la historia de la nación explica la inmensa cantidad de monumentos y estatuas que hay por doquier. Además, los señoriales puentes sobre el Danubio contribuyen a crear esa imagen de Budapest como ciudad consciente de su rico pasado.

    En el barrio judío nos asombró descubrir que la mayor sinagoga de Europa carece de vallas protectoras (la única protección de las muchas sedes de la colectividad judía es el timbre de entrada) y desde la vereda pude sacar fotos del patio interior.

    Hace un año largo, cuando fui al cine a ver Grand Hotel Budapest, creí que las imágenes eran producto de la fantasía del director. Al entrar a los legendarios cafés del siglo XIX en la capital húngara (Gerbeaud, Ópera, New York o incluso el de la estación de trenes de Keleti), con techos inalcanzables, ostentosos espejos dorados, pesados tapizados y ambientes de ensueño, comprendí que la película retrataba escenarios reales.

    Sin embargo, desparramados en este mundo de arte, de historia y de cultura abundan las edificaciones del período soviético, que tienen un efecto visual desolador. Y esta fue la mayor sorpresa que nos llevamos: me refiero al peso que mantiene el pasado comunista en la vida de Budapest. No me esperaba encontrar un enorme monolito en honor a la Unión Soviética en pleno centro de la ciudad; tampoco pensaba que en las tiendas de souvenirs de Vaci Utca pululasen los gorros de piel con la estrella soviética o los cascos del Ejército Rojo.

    Sin embargo, la herencia comunista es mucho más contundente que eso y paraliza aún (material y mentalmente) la vida económica de Hungría.

    Salvo contadas excepciones en el centro de la ciudad, con edificios recién pintados o peatonales impecables, la edilicia de Budapest está cubierta de una tintura gris, marrón y negra. A la obra demoledora del tiempo se le suman cosas como la “solución” contra el desgaste de las veredas, que no son de baldosas sino que han sido asfaltadas con el mismo asfalto oscuro de las calles. El resultado estético es deprimente.

    A menudo, caminando por los barrios que circundan el centro, creía estar en Montevideo. La decadencia, el agobio y la depresión eran iguales. Pero entre Budapest y Montevideo hay una diferencia crucial: en la capital húngara no vimos un solo graffiti ni una pintada ni una consigna. El único vándalo allí es el tiempo.

    La vivienda que alquilamos, sobre el Bulevar Rakoczi (una calle muy ancha y traficada que une la estación de trenes Keleti con el centro), quedaba en la planta baja de un típico caserón de cinco pisos, con entrada desde el patio interno. Allí se pueden ver aún agujeros de balas de la II Guerra Mundial. Estábamos en el corazón mismo de los barrios proletarios de hace un siglo.

    Ir a pie al centro nos llevaba un cuarto de hora. De no haber sido tan deprimente el entorno hubiéramos necesitado más del triple. Pero Budapest es eso: la exuberante aristocracia de sus cafés y la parda chatura de los cinturones edilicios que bordean la zona de la Catedral, el Parlamento y el Puente de las Cadenas, que une Pest con Buda.

    A pocos metros de las galerías con la última moda de Zara y Gucci, las vidrieras tapadas de smog muestran minifaldas de los años 60, de colores chillones. A pocas cuadras del silencio exclusivo del Gerbeaud, los bares pasan música de Abba y Creedence Clearwater Revival. Contrastes.

    Caminar por el centro de Budapest implica también trasladarse de un período histórico al otro: de la época de oro de los Habsburgo a la era de hierro de la Unión Soviética, de ayer a hoy, de la coqueta Belle Époque al tiempo de las melenas largas y las polleras cortas.

    Tomando un café en una vereda bañada por el sol de otoño veíamos pasar ruidosos tranvías y trolleys con más de cincuenta años de servicio, Mercedes Benz de último momento y algún que otro Lada soviético o incluso Trabant (hechos en la vieja Alemania Oriental).

    En el hermoso edificio del mercado agrícola compré un kilo de longanizas por tres dólares. Una cena completa en el centro de Budapest —cerveza y café incluido— sale quince dólares. El taxi entre el aeropuerto y nuestro destino (un viaje de 40 minutos) costó 22 dólares. Un sueldo promedio en Hungría araña los 300 dólares.

    Se suele decir que el tiempo (nuestro propio tiempo personal) vuela, que la historia política va al galope y que la económica apenas va al trote. La historia cultural, por el contrario, gatea.

    Hungría y el resto de los países del difunto mundo soviético tienen un larguísimo y peliagudo camino por delante. Pero lo suyo es de cualquier manera un agradable paseo dominical comparado con lo que les espera a muchos países de América Latina.