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    Cantar por derecho animal

    Buika vuelve a Montevideo el viernes 16 en El Galpón

    En una casa modesta de Palma de Mallorca, las mujeres cantan. En el patio, la abuela lava ropa y entona canciones de su tierra africana, con un cigarro en la mano y un vaso de ginebra escondido detrás de la jabonera. Adentro suena Iron Maiden. Mientras cocina para sus seis hijas, la madre baila con los metaleros como si cantaran un himno tribal. La niña vuelve de jugar en la calle, escucha, mira, siente y nunca para de aprender música. La niña crece, se mete en un coro y la echan porque tiene voz de perro. Tampoco la aceptan como bailarina por sus piernas grandes. Termina en atletismo y karate, pero a ella le gusta cantar. En la casa aprendió que respirar y cantar es casi lo mismo, pero afuera casi la convencen de que no podía cantar. Hasta que un día, diez mil pesetas vencieron al miedo y María Concepción Balboa Buika subió al escenario.

    Muchos la conocieron por la escena musical que protagonizó en “La piel que habito”, de Almodóvar, y de allí fueron a sus discos, que combinan composiciones propias, estándares flamencos, la impronta gitana y la poderosa influencia negra de sus raíces. Su presencia arrolladora, cuando aún se presentaba como Concha Buika, impactó a los 500 uruguayos que la vieron en la Zitarrosa en 2012. Veinticinco años después de empezar, esta descendiente de exiliados políticos de Guinea Ecuatorial —el único país hispanohablante de África— es Buika, una estrella mundial del flamenco fusión, autora de nueve discos, radicada en Estados Unidos desde 2011, donde se codea noche a noche con los grandes maestros del jazz. No cualquiera canta con Chick Corea en el Blue Note o graba un disco con Chucho Valdés en La Habana.

    Responde la llamada de Búsqueda desde un hotel en Boston, donde acaba de llegar luego de actuar en Filadelfia y Nueva York. Su agenda indica promoción de su inminente gira sudamericana, grabación en el estudio y show al otro día. “Te toca hacer lo que tienes que hacer cuando tienes que hacerlo. Siempre he estado contenta, con todas las etapas. Es una sensación que me acompaña desde niña. Estoy viva, y eso me hace ser feliz”, dice, y como pocas veces, la transcripción resulta demasiado pobre para describir el encanto de la conversación. Su tono de voz, su hablar mediterráneo y su desparpajo desarman cualquier cuestionario: “Mi infancia fue dura como la de todos, porque es duro crecer, es duro entender el entorno, pero fue muy divertida. España es un país muy canalla y me la paso muy bien cada vez que voy. En mi barrio había mucha guasa, me reí mucho. Tu madre te ponía una braga vieja y a jugar a la calle con un bocadillo. Papi, el vestidito era pal domingo, para la misa. Pero mira, que tu barrio sea más o menos humilde no significa que en tu entorno haya más o menos sufrimiento”.

    Cinco días después de cumplir 42 años, el viernes 16, la voz de Buika volverá a sonar en Montevideo (en el Teatro El Galpón, con entradas desde $ 1.040 a $ 1.340, en venta en Abitab). A continuación, los recuerdos entreverados de la mallorquina, desde su infancia, su concepción ancestral de la música, la alucinada presencia de su abuela que la guía bajo los focos, y el mundo oculto que se revela tras sus párpados cuando cierra los ojos y canta.

    —¿Cuál es su primer recuerdo musical?  

    —Mi mamá, mi tía y mi abuela materna cantando. Mi abuela cantaba todo el día. Cuando quería decirle algo a mi madre, pero sabía que ella se iba a enfadar, pues, se lo decía cantando. Estaba lavando la ropa y la oías cantando. Era muy mayorcita y seguía cantando. Cantaba que su mamá se murió cuando ella tenía 15 años. Lo cantaba constantemente, una y otra vez, hasta que ya no pudo porque fumaba bastante, le gustaba mucho beber y tenía la garganta hecha polvo.

    —Recuerdos tristes con la alegría del canto...

    —Es que el canto es una celebración por haberlo vivido, por poder contarlo. Cantar es igual a vivir. Por eso me sorprende mucho que alguien diga ‘uy, no, yo no canto bien’. Los africanos no tenemos esa sensación. No existe un cantar bien o cantar mal, existe un ¿cantas o no cantas? Si cantas, está bien; si no cantas es que hay algo por ahí dentro que no anda bien. 

    —Eso entra en controversia con la música occidental...

    —Tú cantas por derecho, por derecho animal. Porque puedes, porque lo disfrutas y porque tienes derecho a expresarte.

    —¿El origen africano de sus padres condicionó la música que se escuchaba en su casa?

    —Pues sí, definitivamente, porque mi mamá no tenía conciencia de las modas, las tribus urbanas, los estilos. Lo escuchaba todo como música africana y lo bailaba como música africana. Daba igual que fuera rock and roll, música clásica o tango (ríe). Para ella todo era música maravillosa, africana, que venía de Dios. Era una gran recolectora de discos. 

    —¿Qué discos?

    —¡Papi, todo! Iron Maiden, Chopin o Serrat. Ella lo bailaba todo con su cadera. ¡No me preguntes cómo! Y yo lo heredé. Para nosotros la música es una bendición.

    —¿Cuándo se dio cuenta de que tenía una voz que le permitiría dedicarse al canto?

    —Yo no me di cuenta. Se dio cuenta la tribu, y ahí siguen. Cuando era niña, en el coro me dijeron que tenía voz de perro y la profesora me sacó del coro. Me dijo: ‘¡Morenita, morenita, ven aquí!’. Yo era la única morenita del coro, como siempre, y la única morenita del supermercado y la única de la biblioteca. Me sentó a un costado, me dio una coca cola y no me dejó volver a cantar porque mi voz era como la de un perro. ¡Pero es que a mí la voz de mi perro me gusta! 

    —¿Se volvió a encontrar con ella? Quizá escuche sus discos…

    —Pues no lo sé. Luego mi mamá me anotó en ballet y le dijeron que yo tenía las piernas muy gordas, que no tenía el físico apropiado y que parecía un macho. Terminé en atletismo y karate (ríe). Entonces, cuando me subí por primera vez a un escenario, a los 16 años, porque me habían prometido diez mil pesetas, intenté cantar y hacer lo que podía. Soy la cuarta de seis hermanos. Mi madre nos crió sola porque mi papá se marchó. No estaba acostumbrada a que me escuchase nadie y esa noche sentí por primera vez en mi vida la atención de alguien, que de verdad te están escuchando. Me di cuenta de la responsabilidad tan grande que es estar ahí y me entró el pánico. Fue la primera noche que canté. Era muy mentirosa, contaba muchos embrollos, armaba muchos follones… Típica niña de barrio, totalmente outsider, muy rara. Pero en el escenario no puedes mentir… hay una magia que no te lo permite. Esa noche me enganché y desde entonces no me he bajado.

    —¿Qué siente cuando para describir su canto hablan de Nina Simone, Chavela Vargas o Cesária Évora?

    —¡Pues qué voy a sentir, hijo! ¡Una gran vergüenza! ¡Ala, qué exagerados!

    —Pero su canto conmueve a mucha gente…

    —Por fuera parece que todo es normal, pero por dentro estoy que me muero. No entiendo nada. Solo cierro los ojos y canto. No sé qué pasa. Soy muy tímida, y cuando canto sigo a una voz que me guía, pero no soy yo.

    —¿Estudió canto?

    —No, papi, yo fui muy torpe porque me quemaban los pies de andar lejos. Yo, sentada en la escuela, ya no podía más. Al escuchar mi voz te das cuenta que muy fina no es. Estaba en el coro de la iglesia y tenía la conciencia de que cantaba fatal, algo que penosamente aleja a mucha gente de la música. ¡A mí me animaron las diez mil pesetas que me prometieron! Y en aquel momento yo no sabía que no se canta con una voz bonita sino con un buen deseo.

    — ¿Y quién siente que la guía cuando canta?

    —Mi abuela. Más que su voz es la idea que tengo de ella la que me lleva. Era una mujer muy rebelde, no tenía miedo a nada. No se conocía su edad, algo tremendamente romántico. No había registro en el pueblo donde ella nació. Después, cuando la fueron a registrar, la niña ya no era tan niña. Una mujer muy especial. La trasladaron a España cuando estaba muy ancianita, que se puso malita. Así y todo, pasaba de los médicos y por la mañana, a escondidas de mi madre, me pedía: ‘Tráeme un poquito de espíritu pa’ mi alma’. Y yo le tenía que llevar un vaso que era casi una litrona del alcohol que encontrase en la casa. Daba igual que fuera whisky, ron, tequila, ginebra, vino… y ¡se lo tragaba de un golpe! Una persona increíble.

    —Calentó las tripas hasta el último día…

    —¡A las ocho de la mañana! Y si conseguía que alguien le llevara un poco de marihuana se la metía debajo de la lengua disimuladamente y a reírse de todo el mundo. ¡Mi abuela era genial! Siempre odió ese traslado porque quería morirse en su bosque, con sus animales, donde iba descalza, cazaba en su finca y apagaba sus cigarrillos en la planta del pie… Era una mujer de su campo, de su entorno. Se la llevaron a tenerla cuidada en la civilización, pero no lo soportó.

    —¿Conoce ese sitio de Guinea donde ella vivió?

    —No, pero ya pronto… Sí, yo quiero estar donde estuvo ella, pisar esos pastos, conocer la tumba de su mamá. En realidad, papi, nuestros ancestros están ahí con nosotros. Son sus células, es su sangre. Los siento mucho a todos. Si hay un motivo por el cual tengo el deseo de admirarme, quererme y cuidarme, pese a que a veces he sido un poco loca como todos, ha sido por honrarlos a ellos, a mis antepasados, a mis hijos, a mis futuros. Me gusta pensar que somos una cadena que sigue.

    —¿Cómo vive ser madre?

    —Tengo un hijo de 14 años que me está volviendo loca. Ojalá pueda tener un hermano… pero cariño, estoy todo el día en el avión. ¡No hay hombre que quiera una mujer así! Imagínate, hace poco le decía a un compañero tuyo alemán, que esto es profesión de hombres. Cuando un hombre está de gira, un gran maestro o grandes músicos, en la casa siempre hay alguien que resuelve. Está su mujer, su hermana o su madre. Pero cuando una mujer vive así, ¡no hay hombre que quiera ser el housewife! Vete tú a decirle a un señor marido, guapetón, cuarentón o cincuentón, hermoso y espectacular, que se tiene que quedar en casa cuidando de los chiquillos, haciendo comiditas y yendo a la guardería. Ahora me toca trabajar, ya me divertí mucho cuando era chavalina. Necesito hacer lo que tengo que hacer.

    —¿Cómo le cae cuando lee las palabras jazz, flamenco, fusión, contemporánea, asociadas a su música?

    Eeeeeee, ¿qué es todo eso? ¿Sabes qué pasa? Que yo sé desde dónde canto pero no sé desde dónde me escuchan los demás. Si cuando me escuchas oyes blues, pues es blues lo que hago. ¿Me entiendes?

    —Sí, pero hay ciertas reglas y códigos en la música…

    —Mira, cada uno escucha lo que escucha. La música es algo muy mágico. Yo canto desde mi habitación del secreto hacia tu habitación del secreto. Tú no sabes desde dónde yo canto y yo no sé desde dónde tú me escuchas. Es un misterio, mi amor. A la hora de hablar de algo que no se puede hablar sino que se debe escuchar, pues claro que habrá que inventar nombres. Pero ahí ya no entro.

    —¿La gracia está en alimentar ese misterio?

    —Papi, yo cierro los ojos y canto lo que veo. Porque hay otro mundo ahí detrás de los párpados. Cuando cruzamos esa línea, todas las reglas que conocemos cambian. El tiempo se convierte en tempo, que es otra medida.

    —¿Y cómo opera todo eso a la hora de componer?

    —Estoy constantemente componiendo. La música está todo el tiempo en mi cabeza. Si me pilla sobre el escenario se llama improvisación, si me pilla en el estudio se llama producción, si me pilla en el baño se llama melodías fugaces.

    —Tocó en Uruguay hace dos años. ¿Qué recuerda de ese recital?

    (Piensa) Pues recuerdo que me regalaron un CD. Curiosamente, lo escucho todo el tiempo y por culpa de las nuevas tecnologías no sé quiénes son. Me lo volqué al ordenador, de ahí al Dropbox, de ahí al móvil. Perdí el móvil y encontré esa grabación en una playlist, pero no los nombres. Pone track 1, track 2, track 3… Es un misterio. Cada vez que los escucho digo: me cago en la leche, necesito averiguar esto. Yo sé que cuando llegue allí, ellos volverán. Sé que vendrán al show y a los camerinos y se van a llevar una sorpresa cuando les pida los nombres para poner en el móvil.

    —¿El show estará basado en su último disco, “La noche más larga”?

    —Un poco de todo, no sé exactamente. Siempre aparece mucha música de repente, y la quiero cantar. Cuando vas a una sala a ver un concierto o miras un cuadro, no mientes. Los ojos de mirar hacia el arte son los ojos de la verdad. Llevo repertorio para cantar siete mil discos, pero la tribu sabe, la peña que está ahí te manda mucha información, la pone en el aire. Parece una locura, pero aparecen letras que las tienes que cantar porque hay personas que necesitan oírlas.