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    Carrasco

    El flujo de noticias que recibo de Uruguay forma un constante crescendo de calamidades. De la educación a las relaciones sociales, de la economía a la seguridad hogareña, del transporte al tono áspero de los contactos humanos: todo es un verdadero desastre; un desastre impensado hace pocos años; un desastre que ni siquiera yo mismo, escéptico por definición, hubiera osado poner en palabras al comenzar mis columnas en este espacio, en 2008.

    Ahora bien, hagamos esta simple reflexión: hoy se está mucho peor que antes, de acuerdo, pero también incomprensiblemente mejor que mañana. ¿O quedan dudas de que dentro de cuatro o cinco años se añorarán los tiempos que se viven en este triste presente?

    Cientos de miles de uruguayos que comprendieron que el país había entrado en una vorágine de autodestrucción viven sus vidas en el extranjero. Otros cientos de miles quisieran poder hacer lo mismo, pero diversos motivos les impiden tomar ese paso liberador. Un tercer grupo multitudinario considera que ya es demasiado tarde para emigrar.

    Queda, sin embargo, un grupo de personas que consideran que Uruguay “nunca estuvo mejor”, pues ahora está gobernado por la izquierda. Y luego, por supuesto, están los amigos de la teoría de que cuando peor se está, mejor es. Son los que se basan en postulados leninistas sobre las condiciones objetivas para hacer una revolución (una revolución como esas que han fracasado rotundamente en cada sitio donde se han intentado llevar adelante).

    Y aquí, sin buscarlo, llegamos a la médula de la cuestión. Esa franja de la población que está conforme e ilusionada con el actual esperpento nacional son los hermanos mentales del terrorismo islamista; los mismos que antes se identificaban con el terrorismo vasco; los mismos que simpatizaban y simpatizan con el terrorismo palestino; los mismos, en definitiva, que creen que un asesino psicópata como el Che Guevara era “un ídolo” y un ejemplo.

    Ahí están los votantes del MPP y del PC y de otros grupos similares que siempre encuentran justificativos para los atropellos del chavismo, de la corrupción desenfrenada del kirchnerismo o del fascismo indigenista de Evo Morales. Son los mismos que se oponen a condenar las bestialidades del terrorismo islamista, pero que no tardan un segundo en condenar supuestas censuras a la libertad de opinión en los países occidentales o en las grandes potencias donde rige la economía de mercado y la democracia parlamentaria.

    Estamos frente a un grupo de monos del mismo pelaje pero con diferentes cascabeles. Se trata, en todos los casos, de diversos grados de resentimiento social, combinado con otras patologías más o menos severas.

    Durante mucho tiempo, en Uruguay se insistió sobre la necesidad de estudiar las causas que en relativamente pocos años transformaron al país cerril del 800 en el primer Estado moderno de bienestar social.

    Hoy tenemos que desviar el foco (mejor dicho girar la lupa 180 grados) y estudiar los fenómenos que en relativamente muy pocos años transformaron al Estado de bienestar social en este verdadero aquelarre que es el Uruguay actual. De hacerlo, llegaríamos a varias conclusiones sumamente interesantes. Una de ellas, justamente, tiene que ver con la existencia en la sociedad uruguaya de un grupo extendido de resentidos sociales, de lúmpenes, de marginales mentales.

    La lucha, en Uruguay y en el resto del mundo, no es de clases o de ideologías clásicas o de países centrales contra países periféricos. La lucha es entre quienes adherimos a una sociedad abierta, pluralista, democrática y capitalista y entre quienes adhieren a una sociedad cerrada, totalitaria, fanatizada y anticapitalista.

    Los primeros somos amantes de la vida; los segundos adoran la muerte. Los primeros nos entusiasmamos con los cambios, las innovaciones y el progreso. Los segundos se espantan de la libertad de pensamiento y acción (y sin embargo, estos cultores de la muerte se encuentran entre los principales consumidores de modernidad material y van cargados de tecnología y prendas “de marca”).

    De tanto en tanto, recibo esta pregunta: ¿qué harías si estuvieras viviendo en Uruguay? Mi respuesta es siempre la misma: irme. Irme como me fui una vez. Irme lo antes posible. Irme antes de que sea demasiado tarde. Irme antes de que ya no pueda irme.

    Lo he escrito anteriormente. Lo escribo de nuevo: el mejor futuro para la gran mayoría de los uruguayos pasa por el aeropuerto de Carrasco.

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