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    Cabalgata nocturna

    Columna
    Columnista de Búsqueda

    En el tercer giro del Purgatorio encontramos a Virgilio con una elocuencia que bastante se echó de menos en las instancias anteriores. Conduele pensar que teniendo a un poeta de ese tamaño y fulgor Dante no le dejara hablar sino para ofrecer meras referencias urbanísticas o pistas biográficas acerca de los turbios antros y personajes que habían visitado horas antes de atravesar el centro de la tierra. Aquí, en este lugar donde el arrepentimiento no libera del todo el dolor, hay esperanza y como hay esperanza hay luz y también mayor posibilidad de conocimiento, mayor elocuencia. Quiero decir: la presencia de Virgilio, que en el infierno es la de un solícito cicerone que de tanto en tanto hace alguna observación cautelosa, en el Purgatorio comienza a parecerse a su poesía, a la infinita sabiduría de sus libros; Dante, desahogando toda su admiración, lo pone a hablar, a enseñar, a despertar inquietudes, a mostrar caminos.

    Uno de los momentos invencibles de esta actuación lo tenemos precisamente en el Canto XVII, sobre las fronteras del tercer giro, donde Virgilio explica a su discípulo que el amor, como fuerza y fuego, tiene una funcionalidad ambivalente; es principio (Virgilio dice “semilla”) de toda virtud y principio también de todo vicio. Y ello por la muy sencilla razón de que el amor está presente de modo irrevocable en todo: “No hubo jamás ni Creador ni criatura libre de amor, sea natural, sea voluntario”. La premisa central que sigue a la exposición de Virgilio está ubicada en el segundo libro de la Retórica de Aristóteles (“amar es querer el bien para alguien”), y es bien explicada en la Suma Teológica, libro que Dante tiene sobre su mesa de trabajo mientras compone la Comedia: “El movimiento del amor tiende hacia dos cosas, a saber: hacia el bien que uno quiere para alguien, sea para sí, o sea para otro, y hacia aquel para el cual quiere el bien. A aquel bien, pues, que uno quiere para otro, se le tiene amor de concupiscencia, y al sujeto para quien alguien quiere el bien, se le tiene amor de amistad”.

    La doble clasificación del amor —por generosidad y por concupiscencia— tiene su reverso en una triple pretensión dañosa. El mal es versátil, se expresa en mayor número de actos y de seres y tiene la virtud de adoptar formas diversas y engañosas. Se puede amar de un par de maneras, pero para estropear al otro no hay límites ni en los medios ni en las causas; cualquier motivo es bueno, cualquier instrumento, idóneo. Por eso dice Santo Tomás que “el mal es más que el pecado, igual que el bien es más que la rectitud; pues toda privación de bien en cualquier cosa constituye razón de mal, pero el pecado consiste propiamente en el acto que se realiza por un fin, cuando no guarda el orden debido a ese fin” (Parte I-IIae - Cuestión 21).

    Un poco antes que la disparatada y tan cercana galería de criaturas de Pirandello y que ciertos personajes tenebrosos de Víctor Hugo, de Dickens y de las hermanas Brontë, el piadoso Virgilio le muestra a Dante que la perspectiva torcida del amor engendra esa bestia cotidiana que se da en llamar envidia y que tiene por alimento contemplar amablemente la ruina y mortificación del prójimo. Dice Virgilio que así como hay amor a los demás, en el sentido que lo señala el Maestro, está también el que desea el mal a sus semejantes, bajo tres modalidades, a saber: “Quien de la ruina de su vecino espera su engrandecimiento, y solo por esto desea que caiga de su altura; quien teme quedar privado de su poder, favor, honores, nombradía, si el prójimo prospera, lo cual le entristece, de suerte que le desea todo lo contrario, y otro que parece avergonzarse de una injuria, se muestra ávido de venganza al punto de no anhelar más que el mal ajeno”.

    Los cambios en la situación económica o institucional de las personas, de las familias, de los grupos de influencia y de los grupos de poder producen en escala industrial este tipo de torcidos sentimientos que llevan a disfrutar con el detrimento de otros, y cuando este no acude a la cita, facilitarlo, convocarlo con afán y fruición. En tiempos de transformaciones, por lo tanto, hay que guardarse muy bien de las cabalgatas nocturnas de la animosidad; que son implacables. Nada —salvo el sufrimiento de los buenos y excelentes—consuela de su suerte a los peores, a los perdedores, a los miserables, a los que creen que se crece cuando los que están arriba bajan.

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