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Por lo general, las protagonistas de los títulos fundamentales del ballet clásico son doncellas inocentes, puras, angelicales. La Sílfide es quizá el ejemplo más acabado de esa dimensión heroica. Odile, el cisne negro de El lago de los cisnes, es una rotunda embajadora del mal, pero es ante todo un reflejo invertido de Odette, el inmaculado cisne blanco. Esta indomable cigarrera gitana, “salvaje y feroz”, al decir de Julio Bocca, es la antiheroína por antonomasia. Derrama seducción y perplejidad por donde camina. Reivindica su autodeterminación sin medir consecuencias. Y vaya si las hay, en términos de violencia de género.
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Por todo esto y por la audaz y sugerente coreografía de la brasileña Marcia Haydée, ejecutada una vez más con gran calidad por el Ballet Nacional del Sodre, Carmen fue un espectáculo que atrapó desde el primer giro. “Casi todas las mujeres gustarían de ser un poco como Carmen, si no totalmente. Tiene ese poder, esa magia que manipula a los hombres”, dice Haydée, y su creación, rebosante de sensualidad y erotismo —y la dosis justa de humor— ratifica sus dichos.
En su primer protagónico en el BNS, la dominicana Jennifer Ulloa dio la talla de este tremendo personaje. A su lado, el brasileño Gustavo Carvalho —Don José— volvió a demostrar que es un figura clave de la compañía. Y el español Ciro Tamayo dejó su sello de calidad como Escamillo. La escenografía y el vestuario (del Ballet Municipal de Santiago) aportaron frescura y fueron decisivos para enmarcar la puesta en las antípodas de la habitual ampulosidad del género. Si lo bueno y breve es doblemente bueno, los 100 minutos de duración fueron otra razón para elogiar este espectáculo.